Siendo como soy una bilbaína de pro, es la segunda vez en mi vida que traspaso el umbral del hotel Carlton, hogar de buena parte de los clichés que los ciudadanos compartimos en cuanto a usos y costumbres en esta pequeña gran villa. De clichés vengo precisamente a hablar con Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977), pero en esta ocasión de los referidos al cuerpo humano y de su forma de confrontarlos en Anatomía sensible.

Neuman acaba de publicar en Páginas de espuma Anatomía Sensible, un libro de difícil catalogación. En sus páginas recurre al imaginario popular del cuerpo para recalcar lo absurdo de la devoción al físico y del deseo de ocultar aquello que nos define a primera vista. Anatomía sensible es una colección de treinta fragmentos que recorren otras tantas piezas clave de nuestra anatomía en un cruce entre ensayo y poesía. Para ello se sirve de metáforas arcaicas y novedosas, de juegos en los que personaliza músculos, tendones y algún que otro fluido.

Andrés Neuman

Andrés Neuman. Fotografía (C) Rafa Martín, 2018

Desconocemos nuestro cuerpo, sus posibilidades, sus variedades o su riqueza

¿Nos miramos demasiado el cuerpo o nos lo miramos demasiado poco?

Se podrían defender ambas cosas con buenos argumentos. No es la cantidad sino la calidad de la observación. No es un problema cuantitativo sino de punto de partida. Desconozco si nos miramos demasiado o demasiado poco. Se podría pensar que nos miramos demasiado porque hay una cierta obsesión o fijación con la imagen que el libro trata de alguna forma de discutir, o se podría decir que nos miramos demasiado poco porque desconocemos asombrosamente nuestro cuerpo, sus posibilidades, sus variedades o su riqueza.

El problema no se solucionaría mirándonos más o menos, sino cambiando por así decirlo los principios, los valores y la bibliografía desde la cual nos miramos cuando lo deseamos. Por eso creo que es más bien un problema de qué media entre nuestra mirada y el cuerpo. Y lo que media es una serie de prejuicios atroces, temores, aspiraciones y deseos que no solo son ajenos a nuestras verdaderas necesidades y gozos sino que además son interesados. Parece que moldeamos nuestro cuerpo para cumplir el deseo de un negocio ajeno.

Anatomía sensible es casi una oda al cuerpo, ni relato ni microrrelato, y además te ha llevado años engarzar todas las piezas. ¿Cómo lo definirías?

Yo lo llamaría un canto al cuerpo más que una oda, que me parece demasiado solemne. No pretendo que sea un libro de cuentos, me parecería forzado atribuirle un género puro.

Una de las cosas que me planteé fue que para referirme a algo tan lleno de posibilidades y mestizajes, de imperfecciones justamente celebradas, no podía abordarlo desde una pureza genérica. Anatomía sensible pretende lo contrario: jugar y gozar con el género en todas sus acepciones. En el género literario desde un punto de vista formal hay unas ideas ensayísticas que sirven de eje, una militancia en las ideas alternativas del cuerpo y del derecho a la imperfección. Es un lado activista y conceptual que encaja con un ensayo e incluso con un manifiesto juguetón.

Hay un intento de ver el cuerpo como un poliedro que puede ser observado, aprendido y celebrado

Pero he procurado que en Anatomía sensible la prosa dialogue con la poesía y el aforismo; y la estructura interna del libro, con piezas breves e independientes puede leerse a ritmo de libro de cuentos, más que como libro de cuentos.

Eso me parece que armonizaba con el hecho de que la voz narradora, observadora o gozadora, no se detiene ni se conforma con lo masculino, femenino, hetero o gay; va cambiando todo el tiempo de deseo, apetencia y punto de partida. Hay un intento de ver el cuerpo como un poliedro que puede ser observado, aprendido y celebrado por cualquiera, pertenezca al colectivo, género o al sexo que quiera.

Esa volubilidad genérica hubiera funcionado mal si uno de los dos polos, género sexual o literario, hubiera pretendido fijarse o quedar estático, faltar al dinamismo o de nomadismo corporal que tiene Anatomía Sensible.

Tenemos una especie de impotencia expresiva para poetizar los cuerpos que no son canónicos

A esos aspectos habría que añadir, creo, el concepto de generación, porque no solo vivimos en una sociedad que ha estrechado sus cánones de belleza y sus modelos físicos opresivos en los que no tienen representación ni caben el 99,9% de los cuerpos reales, sino que además tenemos una especie de impotencia expresiva para poetizar los cuerpos que no son canónicos. Sino que, además, cuando alcanzamos cierta edad hay una cierta represión, segregación por edad que castiga a quien ha logrado sobrevivir al tiempo. La idea de combatir poéticamente el Photoshop —no como software sino como lógica cultural —no tiene que ver con desandar el mal camino sino que es también un atentado contra la memoria histórica del cuerpo.

Cada vez que, por ejemplo, una mujer trata de quitarse años con el programa, está mutilando su memoria narrativa porque todo cuerpo cuenta una historia que se escribe a través del tiempo. El libro juega a hacer una refutación metafórica del Photoshop o incluso de la obsolescencia programada: un  concepto atroz, un problema tecnológico—político, de interés económico, que ha saltado a nuestro propio cuerpo. El libro trata de mostrar que el cuerpo es una página en blanco que solo es escrito en la medida en que tiene marcas, cicatrices, imperfecciones… la belleza del cuerpo se gana con la escritura que el tiempo hace en él.

Andrés neuman, anatomía sensiable

Andrés Neuman firma un ejemplar de Anatomía sensible

Todo cuerpo cuenta una historia que se escribe a través del tiempo

Empieza tal vez a romperse ese canon, si nos fijamos en medidas como, por ejemplo, el fin del desfile de Victoria’s Secret, que es tal vez el exponente más visible de ese canon estético  forzado. La mujer empieza a no responder, a no verse identificada. 

Ojalá sea cierto, pero la experiencia social me hace ser desconfiado. El consumo y el capital del cuerpo no descansa y siempre trabaja desde el oportunismo. Desconfío de esos súbitos aprendizajes ideológicos de las grandes empresas.

Cuando hablan de modelos «curvy», salvo excepciones, se refieren a cuerpos canónicos que parecen seguir una dieta más o menos razonable. Las modelos de talla grande siguen siendo delgadas. El hecho de que enfatizan que no son delgadas resulta incluso más aberrante porque tratan de apropiarse del discurso de la liberación del cuerpo para cuerpos que no están liberados de nada.

Hay un reacomodamiento a los nuevos discursos imperantes para seguir haciendo negocio

Lo que siento es que, más que una verdadera transformación en los principios del género, hay un reacomodamiento a los nuevos discursos imperantes para seguir haciendo negocio. Hay mucha auto objetualización con el hastag #empodérate como si el empoderamiento se limitase a su enunciación. Si trabajas iconográficamente con tu cuerpo, al servicio del patriarcado, si tus actitudes no distan de las de antaño, el hecho de que pongas un montón de hastags no es suficiente para derribar las verdaderas bases del malentendido. De la misma forma, si se sigue excluyendo a las mujeres normales de la alta costura, el hecho de que se tome la talla 34 en lugar de la 32 como canon y se diga ¡Por fin hemos vuelto a la normalidad! me sigue pareciendo atroz.

Yo creo que es un trabajo colectivo pero todos y todas sabemos que la alienación del cuerpo canónico puede producir enormes daños emocionales, que no deberíamos preocuparnos tanto por nuestra imagen… pero, y ese es el sentido del libro, si nos limitamos a la queja, a la denuncia, al dedito indignado, pero no contribuimos a crear entre todos un imaginario alternativo donde el cuerpo no normativo se vea representado y dignificado poéticamente, es imposible hacer ese trabajo. Es más: cuando veo a chicas en las pasarelas con cuerpos más normales, casi se presentan como una anomalía de feria, cuando la anomalía son las pasarelas. Estamos en un mercado de cuerpo en el que se quiere imponer como norma la anomalía y la normalidad se quiere imponer como gran logro excepcional. La pirámide está totalmente invertida.

Se quiere imponer como norma la anomalía y la normalidad como gran logro excepcional

En los últimos años, salvo excepciones de pequeños grupos activistas, feministas, que pueden tenerlo claro a nivel de discurso público, hemos asistido más a la incorporación del cuerpo del hombre al mercado del consumo que a la rebeldía de las mujeres con respecto a la alineación. Aquello que empezó por llamarse simpáticamente metrosexualidad y que amagó con ser la reformulación del rol de género masculino, rápidamente se demostró en los discursos de los medios de comunicación como la conciencia de las empresas del mercado del cuerpo de que no podían renunciar a la mitad del mercado. Eso no es liberador.

Lo liberador sería dejar de confundir estética con cosmética. La estética es una rama de la filosofía que se cuestiona el sentido de la belleza y la cosmética es la obediencia a un modelo dado; en realidad ambos conceptos son contrarios pero el matiz se ha suprimido, se dice cirugía estética cuando debería ser cosmética en la mayoría de los casos.

No hay que optar por un empacho del cuerpo, estas piezas están pensada para el paladeo

Juegas a combinar clichés sobre el cuerpo, que en muchas ocasiones están ligados a cuestiones de género másculino y femenino, pero al mismo tiempo introduces metáforas muy poéticas. La sonoridad de cada frase es contundente, con frases muy cortas y rítmicas y, sin embargo, leído en conjunto transfieres esa melodía que se conforma fragmento a fragmento. También es cierto que, leído de una vez, cansa un poco. 

Los libros que dialogan con las formas breves no son para leer del tirón, no son un thriller. Al contrario: si leemos del tirón no hay digestión reflexiva. En un libro de cuentos breves, desde Borges a Alice Munro, cada pieza es autoconclusiva y plantea un mundo y ese mundo debe ser asimilado. Tardé siete años en escribir estas treinta pequeñas piezas y no hay que optar por un empacho del cuerpo, están pensadas para el paladeo, para disfrutar tanto de la forma del cuerpo como de la prosa. Todo el rato está presente la idea de darle la vuelta al calcetín del lugar común.

El último capítulo, el dedicado al alma, parte de la idea de que si quisiera alojarse en algún sitio de nuestro cuerpo sería en uno más discreto o menos expuesto, como el codo o la axila. Lo que se plantea es cuál es el cliché o el lugar común de la educación poética respecto del cuerpo y tratar de alejarse de eso.

Tiene que ver con la educación corporal y poética: pechos turgentes, hombros pronunciados, dientes como perlas… son insoportables esos símiles embalsamados. La educación es más perversa de lo que parece: se transmite ya en la escuela qué es la belleza, cómo el cuerpo normativo debe confirmar esa idea de la belleza y al servicio de qué está el lenguaje literario. En ese trío de símiles aparentemente inocentes hay un mensaje subliminal para los niños y niñas: el cuerpo bello es uno y el lenguaje trabaja para confirmarlo. Sería mucho más eficaz hablar de «piel de puercoespín» porque es más divertido y tiene más que ver con la imaginación infantil que la seda, que es algo con lo que los niños no suelen tener contacto.

Anatomía sensible repasa la metáfora embalsamada de turno y propone alternativas

Anatomía sensible se acerca a repasar la metáfora embalsamada de turno y propone una batería de metáforas en sentido contrario. Es pasar de la turgencia a la estría. Hay también un intento de ampliar el presupuesto de género cuando hablamos de ciertas partes de género: el patriarcado colectivo, cuando se habla por ejemplo del pecho, piensa en mujeres; por eso el capítulo comienza por el pecho masculino. Es jugar a desautomatizar cuál es el presupuesto erótico. Creemos que el gusto es una cuestión de piel, personal, pero estamos abrumados de bibliografía en un solo sentido. Los discursos artísticos y estéticos pueden contribuir a lo que está escrito sobre cursos vaya en otra dirección.

Giras además ese cliché para ensalzar o añadir sensualidad a áreas que no lo tienen en el imaginario, como puede ser la barriga oronda, la axila o el ano. 

Hay un intento de metaforizar para bien el referente físico que no encaja con lo prefabricado. La estrategia del índice del libro va en dos direcciones: por un lado releer de otra forma las zonas canónicas (cabello, genitales, pecho, nalgas…) y por otro poner el foco en los lugares que no están en el centro de la atención física o el erotismo literario (talón, codo, sien…). Es descentralizar la atención plástica de las dos o tres capitales que atraen la atención física.

andrés neuman

Con Andrés Neuman. Bilbao, 29 de octubre de 2019

Un índice es una forma de mostrarle al lector cuál es tu teoría como autor, tu mapa

¿El orden de los fragmentos está premeditado? Entiendo que terminar en el alma tiene una intencionalidad clara. 

Quien dice que no piensa en el orden de sus textos me produce cierto escepticismo; no digo que no sea cierto pero me cuesta creerlo. Me parece impensable trabajar durante años en un libro de piezas breves y que no se plantee neuróticamente cómo ordenarlas. Otra cosa es que ese orden tenga que ser ortodoxo.

En los libros de poemas o cuentos no se puede ejercer autoridad sobre los lectores. En uno de índice tan llamativo como éste, entiendo que uno de los derechos de los lectores es empezar y terminar por donde quieran. Un índice no es una imposición de orden sino una forma de mostrarle a quien lee cuál es tu teoría del libro como autor, tu mapa.

En este caso pensé en hacer un sandwich que empezase en la piel y terminara en el alma, dos instancias corporales en relación conflictiva con nuestra idea del cuerpo. La piel no se sabe si es el principio o el final del cuerpo, no se sabe si todo entra por la piel o si es la frontera entre nuestra identidad y el mundo exterior. Es sensible, susceptible y es la metáfora de la profundidad de la superficie.

Por otro lado, ya que nos manejamos en alma y cuerpo, físico y no físico, nos dicotomizamos, me pareció divertido que el cuerpo confluyese en el alma como instancia corporal máxima. Empiezo y termino el libro con instancias corporales problemáticas o ambiguas y en el medio hay veintiocho piezas o miembros del cuerpo visibles o identificables.

Así que lo pensé mucho y el índice cambió muchas veces. Si seguía un orden previsible, de pies a cabeza o de cabeza a pies, se volvía mecánico, aburrido. Pero si pasaba del párpado al tobillo y de ahí al pezón y de ahí a la rodilla, resultaba confuso. Al final se me ocurrió un medio camino razonable: subir y bajar a capricho pero respetando las regiones. Si hablaba del tobillo iba a estar asociado al pie, si hablaba de la barriga asociarlo al ombligo…

El lector no podrá evitar andarr en ese mar de metáforas en dirección muy alejada del canon

Pero si lo planteamos en esos términos, en los que el lector tiene la legitimidad de leerlo como él desee, puede que su lectura del libro sea la contraria a la que tú pretendes. Pongamos el caso de un hombre que va directamente al capítulo dedicado al pene, como falocentro de nuestra sociedad. 

Puede suceder, pero no se va a encontrar con los principios que ese lector aplicaría a esas partes. Se va a encontrar una sátira de la supuesta importancia del pene y, si asumimos que es un hombre hetero y se va sus partes favoritas de la mujer, no podrá evitar andar en ese mar de metáforas que van en una dirección muy alejada del canon.

Termino con la primera cita de Anatomía sensible, de la escritora judionorteamericana Cynthia Ozick:  «Nadie está por encima de la ropa sucia». Incluso si alguien se acerca con el Photoshop en los ojos a ese gran cuerpo colectivo que propone el libro, se va a encontrar con un gozoso canasto de ropa sucia.

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  • Título: Anatomía Sensible
  • Autor: Andrés Neuman
  • Editorial: Páginas de espuma (puedes leer más información del libro aquí)
  • 120 páginas. 15,00 Euros (formato papel); 5,99 Euros (formato digital)