Desde que era muy pequeño siempre tuve clara mi vocación: yo iba a ser el siguiente Papá Noel. Y no fue un impulso infantil, no. Fue una decisión muy meditada, a la que dediqué todos mis esfuerzos a partir de ese momento.

Fueron muchas las razones que me llevaron a convertirme en el repartidor de felicidad por antonomasia. Para empezar, sudo mucho, y vivir en Laponia me pareció un buen refugio a mis efluvios axilares. Ojo: quien dice Laponia dice Siberia, o Alaska, o Groenlandia. Confirmo que vivo en el hemisferio norte, pero ni una pista más.

Me gusta la tranquilidad llevada al extremo. Ni ruido de tráfico, ni obras, ni la voz de una vecina cantando por soleares, ni tan siquiera pajarillos trinando en un bosque. Amo el silencio absoluto, solo perturbado por el tic-tac del reloj de cuco colgado en mi despacho. Dónde mejor que rodeado de fiordos y lagos helados para conseguirlo.

A todo esto hay que sumar que soy un poco —tirando a muy— vago. Trabajar un solo día al año me pareció una idea fantástica. Luego descubrí que en realidad se trabaja bastante más, pero casi siempre pegado a un ordenador, junto a la chimenea de leña, así que lo sigo considerando un chollo.

Teniendo como tenía tan clara mi decisión, orienté mis estudios de manera que nadie pudiera estar mejor preparado que yo para el puesto: estudié administración de empresas. Porque para este trabajo, básicamente lo que se necesita es gestionar proveedores, analizar estadísticas de mercado, estar al día en las nuevas tendencias en juguetes y tomar decisiones inteligentes de última hora. Mi predecesor no estaba bien informado y un año acabó con un almacén lleno de gnomos de plástico que ningún niño quería.

Habrá quien piense que los regalos los fabrico, pero no, los compro por internet, como todo el mundo. ¡Menudos gastos de envío me cobraban al principio! Porque aunque siempre daba una dirección falsa, tampoco es que pidiera que me enviaran los paquetes a Brasil, que luego hay que traerlos hasta casa. Menos mal que gano una barbaridad en derechos de imagen, sino no sé cómo podría comprar todo lo que me pide la gente.

Hace unos años se me ocurrió alquilar almacenes intermedios para gestionar las entregas. Es mucho más fácil organizarse, dividiendo los envíos por continentes y países, y además no hay que transportar tantos bultos al mismo tiempo. Los renos lo agradecen muchísimo, los pobres. Se me morían al menos dos cada año. Y no es fácil encontrar un Rudolph año tras año. Los renos con nariz roja no abundan.

Una vez solucionados los temas de trabajo, hay que calmar los ánimos en casa. Mamá Noel lleva fatal eso de que trabaje en festivo. ¡Pero si es solo un día al año!, le digo yo. Pero nada, ella sigue ofendida: que para un día que tiene de fiesta —trabaja en unos grandes almacenes de esos que abren siete días a la semana—, que se esfuerza mucho en preparar una gran cena para que yo esté de picos pardos por ahí, que los duendes se dedican a beber y se desmadran… ¡Pobres! Si para ellos también es fiesta, qué van a hacer.

Después de la misma discusión de todos los años, Mamá Noel claudica y se va de mi despacho refunfuñando por lo bajo para que me quede claro que no está nada contenta. Pero el día veintiséis, cuando llego a casa agotado y con el pelo erizado por lo rápido que conduzco el trineo para que me de tiempo a todo, se le pasa, porque siempre le regalo alguna chuchería que siso durante la noche en la casa de algún ricachón que no la va a echar de menos. Es una vergüenza, lo sé, pero es el único día que salgo y no puedo comprarle un detalle por Internet y dar las señas de mi casa, sería un escándalo. Al día siguiente, habría reporteros de todos los canales de televisión llamando a mi puerta. ¡Con lo poco que me gusta a mí el ruido!

Últimamente le he estado dando vueltas al tema y creo que Mamá Noel tiene razón: ya va siendo hora de que celebremos juntos la cena de Navidad. El año pasado casi no me da tiempo a completar todas las entregas. Estoy un poco mayor.

He estado revisando perfiles de candidatos a nuevo Papá Noel, y hay un chico en Chicago que encajaría muy bien. Lampiño, una lástima. Pero no importa, mi barba también es de mentira.

Fotografía: Matti Mattila (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)