La ciudad se desperezaba. Aún las farolas estaban encendidas y eran pocos los ruidos en la calle. Una capota gris cubría tejados y antenas, dando paso a una tenue luz incierta. Pronto amanecería. Ella se asomó a la ventana, apoyó la frente en el cristal, observó la acera casi desierta y, soltando un largo suspiro, pensó que de aquel día no pasaría.

Se alejó de la ventana no sin antes limpiar el vaho en el cristal con el extremo de las cortinas. Entró en la cocina. Era muy pronto para comer algo, su estómago no podría digerirlo, pero tenía ánimo para un primer café. Cogió la cápsula de color granate. Nunca recordaba los nombres exóticos con los que las bautizaban. Las de color claro, las de ella, de sabor suave. Las de color oscuro, las de él, las más intensas.

No había abierto el trastero en un mes. Le faltaban fuerzas para enfocar el problema con calma. Le dio por pensar que la lámpara no se encendería, que los días de polvo acumulados sobre la bombilla la habrían estropeado, pero no: pulsado el interruptor, una luz amarillenta se derramó sobre cajas de cartón, maletas y bolsas de plástico acumuladas en equilibrio perfecto para que no se vencieran.

Café en mano, miró con tranquilidad cada bulto, intentando recordar qué había en ellos. Lo primero que desenterró fue una maleta de color gris, elegante, resistente, de líneas estilizadas y ruedas cubiertas con goma, silenciosas. Uno de tantos caprichos para un hombre que lo más lejos que había viajado era al infecto pueblo de sus padres. Todo en él había sido siempre pretencioso, cuestión de apariencia. Se sintió de nuevo estúpida, engañada. En la maleta encontró lo que cabría esperar: trajes, camisas, corbatas, dos pares de zapatos negros de cordones abrillantados con esmero, una pequeña caja de gemelos y otra con dos relojes de lujo, carísimos, de movimiento perpetuo, sumergibles.

Cogió del despacho un bloc de notas y un portaminas. Apuntó con minuciosidad el contenido de la maleta, detallando las tallas de las prendas, color, tipo de tejido y estado general. Junto a cada una, especificó el destino: para algún conocido, para tirar, para donar o para vender.

Fue trasladando el contenido del trastero al pasillo. Con determinación abría cada caja y encontraba el resorte a un recuerdo que creía enterrado. En una bolsa de deporte halló bañadores, gorros, chancletas y toallas robadas de hoteles de cinco estrellas que ella había tenido que pagar, increpada por gerentes malhumorados que acompañaban sus amenazas con una invitación a no volver.

Apoyada junto a pared, detrás de la maleta, estaba el estuche de la guitarra que él solía tocar alrededor de la chimenea después de una buena cena entre amigos, aunque en realidad se limitaba a suaves rasgueos acariciando las cuerdas con los extremos de las uñas, sin que jamás llegara a sonar una melodía reconocible. En todo caso, pronto se aburrió y la guardó ahí, acumulando polvo, como se aburrió también de esos amigos que los acompañaron el día de su boda, cuando aún no importaba que fueran pobres.

El olor empezaba a ser ya insoportable, empalagoso, nauseabundo, y la mujer se vio obligada a descansar. Se acercó a la cocina a por la segunda dosis de cafeína. Encendió un cigarrillo junto a la ventana. La bruma gris dejaba paso a un rubor anaranjado en el horizonte y los primeros coches atormentaban con sus motores el silencio. Miró el cigarrillo con disgusto. Se había prometido a sí misma que lo dejaría, pero en situaciones tensas solía recurrir al amargor del humo desgarrándole la garganta.

El tiempo había hecho su trabajo y recoger los pedazos de su vieja vida no le estaba resultando tan duro como creía, aunque aún tendría que limpiar a fondo el trastero para eliminar cualquier rastro de olor y suciedad.

Terminado el café, lavó el vaso en el fregadero y se puso unos guantes de goma que había comprado unos días antes. La dependienta le aseguró que eran resistentes. Al llegar al trastero, observó con asco unos bichos saliendo de debajo de las bolsas de plástico que habían permanecido ocultas en lo más profundo del espacio. Sólo quedaba eso por revisar. Con firmeza abrió la primera y extrajo de su interior un brazo en descomposición.

Este es el relato que presenté al I Certamen Relato Breve “Istorio hay zeurea da – 2014, organizado por el Ayuntamiento de Barakaldo. El primer párrafo que abre el relato y que había que  continuar es de Mikel Alvira.

Fotografía: juicyray (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)