Hegel, al tiempo que se balanceaba suavemente en la vieja mecedora del porche,  observaba por el rabillo del ojo a Cody quien, a su vez, miraba con fijación la laguna al final del sendero. Ningún animal es capaz de mirar con la fijación con la que mira un gato. Y aunque es una afirmación sorprendente para cualquiera que no haya tratado con estas ariscas mascotas, ningún animal es capaz de despistarse tan fácilmente como lo hace un gato.

Era un tórrido atardecer de verano, el sol estaba tan próximo al horizonte que los árboles ya no conseguían dar sombra. La temperatura no había bajado de los treinta y cinco grados en todo el día, y Hegel aprovechaba el movimiento de la mecedora para intentar atrapar algún soplo de una brisa inexistente.

En su fuero interno, hacía apuestas. Apostaba cuánto tiempo sería capaz de aguantar Cody antes de lanzarse en picado contra las carpas que salpicaban el cielo de diamantes en sus incursiones a la superficie. Cody agitaba nervioso la cola de un lado al otro, a cada momento con más rapidez, hasta convertirla en una hélice con recorrido semicircular. Tiempo atrás, Hegel se entretenía cronometrando y estableciendo una ecuación matemática entre el movimiento de la cola y el tiempo de ataque. Su mujer le tachaba de loco, pero a él le hacía mucha gracia, sobre todo cuando lo comparaba con Lisi. Éste era un gato sosegado, un ejemplar adulto que sabía que, por mucho que corriese, no podría atrapar los astutos peces. Pero Cody era aún un alocado cachorro y no cedía ante imposibles. Aún esa tarde, cuando el felino era casi un anciano de diez años, tan viejo como el propio Hegel, seguía con la mirada fija en las gotas de agua, deseando poder dar caza a las sombras bajo la masa líquida.

Hubo un tiempo en que Hegel también luchaba por aquello que quería, pero eso quedó atrás con el accidente. Ahora sólo establecía ecuaciones sin objetivo ni aplicación alguna, pasatiempos para un matemático retirado.

Hegel volvió la mirada hacia la laguna, y su mente retrocedió a otra calurosa tarde, cuando su Emily todavía estaba junto a él. Gustaba de regodearse en sus recuerdos, en los felices tiempos que ambos compartían en la casa que entonces olía a recién pintada. Los árboles parecían susurrar alegres canciones, y no desesperanzadas baladas, como hacían ahora.

Con un sonoro maullido, Cody sacó a Hegel de su ensimismamiento. Éste sonrió, asimilando el ruido a una trompeta de asalto del quinto regimiento. Consultó la esfera de su reloj y comprobó el tiempo. Cody tardaba cada vez más tiempo en atacar. Él perdía parte de sus recuerdos cada día que pasaba. El sol estaba casi oculto y la temperatura caía rápidamente. Hegel se levantó, entró en su destartalado hogar, y se preparó para calentar una sopa de lata. Cody, al ver levantarse al anciano, paró en seco, dio la vuelta y se coló por la rendija de la puerta justo cuando estaba a punto de cerrarse. Frotó su lomo contra las piernas de su compañero. Tal vez al día siguiente atrapara por fin una perca.

Foto: David J Laporte (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)