He recorrido más de tres mil kilómetros los últimos días por carreteras francesas. Adoro las autopistas francesas: asfalto inmaculado, iluminación potente y estaciones de servico cada veinte minutos, excepto cuando te hacen falta, momento en que desaparecen del GPS y te mantienen en vilo durante más de una hora mientras adopto una postura zen tras otra y trato de distraerme con alguna otra cosa. Observo por la ventanilla cuando no conduzco. Apoyada en el reposacabezas, en un estado de duermevela constante, me dedico a mirar los coches que pasan a mi lado. Conductores felices y enfadados, conductores que escuchan música rap con constantes movimientos del cuello adelante y atrás. He visto copilotos con los pies encima del salpicadero. Es más, he visto un conductor con el pie izquierdo encima del salpicadero. Me he planteado intentarlo yo, pero no lo veo claro. He visto un camión militar con un cartel de vehículo escolar. He visto dos incendios al borde de la carretera. He dormido mucho. He escuchado una barbaridad de música, casi toda viejuna. Pensaba que sólo conocía un par de canciones o tres de Queen y resulta que me sé todos sus grandes éxitos. Mucho rap. Mucho blues. Algo de música francesa para ambientar. Nunca podré pronunciar las erres como Edith Piaf. Eso me convertiría en una francesa de pleno derecho.

He pinchado una rueda en un bordillo de una de esas rotondas sin sentido, pequeñas, diminutas, minúsculas. Nanorotondas les llamo yo. En realidad no la he pinchado, solo he mellado la cubierta, pero el cambio era inevitable. He entrado en el primer taller mecánico que he encontrado en la carretera. He olvidado cómo se dice rueda en francés y el técnico de mantenimento me ha llevado hasta su ordenador y ha abierto Google Translator en el navegador. Me he reído. Me he preguntado cómo lo hacían antes, con menos conocimientos de idiomas y sin un navegador online a la vista. Le he convencido de que cambiara la rueda en el mismo día a fuerza de sonrisas y aleteos de pestañas. A veces me siento un poco mal por usar esas tácticas tan ladinas, pero enseguida se me pasa. Por culpa del incidente he visitado un pequeño pueblo con una calle para practicar kayac en el río, casas de aspecto medieval y floreros colgados de cada puente.

Lo de las plantas es una constante. A los bretones les gusta la jardinería, sobre todo las hortensias. Las hay rosadas, pero también fucsias, moradas, azules, amarillas y hasta verdes. El verde se apodera de las calles, los jardines y los balcones. Asomas la cabeza en cada callejón que encuentras y al final aparece un mini jardín. Aprovechan cada terraza, cada rincón. Encuentras flores en los lugares más insólitos. Hay cientos de Leroy Merlin repartidos por las carreteras y el ruido de las segadoras, los sopladores de hojas y las sierras inunda los rincones más apacibles de los pueblos. La gente lleva puestas riñoneras para transportar las herramientas de jardín de un lado a otro. Los hombres acarrean ramas mientras las mujeres de rodillas podan rosales. No les saco una foto por la vergüenza de invadir su intimidad, pero es una estampa preciosa. Yo quiero algo así dentro de treinta años. Cuando inventen los jardines sin bichos.

Los bretones no parecen sentir mucho aprecio por su intimidad. La arquitectura de las casas hace posible que puedas ver a sus inquilinos a través de las ventanas incluso cuando están en el tercer piso. Muchos viven a pie de calle y no parecen conocer el significado de la palabra cortina. Les veo repantigados en el sofá haciendo zapping en el televisor, leyendo un libro recostados en un pequeño sofá, cortando unas cebollas en la mesa de la cocina, acariciando un perro con pose digna, pintando la pared en calzoncillos… Podría haber estirado la mano para robar a una familia una cucharada del cocido de mediodía a través de la ventana. Los bretones no se ocultan. A mi eso me inspira confianza, sinceridad. Me gusta mucho esta gente.

Me he mojado el único día que llovió y me ha dado lo mismo. Me gustan los destinos húmedos, verdes y con un toque mohoso. Quiero ver lagos, ríos, arroyos, riachuelos, océanos y mares, cascadas que caen por las paredes de roca de las montañas, fuentes en medio de las plazas de los pueblos, acequias para las vacas en medio de los campos, pozos dobles dentro de catedrales… He sentido el viento de pie sobre un acantilado frente al mar. Me he alegrado de tener el pelo corto y me he desesperado por haberme puesto falda ese día. He vaciado mi mente de todo lo que no fuera el ruido de las olas rompiendo bajo mis pies. He llorado y me he sentido bien.

He visitado un número enorme de templos religiosos. Cada uno de ellos con una capacidad mucho mayor que la gente que habita en su respectivo pueblo. Todos con motivos marítimos. La relación entre el mar y la iglesia es muy fuerte aquí. No los más grandes son los más ostentosos ni pertenecen a las mayores comunidades. Me he sentido en paz y relajada. Todos con lápidas dedicadas a sus muertos en las dos grandes guerras. He leído los apellidos y me he entristecido cuando coincidían en un mismo año. He imaginado familias destrozadas al perder más de un miembro de golpe. He visitado una abadía y me he encontrado en un paisaje propio de En el nombre de la rosa. Es el único lugar donde he visto japoneses. Siempre me he preguntado qué impresión se llevan de esos países que recorren a la carrera, sin entrar nunca en contacto con gente de la tierra, gastando y gastando sin parar en souvenirs sin clase.

He viajado. He disfrutado. He vuelto más cansada de lo que me fui, pero partiría de nuevo sin pensármelo. Tal vez lo haga.

Relatos en construcción se va también de vacaciones en agosto. Pronto volveré con más historias, reseñas y noticias literarias. Mientras tanto leed, disfrutad, tened percances leves que os hagan sentir más vivos y descansad. Si me echáis mucho de menos, seguiré conectada en las redes sociales. 

¡Nos vemos en septiembre!

Fotografía: Paolo Trabatoni (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)