Lo primero que hizo fue despedirse del trabajo. Llevaba meses y meses incubando la idea y por fin la dejó eclosionar. Descontando el tiempo que empleaba en perfilar planes, no trabajaba casi nada en la práctica y le avergonzaba un poco que le pagasen por ello. Su jefe que le tenía cierto aprecio, unido a un total desconocimiento de cuáles eran sus funciones y lo que supondría su ausencia, le ofreció la posibilidad de coger una excedencia de un par de meses o las vacaciones acumuladas hasta ese momento, pero nada le hizo cambiar de opinión. Sacó del bolsillo trasero de su vaquero desgastado un taco de folios doblados hasta formar un bloque macizo y los sostuvo en alto, atravesándolo con los ojos como quien ve un milagro.

Desde ese momento, no habría dos días iguales y no dejaría jamás pasar la ocasión de experimentar algo nuevo.

Empezó por cosas muy sencillas. Lo de no repetir nunca el mismo trayecto al ir a por el pan le obligó a mudarse de apartamento cada diez o quince días, según se tratase de un pequeño pueblo o una enorme urbe, pero eso le ayudaba a no tener que saludar más de una vez al mismo vecino, así que lo vio como una ventaja. Tampoco se ponía dos veces la misma ropa, que iba abandonando diariamente en rincones aleatorios para que pudiera ser aprovechada por alguien con menos escrúpulos. No desayunaba, comía o cenaba dos veces el mismo menú y se abrió ante él un universo de sabores, texturas y olores de lo más variopinto, que no siempre incluía platos tradicionamente considerados comestibles. No volvía a escuchar el mismo disco de música, ni leía el mismo libro ni veía la misma película y estableció un sistema que consistió en comenzar por los autores más deconocidos, de países que no sabía que existieran, dejando para el final los que le resultasen más habituales.

Poco a poco, fue llevando su patología al extremo en su obsesión por no reiterarse: no hablaba dos veces con la misma persona: sus relaciones se veían limitadas siempre a una primera cita planificada por internet (cada vez en una página de contactos diferente) que siempre acababa en un polvo impersonal en cualquier motel de las afueras, porque había decidido que ya no le valían ni camas, ni bañeras, ni mesas de cocina. Desde que tomó la decisión, no retomó el contacto con sus padres, su hermano, sus compañeros de trabajo ni ninguna otra persona de su vida anterior. A cambio, intentaba cada día forzar encuentros casuales con desconocidos a los que invitaba a tomar algo para conocer sus vidas. No siempre lo conseguía y a veces terminaba solo en la habitación de un hotel en el que nunca se había alojado.

Se aficionó además a los deportes extremos: un día paracaidismo, la semana siguiente espeleología, y al cabo de unos meses, un sin fín de actividades de impronunciables nombres anglosajones acabados en -ing. En su ansia por sentir la sangre palpitar con mayor ímpetu, de explorar nuevas sensaciones nunca antes conocidas, fue presa de luxaciones, roturas, hematomas, esguinces… Hasta que un día, practicando salto base su paracaídas no se abrió y se estrelló con el suelo.

Al día siguiente de ser enterrado, resucitó.

Porque resucitar era una experiencia que nunca había vivido.

Foto: Robert Engber(flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)