Yo quería escribir una historia de amor. Como las de las películas. Con sus momentos de confusión, de malentendidos, de terceros tocapelotas creando el caos, sembrando la confusión y haciendo creer a los tórtolos que en realidad no están enamorados. Una historia llena de padres, tíos y abuelos metiendo baza, diciéndole a la chica que el hombre no le conviene, convenciendo al chico de que ella sólo le quiere por el dinero y no porque sea joven, guapo, o tenga unos músculos capaces de provocar una erección al más aguerrido heterosexual. Yo quería escribir una historia en la que una tormenta surgida de nadie sabe dónde en pleno mes de agosto obligara a la pareja a refugiarse en un pajar. Allí la humedad, la tensión y la ropa pegada a los pechos de ella, cual concurso de camisetas mojadas, acabarían en una escena de sexo indomable en la que no habría mención al olor a caca de vaca, o a lo incómodo que es clavarse pajas en el culo, por no hablar de lugares más íntimos. Eso no tendría lugar en mi historia de amor.

Yo quería escribir una historia de amor intrincada, con muchos obstáculos: Él sería llamado a filas para participar en la segunda guerra mundial desembarcando el día D en Normandía y a ella le ofrecerían el puesto de su vida como programadora sénior informática de rutas de desvío de basura espacial en la NASA. Volvería a escena el primer amor de él, tan dulce, inocente y virgen, aunque esto último sólo se intuyera, y le asaltarían las dudas de repente al recordar aquellos infantiles paseos desde la escuela hasta sus casas junto a los maizales. Resulta primordial que hubiera maizales. Los padres de ella morirían en un accidente de coche provocando desde una lágrima escapista a un llanto incontrolable. Más trágico aún: un hermano se quedaría parapléjico al caer del caballo cuando estaba a punto de ganar el cuarto campeonato nacional de salto de obstáculos y ella tendría que sacrificar su amor para cuidarle. Por supuesto, el hermano moriría en algún momento de la historia porque no cabe aquí un final a trois. Ella lloraría mucho, a mares, lloraría lagos y océanos y al final se daría cuenta de que, durante el tiempo que ha estado llorando, sólo él ha permanecido a su lado. Los demás se han ido asqueados por el ambiente depresivo. Entonces ella se enamoraría de nuevo y todo terminaría como acaban las historias de amor.

Porque las historias de amor acaban con los dos en una casita de amplias vidrieras en el salón con vistas al mar o, mejor, a un lago, porque el salitre del mar se carga la pintura de la casa y lo oxida todo. Y en el lago tendrían un embarcadero particular, con una pequeña barquita pintada de blanco con rayas verdes en la parte superior llamada Elisa, sin que nadie sepa por qué. Y sería una barca a remos, nada de motor a gasolina en la quilla, porque las barcas a motor no sirven para las historias de amor, son para los dramas donde se hunde en medio del lago un cadáver a medianoche. Tendrían un gato dormilón y peludo que pasaría las horas al sol en el balancín del porche. Se desperezaría como máximo una vez al día, siempre que no lloviese, y perseguiría sin demasiadas ganas algún roedor, mejor que un pájaro, porque eso supondría tener que saltar. Y un labrador o un golden retriever daría vueltas alrededor de la feliz pareja que a su vez se agarrarían de las manos y girarían como en Sonrisas y lágrimas.

Yo quería escribir una historia de amor y me ha salido una mierda. Porque no hay amor que valga cuando tu pareja es una hija de puta retorcida, sádica y egoísta que sólo piensa en irse de compras mientras te deslomas cual gris oficinista, viajando dos veces al día en un metro gris, soportando  la música gris de xilófono del ascensor que te lleva hasta tu cubículo.

Yo quería escribir una historia de amor pero su hermano parapléjico no murió y ahora vive con nosotros en un apartamento de setenta metros cuadrados y cuando tiene un mal día tengo que sujetarle la polla al orinal para no tener que cambiarle el camisón y las sábanas mientras le mantengo suspendido del aire con un sistema de cuerdas y poleas capaz de hacer las delicias de un sádico. Ahora parece que también su madre se va a mudar con nosotros. Ella y su principio de demencia, y su obsesión por el polvo, y su gata siamesa, que no se tumbará en el porche sino que trepará por las paredes y rasgará el papel del que no podremos conseguir más rollos y convertirá las cortinas en harapos, y se meará en el recibidor para que las visitas que no tendremos aprecien en todo su esplendor la madera humedecida y en proceso de putrefacción. No viviremos en una casita sino en un feo apartamento y no habrá ningún lago a más de doscientos kilómetros a la redonda. No tendremos golden retrievers. Ni siquiera un chihuahua porque el gato se lo comería.

Yo quería escribir una historia de amor y en su lugar tengo un truño. Y sin embargo la sigo queriendo porque es única. La quiero porque le asoma la punta de la lengua entre los labios y achina los ojos y pone mucho ahínco cada vez que tiene que enhebrar una aguja. Y da saltitos muy graciosos por la habitación y se cae en la cama cada vez que tiene que enfundarse en unos leggins. Y maldice y se queja porque ha engordado, pero disfruta como nadie de unas natillas de chocolate y acaba rebañando con el dedo índice el cuenco mientras comenta lo útil que sería una lengua de gato de silicona pequeña, del tamaño de una cucharilla de café, para esas ocasiones. La quiero porque me mira con mucha atención y sin parpadear cada vez que le cuento un problema del trabajo, aunque sé que muchas veces no me escucha. La quiero porque así era cuando la conocí y empezó nuestra historia.

Yo quería escribir una historia de amor y a lo mejor  lo he conseguido.

Fotografía: Webkinz Nut (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)