El día a día desgastaba al hombre. Las preocupaciones, los temores, el estrés, los agobios, las obligaciones… hacían mella en lo más profundo de su cerebro y brotó una corriente de agua negra que se extendió, milímetro a milímetro, hasta ocupar toda su cabeza. El hombre se arrastraba hundido por sus pesares, cada vez más triste y aislado, sin que nada ni nadie pudieran ayudarle a superarlo. Mirara donde mirara, el hombre lo veía todo oscuro y deprimente.

Hasta aquí, al hombre no le sucedía nada fuera de lo común. Miles, cientos de miles de hombres abastecían en ese mismo momento su botiquín de antidepresivos, ansiolíticos, tranquilizantes y somníferos como quien llena de agua una olla para hervir legumbres.

Un día tras salir de la ducha, mientras se secaba, el hombre se dio cuenta de que habían desaparecido los surcos de sus huellas digitales. Pronto las palmas de sus manos estarían carentes de cualquier línea de expresión y serían lisas, como las de un maniquí de plástico. Según pasaron las semanas, fueron desapareciendo todos los detalles que hacían de su piel un ejemplar único: no había lunares, ni cicatrices, ni ampollas ni moratones, ni granos, ni pelo, ni arrugas… la superficie estaba pulida, carente de personalidad.

El hombre comenzó a desaparecer. Cada mañana al levantarse perfilaba su sombra en el suelo con un lápiz del número dos y veía cómo menguaba. No sentía dolor. Sólo se hacía más y mas pequeño, disminuía en volumen a un ritmo demasiado rápido como para dar tiempo a los médicos a buscar una solución.

Una mañana el hombre advirtió que ya no era apenas nada, un filamento, un estambre, un hilo descosido. Se acercó a la ventana y dejó que una corriente de viento se lo llevara para siempre.

Fotografía: Mattia Merlo (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)