Mi querido y estimado lector,

Me veo en la tesitura de escribir un relato que te haga reír, que despierte un brillo malicioso en tus ojos, una leve sonrisa o tal vez una sonora carcajada. No sé si seré capaz de provocar en ti tales sentimientos, pero para comenzar esta historia deja que te ponga en contexto. Es algo tan básico, tan fundamental, tan obvio que te sorprendería saber cuántas veces el escritor se olvida de hacerlo. Si ir más lejos, estoy a la mitad de un libro y aún no tengo la más remota idea de lo que me está contando. No me gustaría que algo así te pasara: quiero que disfrutes, pero que a la vez hagas un pequeño esfuerzo por comprenderme. No quiero que pienses que a lo mejor eres un poco corto: si no sigues el hilo de mi disertación, la culpa es sólo mía por no saber expresarme. Y dejando devaneos a un lado, mi querido lector, vamos al relato, que es lo importante.

Para empezar, permíteme que te diga donde estamos: en un velatorio. Pero no en una funeraria con un cadáver encajado en un ataúd de pino barato dos tallas más pequeño y una habitación alicatada con asépticas baldosas imitación de mármol, no. Este velatorio se celebra en el salón de una casa bien, casi podríamos decir que de una mansión, habitada por gente con dinero o gente que aparenta, porque quién sabe si a estas alturas de la crisis les quedará un céntimo. El cuerpo presente está vestido con un traje gris marengo un poco desgastado. Yo hubiera escogido un azul marino, pero es cuestión de gustos. La corbata es también gris, más clara. El hombre, porque es un hombre como supongo que habrás deducido por lo del traje, hasta ahí sí que llegas mi querido lector, no parece muerto, milagro de la excelente labor de los maquilladores de cadáveres que le retocan el corrector de ojeras cada hora y cinco minutos, y entre tanto hojean las últimas novedades en sombras naturales para infantes difuntos.

Por si el hombre no tuviera suficiente con estar muerto, además parece triste: las comisuras de sus labios caen en una graciosa mueca hacia abajo. No sé si era ya así en vida o si es por la descomposición. Reposa sobre un acolchado forrado de terciopelo color vino, muy deprimente, un poco Drácula. Se nota a simple vista que el ataúd es de madera de calidad, tal vez secuoya, tal vez roble, tal vez caoba. No entiendo de maderas. En la tapa se ha grabado con esmero de artesano una cruz griega, capricho de la familia, a la que le gusta dar la nota, y las asas y remates están bañados en oro. No sé si te habrás detenido a pensar alguna vez, mi querido lector, en la vanidad que los vivos tienen para con sus muertos. Los demás pueden pudrirse en un armario ropero. Alrededor del ataúd hay dispuestos unos floreros Art Decó, de vidrio amarillo, con enormes, inmensos, selvas tropicales de ramilletes de flores también amarillas pálidas, para no desentonar con la lúgubre atmósfera de la habitación. Por miedo a que tú, mi querido lector, seas un hombre, no me detendré en explicarte que en realidad no son amarillas, sino de un blanco roto intenso, o de un yema desgastado. Con decirte amarillas creo que te haces una idea.

Justo enfrente se ha dispuesto una mesa engalanada y cubierta con un mantel del mismo encantador color del acolchado del ataúd. Nótese la sutil ironía con que empleo el adjetivo encantador. Sobre ella, distribuidas en bandejas de plata con manchas de óxido y platos rematados con dibujos de petirrojos y ramas de sauce, se agolpan delicias que van desde las pastas secas (sí, esa caja que todos guardamos en la balda de arriba para los invitados, sin percatarnos de que o no tenemos invitados, o les tenemos suficiente aprecio para no querer envenenarles) a las tostas untadas en paté de hígado de cerdo, para darle clase al evento, sin olvidar la tortilla de patatas, recurso infalible con el que nunca nadie se queda con hambre. Y por supuesto alcohol, litros de alcohol. Licores fuertes para los caballeros, vino blanco o kirsch para las señoras. El alcohol que no falte. Ahogar las penas hasta caer borrachos pero sin que se note, porque hay que mantener las apariencias. Lo ideal sería no pasarse de ese puntito de melancolía que llega tras las risas recordando las peripecias del muerto en vida.

Creo que estas alturas mi querido lector ya sabrás que estamos en el preludio buenrrollista de un funeral y por los detalles que te doy supondrás que te lo cuento de primera mano. Las razones por las que asisto son bastante confusas, ni yo misma lo sé. Mi madre me ha soltado algo sobre el primo del primo de una tía de mi abuela pero los lazos familiares me resultan demasiado caóticos. Y heme aquí sentada en una silla de madera labrada a juego con el ataúd y barniz desgastado en los bordes. Eso responde a si la familia es rica o venida a menos.

A mi derecha hay una mujer que llora. En un funeral. ¡Qué falta de respeto! La miro por el rabillo del ojo, para no interrumpir su llanto desconsolado, pero no consigo saber quién es. Tampoco me atrevo a preguntar, el difunto era bastante conocido por sus amistades al margen del matrimonio. Me sorprendería de forma grata que una de sus amantes se hubiera presentado, eso le daría un punto divertido a la situación.

El resto de la fauna humana la componen señoras desbordadas por la acumulación de alhajas hasta tal punto que podrían cubrirse el cuello con sus lóbulos, niños que juegan a ver quién le sostiene la mirada al muerto durante más tiempo, fumadores empedernidos que entran y salen sin cesar del salón provocando corrientes de aire que indignan a las enjoyadas, y una sucesión de políticos, directores de centros de investigación, rectores de universidad y demás colección de cargos administrativos públicos que entran corriendo, dan el pésame corriendo a la esposa, y se van corriendo. ¡Ah! ¡Claro! Es que no te he dicho aún, mi querido lector, que el difunto es el alcalde de la ciudad. Imperdonable error el mío.

Pero olvidémonos de todos estos y centrémonos única y exclusivamente en la viuda. Si quisiera definirla, yo, que no soy muy dada a las definiciones, diría que es una femme fatale: pose lánguida, mirada que no se sabe si es miope o se hace la gatuna, vestido negro sin mangas, con falda tubo y abertura que deja ver, más que intuir, una liga también negra que sujeta las medias de seda alineadas con regla alemana, melena larga, morena, con ondulado que quiere parecer de secado al aire, pero que ha requerido horas y horas de peluquería, mechón preciso cayendo sobre los ojos, buscando que un galante caballero se lo retire… A medio camino entre una dama a punto de desmayarse y una libertina buscafollones (o buscafolladores, nunca se sabe). Pero tú puedes imaginártela como quieras, mi querido lector: es evidente que lo mío son celos.

No se la puede considerar una esposa modelo, atenta, sumisa, a la sombra de un alcalde destacado. Lo suyo es ser el centro de atención. Ni siquiera necesita hablar. Es más: probablemente la mitad de los asistentes al velatorio no han oído su voz. Pero no ha cometido nunca un desliz y se ha mantenido al margen de los de su marido. Correcta en las formas, educada, siempre la pose perfecta en el momento exacto. No se le conocen constipados, ni mocos, ni ojeras por no dormir bien o trabajar demasiado. Nauseabunda. Sí, es la envidia la que habla.

Sentada en una butaca junto al féretro recibe impasible cientos de pésames, ignorando con destreza el asco que deben producirle las manos sudorosas, blandas, de los que se creen pretendientes de Penélope. Ninguno nota su mueca de disgusto cuando saca la polvera del bolso para retocarse tras cada beso baboso.

Los minutos pasan con lentitud. Ya no me queda casi nada por contarte, mi querido lector, he agotado lo que mi limitada capacidad de observación puede ofrecerte. ¡Espera! ¡La viuda se levanta! ¡Claro! Casi se me había olvidado, es el momento del discurso previo al comité que llevará el cadáver hasta el cementerio. No es habitual que lo lea la viuda, porque se la supone desconsolada, hipando y sumergida en llantinas, pero a esta femme poderosa incapaz de no deslumbrar, nadie le va a quitar su momento de gloria. Permíteme que te transcriba sus palabras, tal y como ella las dice:

—En este momento tan difícil, quiero agradeceros a todos las atenciones que habéis prestado tanto a la familia de Ángel como a mí. No tengo suficientes palabras de gratitud para expresaros lo que siento. ¡Está siendo todo tan difícil! Y a ti, mi querido marido, espero que te pudras en el infierno. Un infierno árido, en el que puedas vomitar todos y cada uno de los litros de alcohol que has ingerido durante tu vida.

Vaya. Esto no me lo esperaba. Qué manera de perder las formas.

—Después de tantos años soportando tus infidelidades, que eran lo de menos, porque te mantenían alejado de mi, a ti y a tus mugrientas manos, y a tu oscilante barriga, y a tu calva incipiente que tratabas de ocultar con los escasos mechones que te quedaban, y a tus chistes sin gracia, y a tus eructos de alcohólico, por fin, puedo abandonar mi pose de esposa amada y decirte que no hacía falta que te preocuparas tanto por tu dinero, porque hace año que tu contable, con el que me acuesto, y yo, lo habíamos robado todo. Tu familia no verá ni un céntimo, y después de hoy, tampoco a mi…
¡Vaya! ¡Qué contrariedad! Me he quedado sin espacio para acabar esta historia. No sé si te lo había comentado al principio, pero el número de líneas de que disponía estaba limitado. En fin, no vas a poder conocer de primera mano las reacciones de los asistentes, el accidente, los disparos, lo que apareció en medio de la trifulca bajo el acolchado granate del ataúd… Bueno, tal vez te enteres por los periódicos, pero me extrañaría que llegasen a publicar algo, ya habrá quien se encargue de silenciarlos.

Entiendo que en este momento te sentirás defraudado, tal vez incluso estafado, mi querido y atento lector. Pero no desesperes: a mi incapacidad manifiesta de contar las líneas, se suma una adicción incontrolable por las redes sociales. Te prometo, mi querido lector, que si consigues dar conmigo, y no debería ser un ejercicio muy complicado para un nivel de inteligencia como el tuyo, te contaré la historia completa con pelos y señales y no me dejaré ni un charco de sangre en el tintero. Palabra de escritora de relatos fantásticos. Ha sido un enorme placer compartir estos párrafos contigo, mi querido y estimado lector.

Este microrrelato apareció en la antología La sonrisa de la hiena publicada por la editorial  Verbum en 2014.

Fotografía: Kasra Kyanzadeh (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)