¡Es tan gráfica la imagen del escritor frustrado! No, borra eso de tu mente. No me refiero de forma exclusiva a la escritura. Olvídalo. Ahora no podrás, claro. En este momento sólo te imaginas un hombre viejo sentado en una silla regia, de madera noble, oscura y bien tallada, encorvado ante una máquina de escribir, como si sobre sus hombros cayera el peso de las historias que cuenta. En contadas ocasiones levanta la mirada para perderse en el tránsito de carruajes que desfila frente a sus ojos, tras el vidrio de una ventana que abarca la extensión de la pared de un despacho amortiguado por pesadas alfombras. Seguro que puedes ver los pesados cortinajes de terciopelo rojo que vadean el cristal, el buró de estilo fernandino que preside el centro de la habitación, el mueble que hace las funciones de librería o de vitrina, de caoba brillante, anclado a la pared del fondo. Espera. Has retrocedido demasiado. Te dije que borraras esa imagen de tu mente. Vuelve a la era de los ordenadores.

Deja que te ponga en otro contexto. ¡Es tan gráfica la pose del hombre al que se le ha pinchado la rueda del coche! Se peina hacia atrás con los dedos, como si extendiera un pegajoso fijador. Frota con fuerza su cuero cabelludo con las yemas. Si se lo hiciera a otra persona lo considerarías violento, brusco, pero no eres consciente de la presión autoinfligida. Los dedos se deslizan sin titubeos. A veces hay que ayudar al cerebro a encontrar una salida. Es como si estimulase las neuronas desde el exterior. Los pulgares se detienen a la altura del músculo semiespinal. Venga, va, sé que deseas buscarlo en internet. ¡Qué lástima que ya no puedas! Nadie lo sabe todo. Considéralo un pequeño sacrificio. El resto de los dedos se dispersan hasta abarcar todo el contorno de la cabeza.

¡Aleja de una vez de tu cerebro el despacho decimonónico! Ya sé que era más estimulante. Imagínate un jugador de baloncesto de dos metros diez que sujeta la pelota con una mano. Es más o menos la misma idea. Y así, con las manos aferrando la cabeza como si se fuera a desprender en cualquier momento, el hombre deja caer su frente hacia adelante, hundiendo la barbilla entre las clavículas. Si en vez de un hombre fuera una mujer con el pelo largo y suelto, éste ocultaría su rostro.

Es una postura que invita a estar sentado, ¿verdad? De ahí mi referencia inicial al escritor. Es la postura de la frustración, del no encontrar, del no saber qué hacer, qué escribir, cómo continuar.

Cuando el hombre está de pie, es más habitual que lleve las manos a la cintura y deje caer la cabeza, esta vez hacia la nuca. En vez de buscar soluciones en su pecho las busca en el cielo. Qué iluso por su parte pensar que es ahí donde va a encontrar una respuesta.

Pero volvamos a sentarnos. Yo al menos estoy sentada. Tú también lo estás, aunque en tu caso lo normal sería verte andar de un lado a otro de la habitación, de forma enfermiza, creando surcos en el parqué. Estamos hablando de cosas relevantes. He llevado la frente al límite, hasta tocar con ella la superficie de madera de mi escritorio. Como bien podrás suponer, no es de madera de caoba decimonónica. Tal vez esté fabricada con aglomerado de pino. Es lo más probable. Además, he cerrado los ojos. Ése es otro impulso natural cuando estamos concentrados, pensativos, meditabundos. Tus párpados también están cerrados, ¡cómo si no! Es una técnica de visualización mental, aunque nunca lo hayas llamado así. Es un estado de aparente calma. Parece que estoy dormida. Es un disfraz, porque mi cerebro está en ebullición. Las neuronas saltan, brincan, se conectan por aquí y por allí…

A estas alturas, lo más seguro es que intentes saber la causa de mi frustración. Podemos jugar a las adivinanzas. Sé racional: no sé cómo pagar la hipoteca del mes que viene, estoy buscando trabajo, alguien cercano tiene una enfermedad y no encuentro la forma de ayudarle… Sé irracional: estoy perdida en el desierto del Kilimanjaro con sólo media cantimplora de agua, una pesada campana ha caído desde el cielo y me ha atrapado en su interior, acabo de matar a mi hermano y busco la forma de esconder el cadáver… Sé excesivo. No, mejor no. Creo que tengo la respuesta.

Hermanito, como siempre ha sido un placer hablar contigo. Nada como soltar monólogos en voz alta para aclarar las ideas. No te importará que me vaya un rato. No te preocupes, enseguida vuelvo por ti.

Fotografía: Evil Erin (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)