Cuando te prejubilaste, dejé de verte tres meses al año para empezar a verte cada día. Cuando te prejubilaste, cambiaste el mar por la montaña, cambiaste una habitación cubierta de periódicos (para no manchar, me dijiste la única vez que te visité) por la comodidad de un hogar, cambiaste una aparente soltería por la auténtica vida conyugal.

Otros cambios fueron más sutiles, dilatados en períodos de días, semanas, meses o incluso años. Como cuando dejaste de fumar de la noche a la mañana y ya jamás aceptaste un puro en una boda, o como cuando dejaste de madrugar, sumando a tu sueño unas décimas de segundo cada día hasta completar horas de más. Ahora creo que pasas más tiempo dormido que despierto.

Cuando salía del colegio, miraba a la esquina de la calle, donde me esperabas apoyado en la pared, manchando de cal la chaqueta de ante verde oscuro con mangas de punto. No te gustaba hablar con otros padres, nunca has necesitado conversaciones inútiles. Esbozabas una media sonrisa que apenas llegaba a mueca desde esa esquina, como dándome a entender que no era necesario que me preocupara, que no había otro sitio donde quisieras estar, que tú lugar era ese, ahí, esperándome.

Te contaba mis grandes aventuras y tú me escuchabas con mucho interés, nunca supe discernir si fingido o no. Me llevabas la pequeña mochila de colores fluorescentes que quedaba ridícula en tu fornida espalda y la dejábamos en casa antes de emprender de nuestro paseo diario.

Entre semana casi siempre íbamos a la zona vieja de la ciudad, al casco antiguo. Te parabas cada pocos metros a hablar con uno y con otro, a rememorar viejos tiempos y juergas aún no olvidadas. Hoy te paras mucho menos, eras de los miembros más jóvenes de tu grupo y los años dejan a los lados del sendero rostros que ya sólo se verán en fotos y en las mentes de los que quedan.

En la calle Somera nos deteníamos en el batzoki, no porque tuvieras afiliación ninguna (no consigo recordar siquiera si alguna vez has ido a votar, o a quién) sino porque a esa hora se solían congregar allí los amigos de tu pueblo. Me encantaba aquel local: mesas de madera maciza con dibujos marcados a navaja, fechas sin sentido e iniciales, sillas enormes en las que los pies no alcanzaban el suelo y, sobre todo, el pequeño montacargas, por el que desaparecían platos sucios y aparecían, procedentes de una cocina ubicada en algún sitio no determinado, pichos de tortilla de patata, chorizo y morcilla cocidos, todos ellos sujetos con un palillo sobre una rebanada de pan tostado.

El que más me gustaba era el de morcilla y me quedaba hipnotizada esperando frente a esa portezuela metálica a que llegase, como un perro atado a la salida de una tienda, que con ojos llorosos implora la vuelta de su dueño. Tú te reías, sobre todo cuando veías mi cara de impaciencia y enfado al ver aparecer por ese ventanuco de todo excepto lo que yo quería.

Después nos íbamos a casa y por el camino me contabas historias de cuando eras joven, de los países que habías visto, de las costumbres extrañas de gente más allá del mar.

Hoy ya no paseamos ni nos vemos tanto desde que me hice mayor y me mudé a mi propia casa. Tus rodillas ya no permiten esas largas caminatas. Pero sigues escuchando con interés cada aventura que te cuento y tu mente, aún lúcida, todavía puede acordarse de las que me contabas a mí.

Fotografía: Gustavo Devito (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)