—¿Cómo supo que tenía superpoderes?

—No sabría explicarlo. Fue de repente. Me levanté por la mañana y lo sentí. Como un escalofrío, o un hormigueo, o una descarga eléctrica, o yo qué sé. Pero de forma instantánea me creí capaz de hacer cosas fuera del alcance de los demás.

—Sabrá que ese fenómeno afectó a buena parte de la población.

—Sí, claro, pero en cada uno se desarrolló una habilidad diferente. Había gente capaz de dominar los líquidos; otros leían la mente de sus familiares, incluso a kilómetros de distancia; gente capaz de comunicarse con las plantas y favorecer su crecimiento. Desde la cosa aparentemente más inútil, como desplazar piedras de sitio…

—Tengo entendido que esa mujer ha conseguido un puesto bien remunerado en el sector de la construcción.

—Bueno, sí, he dicho aparentemente. La conclusión es que no existen los talentos inútiles. Por eso me sentó tan mal. De entre todas las habilidades posibles, me he convertido en una suerte de Superman, sólo que incompleto.

—¿Qué quiere decir?

—Que no tengo superfuerza, ni un oído agudizado, ni visión de rayos X. Lo único que puedo hacer es volar.

—Tampoco está tan mal.

—No, visto desde fuera, no. Pero es algo inútil en mi situación.

—Comprendo. ¿Y cómo llegó a volar? Quiero decir, ¿cómo descubrió que esa era su habilidad?

—Por lo que tengo entendido, se han dado tres situaciones: ha habido gente que desde el primer momento lo ha sabido. Un presentimiento, si quiere verlo así. Los del segundo grupo, lo han descubierto por casualidad, generalmente asociado a un episodio de estrés intenso, o a un fuerte impacto emocional.

—¿Y el tercer grupo?

—Esos somos los mejores, los que hemos acertado por ensayo y error. En realidad, es la misma causa que en el segundo grupo, con la diferencia de que nos provocábamos la situación de estrés.

—¿Me está diciendo que se tiró de una ventana o algo así?

—De un balcón más bien. Pero antes me rompí un diente intentando atravesar una pared, me provoqué una cefalea queriendo mover objetos con la mente, me corté con una cuchilla de afeitar para ver si el brazo se curaba por sí mismo… No se crea que soy un masoquista, no. Es una necesidad saber de qué eres capaz, algo te empuja a buscar hasta encontrarlo. Y al final me tiré de un balcón. Podríamos decir que tuve mucha suerte.

—¿Y qué pasó?

—Descubrí que podía volar. Al principio fue todo bien, reaccioné antes de estrellarme con el asfalto y comencé a ascender hacia el cielo. Los primeros minutos fueron un auténtico caos, no era capaz de dirigir el vuelo, y oscilaba como una bolsa arrastrada por un huracán. Me golpeé con farolas, muros, un puente… hasta que finalmente pude orientarme. Visualizaba donde quería ir y me movía en la dirección deseada. Y quise saber cuán alto podía llegar. Subía a toda velocidad, sin nada sobre mí más que el firmamento. Cuando alcancé el límite entre la troposfera y la estratosfera, fue entonces cuando cometí el error de mirar hacia abajo. Y comenzaron los temblores, los sudores fríos, me entraron ganas de vomitar. Creí que era debido a la falta de oxígeno.

—¿Qué hizo?

—Cerré los ojos y me lancé en picado hacia el suelo. Los abrí con el tiempo justo de reaccionar y no golpearme contra las baldosas. Desde entonces no he podido levantar de nuevo el vuelo. ¿Entiende mi problema? Soy un superhéroe incapaz de utilizar mi superpoder. ¿Cómo voy a hacer algo por los demás?

—Está bien, no se preocupe, le pondremos solución. A partir de hoy, seguirá una terapia de habituación. Practicaremos técnicas de relajación para que aprenda a enfrentar el estrés, e iremos poniendo a punto diversos ejercicios. En unas pocas sesiones podrá volar a unas decenas de metros del suelo.

—Lo que usted diga, pero que funcione. ¡Dónde se ha visto a un superhéroe con miedo a las alturas!

Fotografía: Lorenzo Tlacaelel (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)