Lo de Alberto es pura obcecación. Sus piernas apenan le sostienen, y siente el peso de cada hueso, de cada músculo, de cada tendón y gota de sangre tirando de él hacia el suelo, suplicando por un segundo de merecido descanso. El sueño le nubla la vista y le aísla del ruido tentándole con un remanso de paz. Pero Alberto sigue ahí, impasible, de pie junto al coche de sus sueños. Bueno, tal vez no sea el de sus sueños, pero llegados a este punto, un pequeño detalle como ese resulta intranscendente. De hecho, si lo mira con atención, se daría cuenta de que es bastante feo. El color, marrón caqui, no le favorece en absoluto. Carece de líneas aerodinámicas y es demasiado largo. Si fuera negro, tendría bastante parecido con un coche funerario. Pero a fin de cuentas, lo que realmente importa es que es gratis. Y lo gratis no hay que analizarlo demasiado. Es un punto a su favor que compensa cualquier otro defecto. Es gratis, y podría ser suyo. A decir verdad es casi, casi suyo. Sólo falta que la chica que está al otro lado del coche se rinda, desfallezca, se quede inconsciente, se muera de hambre, literal o figuradamente, tenga un fallo multiorgánico… las posibilidades son amplias, y todas ellas tendrían como desenlace que Alberto se erigiese en flamante propietario del coche más feo del mundo.

Alberto la mira con atención y no lo entiende. Tampoco es que pueda concentrarse mucho en ella. Durante las tres últimas horas se ha sentido bastante disperso, y se ha encontrado cantando la tabla del cuatro, recitando “La canción del pirata”, mirando con fascinación los fluorescentes del techo o hablando con el cabrón de su vecino de arriba, que ni siguiera está en el concesionario, lo que pone en duda las capacidades mentales de Alberto en este momento.

Pero es que ella es pequeñita, y debería estar muriéndose de hambre o de sed. Él también estaba hambriento hace unas horas, pero ahora solo siente un ligero cosquilleo en el estómago. Además, es más grande que ella, así que tiene más reservas y una vejiga de mayor capacidad. Todavía no ha utilizado el comodín de ir al baño. Ella sí. Y de eso hace más de dieciocho horas. Y ha bebido desde entonces. Está seguro. Seguro no, pero casi. Él no. Tal vez lo que sucede es que, al tener un cuerpo más pequeño, necesita consumir menos energía y por eso resiste a desfallecer. Alberto, entre sus incontables delirios mentales, repasa ahora su lista de conocidos, por si hubiese algún médico entre ellos que le pueda ofrecer alguna respuesta científica. Si diera con alguno, seguro que le haría la consulta ahí mismo, independientemente de la presencia de su interlocutor.

Después de más de un día en pie, sin comer, sin dormir, bebiendo sólo agua… esto ya no es ni un juego ni un concurso. Para Alberto, perder es ya inaceptable. Y perder contra una chica tan bajita, una vergüenza. Más aún cuando ya se han retirado ocho personas, y sólo quedan ellos dos.

Alberto, en un esfuerzo por olvidar sus delirios y centrar su atención, intenta distraerse mirando por el escaparate del concesionario. La gente, curiosa, se arremolina alrededor, como si fueran animales de un zoo. En sus caras ve sorpresa, burla, incredulidad. Pero le da igual. Es casi, casi, el flamante propietario del coche más feo del mundo. El público gira después la mirada hacia el cartel en la parte izquierda del escaparate, donde se explican las bases del concurso.

Alberto vuelve la mirada hacia la chica pequeñita, y ve que está a punto de ceder, que mira hacia el notario con la intención de decirle que abandona. Tras ella, Alberto ve a un viejo amigo, y levanta la mano derecha para saludarle. La mano que estaba apoyada en el feo coche de sus sueños. La mano determinante, la que tendría que estar fusionada al coche para poder ganarlo. Alberto incrédulo, se queda quieto, sin saber qué hacer, mientras ve a la pequeñita dar saltos de alegría. Él no siente alegría ni tristeza. En realidad ya no siente nada. Sólo el líquido caliente deslizándose por la pernera de su pantalón.

Este microrrelato apareció en la antología El espíritu de la alhóndiga publicada por la editorial Libros de Pizarra en 2012.

Fotografía: FaceMePls (MorgueFile con licencia Creative Commons BY-2.0)