El autobús de donar sangre es lo más parecido que puedo imaginar a una sala alienígena de experimentación con humanos. Tiene que ver con los colores neutros y el aura aséptica que te impregna. Es una sorpresa porque no huele a antiséptico ni a detergente floral. No huele a nada, diría yo. Cuando veo películas gore en la televisión me imagino un olor dulzón, pegajoso y con un toque metálico, pero en el autobús no hay nada de eso. Ni siquiera huele a insecticida. En mi última visita había unas quince moscas y mosquitos muertos en una repisa. Un punto débil. Lo único que no parece restregado hasta eliminar la más minúscula mota de polvo. Lo único que hace del autobús algo humano.

Hay muchas superficies lisas en este autobús. Todo se guarda en cajones o armarios cerrados sin manilla. No sabes qué oculta cada espacio y eso no te gusta. Te imaginas decenas de tijeras y tenazas diferentes, cada cual más apta para causar un dolor sin límites. El autobús de donar sangre es un claro ejemplo de masoquismo humano: te van a sacar la sangre, por el amor de dios. Te van a drenar. Y tú vas ahí tan feliz, sabiendo que durante unas horas no serás ni media persona, estarás cansado, jadearás tras siete escalones y tu boca tendrá una sequedad digna del aire que atraviesa el desierto de Nevada. Pero te da igual porque vas a hacer algo por los demás. O vas a comer un bocadillo. Sí, hay gente que dona sangre porque no tiene qué llevarse a la boca. Antes no se veía, pero ahora sí. Gente que te habla de lo fantástico que es donar mientras sujeta con fervor un bocadillo frío de tortilla sola, de tortilla con chorizo, de jamón o vegetal —es un misterio quien escoge la opción vegetal. Sí, hay veganos en el mundo.—, y se sirve dos, tres, o cuatro vasos de zumo, agua o bebidas gaseosas. Esa gente tiene un brillo especial en los ojos, una expresión de felicidad como la de un niño recogiendo los caramelos que caen del cielo el día de la cabalgata de los Reyes Magos. Es gente que donaría todos los días, dos veces al día incluso, hasta caer desfallecidos. El resto vamos para acumular karma, porque no sabemos cuándo nos tocará recibir. Tal vez guardamos la secreta esperanza de que nuestra sangre, filtrada, purificada o no se sabe bien cómo, se guarde en una cajita con nuestro nombre, lista para cuando la necesitemos. Un poco como el dinero de la Seguridad Social, que no queremos pensar que no es para nosotros, sino para los demás.

El proceso para donar sangre está terriblemente automatizado y es, al mismo tiempo, de lo más arcaico. Si ya has donado con anterioridad, te pasan una tabla de madera con un papel. Una lista de preguntas, algunas de las cuales son ridículas por repetitivas: Si ya sabéis que no estuve en Gran Bretaña entre 1980 y 1996 (porque lo dije la primera vez que doné), ¿a qué viene preguntarlo una y otra y otra vez? ¿Es como un examen sorpresa? ¿Queréis pillarme en una mentira? Rellenas las cruces (no-no-no-si-no-no-no-no….) y te pasan a una consulta médica minúscula.

La puerta de la consulta solo sabe abrirla el conductor del autobús. Evitas los meses de invierno porque con el abrigo puesto no cabes a través de ella, y con él el las manos no sabes dónde meterlo para que no tape tu visión del médico sentado al otro lado de una mesa de vagón restaurante. Te toma la tensión. Menos de diez: a la calle. Me he ido a la calle más de una y más de dos veces. Me entero de que el café es contraproducente para los hipotensos. Una vida de remedios familiares al garete. Me saca una gota de sangre de la yema del dedo medio. No sé por qué tiene que ser el medio. No sé si habría diferencia si se tratara de otro dedo, si este sangra más, como sangra a borbotones el lóbulo de las orejas. Odio el “clac” de la aguja automática que se oculta en esa minúscula pistola plástica. No me gusta la sangre, lo que tiene un punto de ironía, teniendo en cuenta dónde estoy. Nadie dijo que para donar sangre hay que verla. La gota de sangre que extrae con un tubito, por capilaridad, la deja caer en un bote con un líquido azul. Si cae al fondo, sigues adelante. Si flota, perezosa, lánguida, a la calle. También aquí me he ido varias veces a tomar viento fresco. La gota de sangre se ríe de ti, lo sabes. Donar sangre tiene algo de aprobar oposiciones, y también de fracaso. Si no pasas las pruebas, huyes confundido del autobús: ¿estaré enfermo? ¿seré un enclenque? ¿Tengo que cambiar de ritmo de vida, de hábitos, de alimentación? ¿Me está pasando factura el estrés? A los diez minutos se te pasa y no vuelves a acordarte hasta el siguiente intento.

Por fin llegamos al momento de la donación. Elige brazo. El derecho. Vaya, sólo hay camilla libre para el izquierdo. ¿Para qué preguntarán entonces? El personal sanitario de los autobuses donde se dona sangre es de lo más atento y amable que te puedes encontrar en el sistema sanitario. Siempre tiene un buen día. Si lo tiene malo, lo paga con otro, no contigo. Te sientes como un regalo caído del cielo —es posible que para alguien lo seas, en realidad—. Te miman con profesionalidad. Es difícil encontrar algo así en gente que repite de forma secuencial y automática los mismos gestos día tras día. Nunca tienen a un novato aprendiendo a clavar agujas. En los ambulatorios —casi— todos son novatos. Te acomodan, te preguntan qué tal estás cada dos minutos, te miran con interés, suben o bajan tu camilla, te levantan un poco los pies o la cabeza, te dan consejos para después, con calma, como si fuera la primera vez que pronuncian esas palabras, te clavan esa aguja del demonio y casi no la sientes. Mantienen una charla casual entre ellos, comentan las noticias que suenan en la radio o en la televisión, hacen chistes, se quejan de todo menos de sus pacientes… Mientras en tu cuerpo todo va más o menos mal, te encuentras más débil, empalideces por segundos y un cosquilleo desagradable te avisa de que se te está quedando sin riego el brazo, te sientes animado, feliz y en un ambiente agradable. Lo que son las cosas.

La donación de sangre nos iguala a todos, pero no tanto. Por ejemplo, yo tardo unos doce minutos en donar los cuatrocientos cincuenta mililitros necesarios. La chica a mi lado ha tardado casi la mitad. Me dicen que tiene que ver con que mis venas dan pena, de tan finas que son. Odio a la chica de al lado, su aspecto deportivo y sus venas gruesas atravesadas por un fluido caudal sanguíneo. Las mías son raquíticas, gotean con esfuerzo, a fuerza de abrir y cerrar el puño unas treinta veces por segundo. Abrir. Cerrar. Abrir. Cerrar. Apretar en cada cierre. Tener cuidado con que las puntas de los dedos meñique, anular, medio e índice queden por encima del pulgar y no por debajo, no vaya a ser que me clave las uñas en la palma. Abrir. Cerrar. Abrir. Cerrar. Así durante doce largos y eternos minutos. Hoy no hay tele, sólo se escucha la radio sintonizada en un canal de noticias locales. Dos nuevos detenidos por posesión de drogas en el barrio con más drogas por metro cuadrado de la ciudad. Los técnicos se ríen por lo bajo. Visitan mucho ese barrio cuando les toca servicio de ambulancia. Yo miro por la ventana la gente pasar, miro la suela de los zapatos del que está tumbado enfrente, miro el techo pintado de azul, miro la salida de aire acondicionado. Miro cualquier cosa menos mi brazo, la aguja clavada en mi brazo y el tubo que sale de mi brazo. No soporto la sangre.

A los doce minutos y pico suena un pitido y he terminado. El técnico se acerca a mi, me escruta la cara con detenimiento, me pregunta qué tal —débil y eso, respondo, pero bien—, me suelta la goma que aprisiona mi brazo y saca la aguja, colocando en su lugar un algodón. Hay que apretarlo bien, con ganas, con el dedo pulgar mientras el resto de la mano rodea el codo. No cabe hacerlo de otra forma, aunque lo natural sería apretar con los dedos índice y medio, como si te estuvieras midiendo el pulso. Te corrigen la colocación de los dedos, elevan tu mano al cielo y tienes que apretar. Si no aprietas, en realidad no pasa nada, sin no tienes en cuenta el moratón de diez centímetros de diámetro que es posible que se manifieste y que tardará un par de semanas en desaparecer, después de pasar por todos los colores de la gama de los morados, los ocres y los verdosos.

No te echan como en los restaurantes chinos cuando traen los platos antes de que acabes el anterior. Levantarse de la camilla tiene su proceso. Primero bajas el brazo, luego te incorporas, te sientas en el borde de la camilla, primero con la cabeza baja y luego erguida, te pones de pie. ¿Te encuentras bien?, es la pregunta en cada paso del proceso. Si respondes que sí, avanzas una casilla. Si no, vuelves al inicio, como en La oca, y te tumbas. A estas alturas, sólo piensas en la mesita al fondo del autobús. La de los bocatas y las bebidas gaseosas no alcohólicas. La del respaldo inclinado. La de la de sonrisa incómoda cuando no sabes qué decir a los otros donantes que se sientan ahí, contigo, a gorronear un poco. Eso es. Te sientes un poco gorrón. ¿Cuál es el límite del número de vasos de coca-cola que puedes beber sin que parezca que te aprovechas? ¿Dos? ¿Cuatro? Si coges un bocadillo, ¿puedes permitirte también coger una pasta? Preguntas, preguntas sin respuesta.

Luego coges el bolso, la mochila, la chaqueta o lo que sea y bajas por las escaleras de atrás y dejas a tu espalda esa sensación cálida y te enfrentas de nuevo al mundo. Solo hay un momento de satisfacción antes de volver a ser un héroe anónimo. Ese momento en que un viandante despistado te mira y sabe de dónde vienes. Y vuelta a la rutina.

A veces te desmayas veinte minutos más tarde. Pero no es lo normal. Y esa es otra historia.

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Fotografía: MattysFlicks (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)