Un parpadeo.

Abre los ojos con lentitud, regresa a la vida real acompañado de un sentimiento de añoranza que no sabe explicar. No recuerda qué ha soñado, pero en su subconsciente una pesadez ligera, como de algodón de azúcar, le aleja de sus pesadillas habituales.

Mira a su alrededor. Todo tiene la apariencia sepia de una fotografía antigua. Por la ventana puede ver un paisaje desértico, árido, sembrado de cactus y de matorrales arrastrados por el viento. Al partir de la estación varios integrantes del cuerpo de caballería, rifles en mano, protegían el apeadero de maleantes al acecho.

A su derecha, una mujer trata de controlar a su pequeño bastardo revoltoso, cansado de permanecer sentado sobre las duras aristas de madera de un banco de tercera clase. Busca nuevas fuentes de diversión y se regocija pateando con insistencia el respaldo que se erige ante él, provocando continuas molestias al pasajero de delante. La mujer, que hasta ese momento se ha limitado a susurrar que se estuviera quieto y a sonreír con esa cara de agotamiento que muestran aquellas madres cuyas ocupaciones van mucho más allá de encargarse de sus retoños, finalmente decide acabar con esa situación bochornosa y le suelta una bofetada dura, acostumbrada.

El efecto es inmediato; su duración, demasiado breve. El hombre que observa la escena suspira: prefiere las patadas dirigidas a un desconocido a esos sollozos agudos que torturan su reposo.

Intentando aislarse del ruido, vuelve su mirada a sus manos, donde reposa un ejemplar de El fauno de mármol, de Hawthorne. Lo ha comprado en la mejor y única librería de la ciudad, teniendo en mente el tiempo que tardará en llegar desde Boston a California. Ha calculado mal, porque el tren sigue su camino y el libro hace tiempo que ha escupido su insípido final.

El renqueante vagón está repleto de gente, de polvo, de sudor y de vapor de la máquina, pero también del sentimiento de emoción que embarga a quien estrena un transporte destinado a terminar con caballos y carromatos. La alta burguesía se ha agolpado con actitud impropia de su clase a la hora de acceder a los vagones de primera clase para afirmar ser los primeros en usar un medio tan innovador.

Un parpadeo.

Abre los ojos con lentitud, regresa a la vida real acompañado de un sentimiento de añoranza que no sabe explicar. No recuerda qué ha soñado, pero en su subconsciente una pesadez ligera, como de algodón de azúcar, le aleja de sus pesadillas habituales.

Mira a su alrededor. Todo está cubierto de un barniz azul eléctrico y ofrece matices borrosos, como recién salidos de una película futurista. Por la ventana no hay nada que apreciar, tan solo las paredes de hormigón pintadas de un gris bastardo de los túneles que invaden el subsuelo de la ciudad.

A su derecha, una mujer habla por el auricular del móvil sobre su nuevo marido sin reparar en su pequeño bastardo revoltoso, que ya está cansado de estar sentado sobre la mullida cubierta sintética de los asientos de plástico. Busca nuevas fuentes de diversión y se regocija pateando con insistencia el respaldo que se erige ante él, provocando continuas molestias al pasajero de delante. La madre, ajena a la actitud de la carne de sus entrañas, apenas levanta la mirada cuando el hombre se vuelve a increpar con fruncido ceño y puño en alto al niño. Éste, en un movimiento automático, robótico, mete la mano en el bolso de su chaqueta  y saca una videoconsola, no por la reprimenda recibida, sino porque la reacción del hombre no ha sido tan interesante como esperaba y el aburrimiento hace de nuevo mella en él.

Intentando aislarse del ruido, vuelve su mirada a sus manos, donde reposa un ejemplar de El símbolo perdido, de Brown. Lo compró días atrás en una de esas máquinas expendedoras de las estaciones de metro de Londres, una extensión lógica del mercado de “sírvase usted mismo”. Ha escogido el título con muy poco acierto, algo de lo que se ha dado cuenta en la página trescientos sesenta y siete, cuando la acumulación de despropósitos y soluciones fáciles en el hilo de la historia han llegado a un nivel que superaba con mucho sus peores expectativas. Lo guarda en su bolsa bajo el asiento pensando en alguien a quien poder regalárselo.

El vagón está repleto, lleno de gente apresurada, de sudor, de las ondas eléctricas que le llegan desde móviles, reproductores de música y libros electrónicos, y que le hacen sentirse como un soldadito de plástico sometido a la radiación de un microondas. Desea por un momento ser rico y no tener la necesidad de recurrir al transporte público. Se visualiza  sentado en la blanca piel de una limusina negra o, mejor incluso, en un carruaje regio de acabados dorados tirado por blancos caballos de cabezas altivas y elegante porte, enarbolando plumas azules de aves cuya procedencia le resultaría desconocida.

Un parpadeo.

Fotografía: David Bergin (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)