La tensión era evidente a pesar del silencio. Los bolígrafos rugían, los apuntes se desplazaban vertiginosamente sobre pequeños cuadriláteros delimitados por la luz de una lamparilla de vidrio verde botella.

Gotas de sudor caían por frentes cansadas, el aire hacía tiempo que era espeso. El roer de dientes auguraba buenos tiempos para los dentistas. Los ojos se mantenían abiertos con inyecciones de bebidas energéticas. Manos manchadas de tinta reflejaban horas de ardua actividad. La fecha se acercaba, lo que parecían años se había transformado en meses, los meses en semanas, días y horas, sin que nadie se hubiera dado cuenta.

Además de bolígrafos, abundaban lápices y rotuladores de colores, marcadores, post-it. Cada cual tenía una técnica. Las calculadoras delataban las tribus: programables para “telecos”, científicas para el resto de ingenieros, especies inferiores. A los de empresariales les servía cualquier cosa, hasta un viejo conversor de euros. Futuros abogados sólo las necesitarían para facturar, y aún faltaba para eso.

Su ropa también era sugerente: tacones para las de letras, camisetas con mensajes cifrados para informáticos, camisas de cuadros para ingenieros.

El silencio sólo lo rompían esos tacones cada vez que llevaban a sus dueñas al baño o a tomar algo. A pesar de miradas acusadoras (si las miradas mataran…), no parecían dispuestas a sacrificar necesidades vitales.

El acuerdo no escrito se respetaba: nunca un móvil era motivo de discusión.

Una fría mañana, un agudo pitido interrumpió el curso natural de las cosas. Las miradas se levantaron al unísono, las vértebras se quejaron por el cambio de postura. Un guardia de seguridad rompió el silencio a gritos. Un simulacro de emergencia. Un rugido de quejas se elevó en el aire, un pequeño motín a la autoridad. No sirvieron enfados ni súplicas.

No se siguieron las normas, no se abandonaron los enseres. Estudiantes cargados de hojas de apuntes, de libros, abandonaban con pésame su hogar, al menos el de las últimas semanas, mirando con recelo a los demás, con miedo a que les quitasen su codiciado tesoro: un sitio en una sala de estudio.

En la calle, las hojas seguían su imparable avance, reflejando conocimientos que era necesario pegar con goma arábiga a mentes ya sobrecargadas. No había abrigos en las manos, eran prescindibles. No había guantes, dificultaban pasar las hojas. No había carteras, las tarjetas se podían duplicar. Sólo apuntes, que tenían entonces mayor valor que el oro. Después, superada la prueba, no valdrían más que el espacio que ocupaban, y en días, semanas o meses, serían relegados a un rincón oscuro, protegidos por gruesas capas de polvo.

Los responsables de seguridad no parecían satisfechos. Los estudiantes, cada vez más inquietos, amenazaban con una revuelta. Finalmente pudieron volver a la sala de estudio. Los apuntes volvieron al lugar que les correspondía, la gente se dejó caer de nuevo en sus asientos. Un pequeño paréntesis en la rutina.

Así recuerdo la sala de estudio en enero.

Foto: Meagan Fisher (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)