Se revuelve impaciente en una fila que recuerda a una hilera de hormigas a la espera de los desechos de una merendola de domingo. Mira a su alrededor mientras busca algo que la distraiga durante más de un minuto y quizás pueda avanzar un par de pasos en ese tiempo. Desplaza su peso de una pierna a otra y se lamenta por haber escogido unos zapatos de tacón de aguja. Luego se desdice: esos zapatos son los que mejor conjuntan con el vestido de corte recto en franela gris, su prenda más elegante, la que elige cada año para ir a misa en el aniversario de la muerte de sus padres.

Se recoge un mechón de manera casi obsesiva tras el lóbulo de su oreja izquierda. El peluquero lo ha dejado suelto para dar un toque más casual a su recogido. A ella le gusta llevar el cabello estirado en un moño bajo, sin un solo pelo fuera de lugar, tan cómodo como si llevara una redecilla en la cabeza, en lugar de esa rosca en la coronilla donde los mechones rebeldes están a punto de derramarse sobre los hombros.

Saca un espejo redondo tan grande como la palma de su mano del bolso y escruta su rostro. Frunce el ceño con disgusto ante la imagen en la superficie plateada: las ojeras están demacradas a pesar de las capas de corrector, maquillaje fluido y polvos traslúcidos que las cubren y el rostro refleja el cansancio tras los tres trasbordos entre autobuses que han sido necesarios para llegar a la capital. Aún le ha hecho falta más de una hora para dar con el local donde él estaría firmando libros de cinco a ocho de la tarde.

Ha visto crecer al escritor leyendo y releyendo sus novelas, relatos y artículos hasta dejar las hojas vacías de letras por el roce de los dedos, del mismo modo que ha visto germinar semillas plantadas a lo largo de décadas en su huerto hasta convertirse en frutales de porte altivo. Ambos la han alimentado año tras año. Le ha visto recibir su primer premio con orgullo de madre; ha observado con disgusto cómo abandonaba la editorial que lo encumbró para inclinarse ante un tiburón con hileras de dientes ya desgastados por el uso; no se ha perdido una sola de sus entrevistas. Tiene, además de los libros que él ha escrito, carpetas con recortes y archivos con grabaciones. Ha construido un altar en honor de quien la ha transportado a lugares que jamás visitará. Le admira hasta tal punto que ha salido por primera vez en la vida de su provincia.

Vuelve a mirar por enésima vez el reloj, temiendo que la hora de cierre de la librería se acerque antes que ella al mostrador de firmas. Cuando llega su turno, los nervios la dominan: el temblor de sus piernas la obliga a apuntalar cada uno de los tres pasos hasta la mesa y se siente avergonzada al pensar que quizás él la suponga borracha. Con voz cascada por la ansiedad y la emoción, apenas es capaz de susurrar su nombre, dejando en el olvido todas las frases de admiración en inglés que ha practicado desde que supo que iba a verle. Le tiende su novela abierta por la primera página del primer capítulo.

Él la mira confuso y se gira hacia su representante pidiendo ayuda. Éste, en un gesto malhumorado que sólo se explica después de casi cuatro horas en pie, le arrebata al escritor la novela de las manos y se la devuelve a la mujer. Con sorna en la voz le agradece que haya comprado el ejemplar y le explica que no es posible firmar un libro electrónico. Le da la opción de comprar la edición en papel y volver a esperar su turno en la fila.

La mujer se echa a llorar.

Foto: Xiaojun Deng (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)