No. No espero que lo entiendan, no. No espero que su mente se ejercite lo suficiente o que logre reunir el esfuerzo necesario para comprender las consecuencias de mi decisión. Sus neuronas hace tiempo que se tornaron inútiles, son pelotas de golf en un campo sin hoyos donde darles un objetivo, han sido sustituidas por mentes cibernéticas, se han permitido relajarse, dejar de lado su función. Yo, aquí donde me ven, estaba predestinado a ser el nuevo Doctor Frankenstein, era el reflejo de lo que desea el hombre. Sí, no me miren con esa cara de extrañeza. La humanidad desea, esa es la palabra, desde antes de ser concebida, poseer aquello que no nos ha sido otorgado como especie: el don de la vida. La vida, no entendida como un comportamiento biológico natural. Está claro que estamos capacitados para darla, pero no del modo que nos gustaría. Queremos aislarla de todo proceso biológico, queremos controlar su ejecución desde fuera, al modo en que creemos que lo hizo dios. Queremos ordenar a los genes que se entremezclen de un modo determinado, que se seleccionen de forma que dejen a un lado lo fortuito que trae consigo la naturaleza y, en su lugar, nos ofrezcan una forma no aleatoria.

Es gracias mi que estamos tan cerca de lograrlo. Es prescindible el hombre y su semilla y también la mujuer que actúe como incubadora. El acto sexual ha quedado atrás, despreciado, obsoleto, relegado, transformado en una cristalina placa de petri donde tiene lugar la procreación artificial, al servicio de las generaciones perfectas que están por llegar. Hemos llegado a un punto en el que no necesitamos ni siquiera de una muestra biológica de partida: la sintetizamos. Así es como hemos llegado a ser maniquíes de fútil existencia, falsos robots de huesos de metal y carne de plástico, privados de cables y tornillos.

Da miedo. Aterra pensar que hemos llegado a un punto casi sin retorno, un punto en el que dejaremos de ser humanos para pasar a ser otra cosa, aún no definida. Yo lo comprendí y decidí bajarme de ese tren, parar esa sinrazón, regresar a mis orígenes. Estoy seguro de que no fui el primero en pensarlo, pero tal vez sí el primero en dar un paso adelante y enfrentarse a la necesidad que bramaba susurrante desde algún recóndito recuerdo generacional. Hice lo que el impulso me pidió: busqué y convencí a una compañera y nos alejamos de las estruturas de acero, neón y poliuretano, de los cables que transportan neuronas eléctricas. Buscamos el reencuentro con las ásperas formas de la madera, con las corrientes de agua que fluyen libres, con el movimiento del aire en todas sus expresiones.

Aún siento que vivo contaminado, mi mente es obtusa y no sabe desenvolverse en los espacios abiertos. Mi pareja y yo buscamos, con torpeza de adolescente, un contacto físico cuyo recuerdo está borrado después de diez generaciones sin hacer uso de él. Leí en un libro que eso es como andar en bicicleta. ¿Alguno de ustedes sabe qué es una bicicleta?

Me están juzgando por abandonar el modelo urbanizado, por dejar de lado aquello que consideran la sagrada base de nuestra sociedad, un adelanto al que no se puede decir que no, por entregarme a la naturaleza y volver a la madre primigénea.

Pero ahora, piénsenlo con detenimiento: ¿a qué nos estamos entregando?

Fotografía: Sheepie Meili (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)