Those who are dead are not dead.
They’re just living in my head… (Coldplay)

Tenemos al gato de Schrödinger sano y salvo.
No, espera… (Desconocido)

Perdidos en la oscuridad, los ojos de Nuria luchan por encontrar una sombra de luz que les permita distinguir algo a su alrededor. Llora y se pregunta si lloró también en el útero materno, si será verdad que es una acogedora cuna húmeda o si asemeja más bien a un infierno de agua, como ahogarse una y otra vez para volver a renacer al cabo de unos segundos. En cualquier caso se alegra de no recordarlo. Nuria estuvo a punto de asfixiarse cuando aprendió a nadar. Una zambullida mal calculada la desorientó lo suficiente como para tomar aire de forma inconsciente y en lugar de vida fue el líquido clorado el que entró por sus vías respiratorias, como lejía quemando laringe y pulmones.

Se siente aprisionada. Apenas puede moverse y su miedo la lleva a contraer las rodillas, a acercarlas al pecho todo lo que ese reducido espacio de seis paredes le permite. Se abraza para darse calor. No entiende por qué lleva puesto su vestido azul. Sabe que es el azul por el resbaladizo tacto de la seda. Se acuerda de la discusión que mantuvo con su madre cuando lo compró. Ella creía que la tela se pegaba demasiado al cuerpo, que le marcaba curvas de cuya existencia ninguna de las dos tenía consciencia. Eran otros tiempos. Pero se salió con la suya. Lo compró y nunca se atrevió a ponérselo. A veces esas cosas pasan, piensa ella. No se atreve a extender los brazos para determinar cuál es el tamaño real del cajón en que está metida.

Nuria grita en un susurro y oye ruidos lejanos en respuesta. Sonidos opacos, amortiguados. Recuerda el algodón blanco y rosa. El algodón de azúcar, el que asocia a las ferias, el circo, las carpas de tiras intercaladas azules, rojas y blancas, el olor a aceite revenido, usado una y mil veces. Su mente sube hasta las nubes y desde allí mira hacia abajo. Se ve de pequeña tumbada en el jardín de su abuela jugando a distinguir formas en el cielo: la cara parcheada de un pirata, una oveja bala mientras salta una pequeña valla blanca, incapaz de contener su entusiasmo; un barco de vela surca el cielo con su proa orientada al amanecer. Nuria pasaba horas y horas sin moverse, tumbada hasta que su ropa se tintaba de verdín y su melena castaña se impregnaba del olor de la tierra, la hierba, las flores y el rocío. Su abuela siempre le decía lo bien que olía. Esa frase era lo único que Nuria recordó de ella durante su funeral. Eso y el delantal de algodón blanco sembrado de cerezas que parecía formar parte de su abuela, junto a sus manos y sus piernas llenas de varices.

Inspira con fuerza intentando controlar el pánico. Pero en vez de tranquilizarse, cobra conciencia de que está en un espacio cerrado, pequeño, en el que, si la luz no entra, tal vez el aire tampoco. Se concentra, recuerda, viaja en su mente hasta visualizar las clases del colegio y de la universidad que le resulten útiles: mecánica de fluidos, biología, física… Se ve sentada a un pupitre con una falda tableada a cuadros grises con ribetes burdeos. Y después se acomoda en una mesa que ocupa todo el largo de la habitación, con vaqueros desgastados por las rodillas y su melena castaña mudada en pelo cobrizo y corte garçon. Separa las manos de su corazón y estira sus piernas todo lo que puede. Alarga el cuello. Está en un espacio apenas más largo que su propia altura, con ancho suficiente para abrir ligeramente los brazos. Si levanta la cabeza, golpea con la frente la superficie que la aprisiona. Es una mujer inteligente y no tarda en calcular el volumen del espacio, el volumen de aire por inspiración, el número de inspiraciones por minuto, hora y día. Nuria está sumergida en una cuenta atrás sin cables que cortar. Trata de relajarse, recuerda clases de yoga, de tai chi, de concentración, y busca en ellas ejercicios que le ayuden a ralentizar su final.

Se pone a pensar y le resulta natural revisar su existencia. Desde su primer recuerdo. Siente, saborea y huele cada instante, cada experiencia, cada miedo y cada alegría. No se deja nada en el camino. Es como si la situación en que se encuentra la hubiera obsequiado con memoria fotográfica. Es capaz de recordar los más pequeños detalles: el número de manchas de humedad en el techo del piso que alquiló con su primer novio, la arquitectura de aquella catedral benedictina que visitó con su padre cuando tenía seis años, el olor a quemado de la leche en el puchero cuando su amiga se empeñó en ser repostera. Puede visionarlo todo, oírlo todo, sentirlo todo. Una y otra vez, sin descanso. A veces cree que incluso puede detectar situaciones que no ha vivido, respuestas alternativas, un camino que podría haber escogido de haber tenido la oportunidad.

Nuria está muerta. Pero ella no lo sabe. O tal vez sí, pero prefiere mantenerse en una eterna incertidumbre.

Fotografía: Mariano García-Gaspar (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)