Hay días en los que creo que te recuerdo, a la manera en que recuerda la memoria: en fragmentos frágiles y distorsionados como vistos a través de espejos de feria. Es lo natural, siendo yo tan joven.

Eres más alta, más lista y más guapa en mi recuerdo de lo que serás jamás. No te guardo rencor por eso. No es culpa tuya sino mía. Sin embargo, en algunas cosas no me equivoco: tienes los dedos largos, de pianista, ligeramente más anchos a la altura de los nudillos. Elegantes en cualquier caso. Esa cualidad tan destacada en las manos hará sin embargo horribles tus pies, si en algo se parecen a los míos: huesudos, desordenados, con un tercer dedo más largo que el segundo. Dedos que no dejan espacio a usar sandalias de tiras, perfectas para el verano, sino zapatos abiertos por delante, donde sólo tenga el valor de asomar el dedo gordo, que precisamente por ser tal no debe avergonzarse de su condición de escueto y desnutrido.

También tu pelo es tal y como lo recordaba, de raíces negras que delatan un pasado hispano de cepa genética, teñido en algún momento de un rubio deslucido. Más falso aún si cabe por la longitud de las raíces que dejan entrever tu falta de estima.

Hay días en que creo que te recuerdo pero se me pasa enseguida. Porque en realidad no merece la pena. Porque no has sido más que un suspiro en mi existencia, tan ausente, tan corto. Y sin embargo… tan deseado. Tan lejano ya que no recuerdo la última vez que nos vimos, tal vez porque no sucedió nada fuera de lo normal. Te vi, me alegré, te abracé, te fuiste, lloré.

Hay muchas cosas que puedo contar de tí y que no dicen nada. Hay algunas cosas que lo significarían todo, pero que no puedo contar. O no quiero. O no me atrevo. Odio andar con acertijos, pero tampoco me has dado demasiadas opciones de comportarme de otra forma. Has de entenderlo, pero creo que no, que no comprendes lo que yo siento porque dejaste de sentir hace demasiado tiempo.

Entre las cosas que puedo contar está, por ejemplo, tu afición a la verdura cruda. Te veo caminar descalza, enfundada en un pantalón de chándal y una sudadera rosa con corazones rojos desgastados por los bordes, masticando una zanahoria recién lavada en el seno derecho del fregadero. Tenías tus hábitos arraigados: el derecho era para lavar y el izquierdo para aclarar. Es un detalle que he heredado de tí, no sé si porque tengo parte de tus manías ensartadas, cosidas a máquina en mi material genético. En la otra mano sostenías un sempiterno libro, nunca el mismo dos días seguidos También te gustaba la corteza de cerdo sin freir, cruda, que más que morder se chupa, se araña, se masca poco a poco, prolongando el sabor y engañando al estómago. Siempre has sido una experta engañándote a tí misma, creyendo que saldrías de la mierda, del vacío. Yo soy tu única tabla de salvación y hace muchos años que escogí a otro naúfrago. Espero que me perdones, pero no podía esperar a que te decidieras a hacer algo.

Leías. Como si fuera un trastorno obsesivo. Leías libros de adultos, demasiado complejos para tu mente adolescente. Leí tus libros. Yo tampoco estaba preparada. Confundiste amor con sexo. Eso pasa a veces, no te creas más estúpida que los demás. Escuchaste halagos de un cabrón y te lo jugaste todo a esa carta. No te enseñaron a diversificar las opciones. Tal vez te hubieran llamado puta. No lo sé. Eran otros tiempos. No eran los míos ni los viejos. Estabas un poco a caballo entre la más absoluta libertad y la educación más estricta. Fue un momento duro y no saliste bien parada.

He heredado tus libros. Es todo lo que he heredado de ti. Bueno, salvo por la predisposición genética. Aún no estoy segura de lo que ha salido de ahí, si te digo la verdad. El tiempo lo dirá, cuando me ofrezca esa perspectiva que no encuentro y de la que todos hablan. En todo caso, ha sido un detalle por tu parte. He sacado buen provecho de ellos. Ya sé que no los compraste tú, que no los pagaste, pero es igual. Es de las pocas imágenes reales que tengo de ti: te conozco por tus libros. O por la ausencia de ellos, que es a veces más detallada y completa. Conozco a quien se niega a leer poesía, a quien se niega a leer novela histórica o ensayos. Conozco a quien se niega a leer, en general. Tú no leías cuentos de niños. No hay un sólo cuento en tu biblioteca. No hay libros fantásticos ni de terror. No te hacían falta porque tu vida ya era una historia sobre el miedo. El de la realidad dura que nos golpea cada día y nos hace temblar porque no sabemos cómo enfrentarla. ¿Cómo te decantabas por una u otra lectura? ¿Quién te las recomendaba? No vivías en mi era, en mi mundo digital. Yo ahora no sabría como vivir sin recensores, críticos y aficionados que me dijesen qué leer y qué descartar. ¿Te quedaste con todos los libros? ¿O tiraste o regalaste alguno de ellos? No puedo saberlo, pero esa información sería muy esclarecedora, porque si te los quedaste tal vez pensabas que no había libro malo, día malo, relación mala. Si los tiraste, ¿qué tenían los descartados en común? Me gustaría saber qué es lo que no te gustó de ellos. Me bastaría con saber qué te gustaba.

Cuando me miro en el espejo, cada vez reflejo con mayor nitidez mi recuerdo de ti. La orientación de la nariz, ligeramente inclinada hacia un lado, de fuerte complexión, grande, no tanto como la de Quevedo, pero sí importante, imponente, convexa. Mi rostro se ha alargado con el paso de los años hasta alcanzar la longitud del tuyo, igual que he crecido en estatura, aunque ahí te he superado. La alimentación de las nuevas generaciones, dicen. Supongo que tendrán razón porque ya no me vale tu ropa. Es más, dejó de serme útil hace muchos años, antes incluso de que yo entrara, vacilante, en la pubertad. Recuerdo unos vaqueros raídos, de color blanco sucio con manchas negras esparcidas por el tejido. Ahora que pienso en él, creo que tenía un aspecto parecido al pelaje de una vaca. Y sin embargo nos quedaba bien a ambas.

No he llegado a deslizar mis dedos por el tejido de tu vestido de boda, pero como siempre, te saliste de lo común. Una vez pude apreciarlo, aunque no en la medida en que me hubiera gustado, en una fotografía que cacé al vuelo entre escondite y escondite. Era un caftán de terciopelo morado. Siempre dando la nota. En eso también nos parecemos. En aquella época llevabas el pelo muy largo y ondulado con planchas, rotundamente artificial. Es lo que estaba de moda. Tenías un aspecto bastante hippie, si te digo la verdad. Eras una rebelde. Bueno, seamos sinceros: eras una adolescente que se quería hacer pasar por rebelde, pero vivía bajo las faldas de su madre. No te preocupes, todos hemos pasado por ese momento. El problema es que tu lo llevaste un poco más allá, al otro lado de lo que consideraría una posición extrema.

No sé si hicimos algo mal. Bueno, sin querer sonar prepotente, yo diría que no, que no hice nada mal. Tenía tres años y era un pozo sin fondo de amor y curiosidad. ¿Qué mal podía hacerte de forma consciente? Una vez me preguntaron si sentía por ti odio o rabia, si hacía preguntas sobre dónde estabas, si te echaba de menos. Qué cruel fue para mi tener que decir que no. No me hacías falta, habían suplido tu espacio, tus cuidados, tu protección. Lo hicieron mejor de lo que tú nunca hubieras logrado. De eso no me cabe duda. No tenía recuerdos de tu presencia. No se puede echar de menos algo que no has vivido. Puedo sin embargo sentir añoranza por rellenar un espacio vacío. Es como si hubiera ido de invitada a casa de alguien y me hubiera quedado con las ganas de colgar una pintura impresionista en una pared desnuda. Hubiera estado bien, pero a fin de cuentas no me importa demasiado porque no es mi hogar.

Creo que no tengo más que decir sobre tí. Por mucho que hurgo en mi memoria, no encuentro nada más que sea relevante. Y eso que hurgar en la memoria, hundir los dedos en los recuerdos más dolorosos hasta hacerlos sangrar de nuevo se me da bien. Pero nada. No hay nada.

No queda nada. Sólo el olvido.

Fotografía: hamed parham (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)