Escribe.

Escribe hasta morir.

Escribe hasta que la piel de tus dedos se descerraje y los tendones asomen, y la sangre se derrame y ocupe el espacio entre las ranuras del teclado e inunde los circuitos electrónicos que se enlazan por debajo. Deja que el ordenador chisporrotee y gima en lenguaje eléctrico y que la pantalla haga un fundido a negro.

Pero tú escribe.

El folio está en tu cabeza. Elige la opción de pantalla completa para cubrir cualquier otro vértice de tu mente. No dejes que ningún problema te distraiga, que ninguna relación se interponga, que ningún recuerdo obstruya el camino de las letras.

Escribe para no gritar, para no gemir, para no inundar el teclado con tus lágrimas a pesar de que ya ha dejado de funcionar. Escribe porque estás solo. Escribe porque estás sumido en una multitud en la que no encuentras la paz. Escribe porque no sabes qué otra cosa hacer para no pensar, para acallar tu consciencia y tu subconsciente, rabiosos, que te gritan que dejes de escribir.

Escribe hasta que asomen las primeras esquirlas de hueso que lijan con fruición el tacto sedoso de las teclas, en un inocuo esfuerzo por reabsorber el negro flujo que ya ha abandonado tu cuerpo.

Escribe sin pararte a pensar en si lo que escribes sirve para algo.

¡Qué más dará!

Sólo necesitas estar ocupado para no tener que pensar en qué escribir.

Fotografía: Juliette (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)