No paras de hablar. Me di cuenta a los seis minutos de conocerte. Te da miedo que los demás piensen que no eres inteligente o instruido. Hablas de todo. Hablas de lo que conoces y de lo que no. Y crees que tu palabra es la verdad. Te encanta oírte. A lo mejor no me preocupó porque yo quería cubrir con algo mis silencios y al principio tu conversación me parecía entretenida. Entonces me creía tus mentiras. Pero ha pasado el tiempo y ahora sé donde está tu límite.

Míranos. Aquí estamos los dos, sentados a una mesa de una plaza de una ciudad que no es la nuestra. Las palomas, sucias y desnutridas, picotean con descaro las sobras que lanzamos al suelo para atraerlas. ¿No te sientes un poco dios cuando vienen a comérselas? Creemos que vienen porque las llamamos nosotros. ¡Qué ilusos somos! Tú también eres un iluso, crees que te escucho, pero la verdad es que ya ni siquiera te oigo. Hace mucho que cerré mis sentidos a tus bravatas. Los niños de ahora ya no juegan. Me alegro de que decidiéramos no tenerlos. No sabríamos qué hacer con ellos, igual que no sé quién de los dos se quedará con la colección de CD que acumula polvo desde hace cinco años. Hace un día precioso, el sol, que hace poco brillaba con descaro, ahora se esconde detrás de unos pequeños cúmulos que se funden entre ellos y presagian una futura tromba de agua. No termino de sorprenderme de lo metafórica que es la naturaleza. Te ha dado por hablar de cine. Llevas así una semana. Es tu nueva pasión y tu filmoteca, que no acumula más de cincuenta títulos, ha hecho de ti el mayor experto. Tú, que nunca has ido más allá de la absurda comedia americana, te has erigido en gran defensor del séptimo arte. Me dan ganas de gritarte que no tienes ni idea, que el guion de 2001 no es original de Kubrick y que no se estrenó en el 78, sino una década antes, pero me contengo. ¡Qué más da! Sueltas sin ninguna vergüenza teorías disparatadas sobre su significado asintiendo con gusto a tus propias palabras, como hacen los que no saben de qué hablan. Te sumas a contertulios radiofónicos sin carrera que hablan de economía, salud y de lo que se tercie basando sus palabras en lo que la audiencia quiere oír, no en lo es. Creo que el libro de relatos de Clarke se quedará en casa. Será mi regalo de despedida. Tal vez por un casual  se te ocurra leerlo.

De repente te inclinas hacia adelante y me besas. Me has pillado desprevenida. Deslizas tu mano sobre mi rodilla bajo la mesa en la que se acumulan ya tres vasos vacíos de cerveza negra, negra negrísima. Yo estaba mirando a una pareja sentada en un banco. Es una pareja de nuestra edad. Ella se inclina sobre él, apoya la cabeza  en su hombro y le mira a los ojos. Las piernas las tiene recogidas y con las manos estira el borde de su vestido en un recatado esfuerzo por hacer brotar la tela donde no existe. No es una postura cómoda, pero a ella no parece importarle. Él también la mira y con la mano le cubre los ojos, a modo de visera, para que el sol no la moleste.

Vuelvo mi mirada a los tres vasos vacíos. Tal vez debiera haberme fijado en eso antes, habría visto que algo extraordinario sucedía mientras tú pedías una cerveza tras otra. No creo haberte dado pie a besarme. Nunca bebes cerveza, lo consideras algo “de los bajos fondos”, lo que quiera que eso signifique. Llevas ya tres y un camarero que parece un bicho palo aparece con una cuarta. Le pido otro café, porque el que tengo sobre la mesa se ha quedado frío y se ha formado una capa blanca sobre la superficie que me da mucho asco. Tapo la boca de la taza con una servilleta para poder centrarme en lo que me estás contando.

Por fin, después de veinte minutos oyéndote hablar de ti, de tus sentimientos, de tu trabajo, de tu familia y de tu primer pez naranja, que se llamaba Burbuja, te metes la mano en el bolsillo y sacas una cajita de terciopelo negro envuelta con una cinta roja cuyos extremos alguien, por supuesto tú no, ha rizado con esmero con unas tijeras. Y en medio de la tapa de la caja, una pegatina dorada, con los bordes redondeados y las letras “Te amo” estampadas. La típica etiqueta de la que se valen los que no son capaces de expresar sus emociones. Estoy bastante molesta, no sólo porque la etiqueta está puesta sin cuidado, sin guardar ningún tipo de geometría, lo que me sugiere que esa sí la has puesto tú, sino también porque creo que un lazo de organza hubiera sido mucho más apropiado. Me tiendes la caja y no sé si cogerla o no. Tengo las manos aferradas al calor que emana de la nueva taza de café. Me decido. Cojo la caja, tiro del extremo del lazo y la abro. Alzo las cejas con sorpresa. Esto tampoco lo has elegido tú. Y por fortuna, tampoco tu madre. Es una pieza única, de oro blanco, con una pequeño diamante princesa engarzado en el aro. La talla es perfecta, y absorbe cada rayo de luz para reflejarlo después multiplicado por mil. Es pequeño, discreto. No te pega.

Sé lo que tengo que hacer. Tengo que ponerme de pie, coger mi bolso, devolverte la caja y decirte que no te quiero, que en realidad ni siquiera soporto estar a tu lado. Y me levanto, pero me asaltan las dudas. Ya no soy joven. Quién sabe si encontraré un hombro sobre el que apoyarme, una mano que proteja mis ojos del sol, la lluvia o el viento. Y con un esfuerzo que está más allá de lo que yo creía mis límites, obligo a las comisuras de mis labios a esbozar una pobre imitación de sonrisa. Te echas a reír, me ignoras con una falta de elegancia desbordante y te apresuras en sacar el móvil del bolsillo para llamar a tu madre.

Pero yo sé que te dejaré plantado ante el altar.

Foto: Derek Key (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)