Asomado sobre la borda de estribor de El Sciabecco, al almirante Guillermo Brown sólo le quedaba una difícil pero inútil decisión por tomar: si quería morir en cuestión de minutos o de horas.

El aparejo del jubeque había cedido, fracturado el trinquete por el viento y los rayos, y las velas se habían desgarrado en la caída, convirtiéndose en un amasijo de trapos inservibles que dificultaban el movimiento de sus hombres por la cubierta. Las olas, de más de quince metros, habían terminado por horadar el casco, que segundo a segundo se estaba inundando y con él la valiosa carga pesquera que trasladaba desde las tierras de África hasta las del terrateniente Jiménez, en Brasil, donde le habría esperado un buen descanso, bañado en alcohol y dulces mulatas.

Ya en el principio del viaje un cúmulo de malas decisiones y fatídicos acontecimientos habían desencadenado esta situación: desde la enfermedad de su segundo a bordo, que le había obligado a partir de vuelta a Inglaterra en un pesquero con el que se habían cruzado el segundo día de navegación, hasta la aparición de un gato negro en la bodega el cuarto día de ruta, atraído con toda seguridad por las ratas que roían los sacos de comida. Y por fin, la maldita tormenta que desde hacía una semana golpeaba, incansable, al barco y a su tripulación. Guillermo decidió seguir adelante, seguro de que el tiempo amainaría, ignorando, con la superioridad que da el cargo, al viejo Botas, el mejor conocedor a bordo de los dominios del océano.

Ahora, y aunque la tormenta había quedado atrás, no había posibilidad de volver al puerto de origen y el de destino estaba tan lejano que parecía más un sueño que tierra real. Tan sólo unas horas, tal vez un día, les separaban de besar el fondo marino.

El almirante Brown, aferrado a la barandilla y con los pies separados para no perder el equilibro sobre la cubierta, cada vez más inclinada, miraba con obsesiva atención la minúscula isla frente a él, a tan sólo dos horas de ruta. Santa Elena. Santa Eena parecía su salvación y todos los hombres a bordo habían saltado de júbilo cuando, al amanecer de ese aciago día, el vigía había señalado su presencia. Parecía que, una vez más, habían conseguido retrasar la llegada del destino.

Pero Guillermo no miraba sólo el rugoso contorno de la rocosa masa. Oteaba también la multitud de señales luminosas que dibujaban su contorno, y pensaba en los puestos de señalización, donde los guardianes del último alborotador de Europa impedían su huída. Y algo más. También impedían que atracase en Jamestown, el pueblucho que hacía las funciones de capital de la isla, ningún barco sin autorización de la Armada Británica. Esas antorchas suponían a ojos del capitán una pacífica advertencia. El siguiente movimiento no lo sería tanto.

De todos era conocida la fama de estricto del gobernador Sir Hudson Lowe, actual administrador militar de la isla. Guillermo sabía que no dudaría ni un instante en enviarles la armada atracada en puerto, más aún después de haber difundido el documento de restricción de acceso a todos los armadores. De ahí su reticencia a acercarse a la isla, sabiendo que eso sólo podría acelerar su fin. Pero no había ningún otro sitio al que pudiera llegar antes de hundirse en las profundidades.

Al almirante Brown sólo le restaba maldecir a aquel que había convertido su salvación en un naufragio acelerado.

Fotografía: Dennis Jarvis (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)