Tengo cinco años y acabo de estamparme con una farola. No os preocupéis, me pasa a menudo. Bueno, igual sí deberíais preocuparos. Me he distraído leyendo un panfleto que he recogido en la acera. Veo dos letras juntas y me lanzo a descifrarlas. En breve mi oculista desvelará que, además de despistarme con anuncios callejeros, tengo un ojo vago, pero esa es otra historia. Vista mi dedicación absoluta a las letras, mis primos se apiadan y me regalan mis primeros libros, de la colección blanca de Barco de Vapor. Les seguirán el resto del arco iris, con clásicos imprescindibles como El pirata garrapata y Fray Perico y su borrico. Las rimas son sinónimo de éxito a esas edades. No he tenido una infancia lectora muy original, todo hay que decirlo. Recuerdo con especial cariño un libro que narraba las aventuras de un niño en los mundos de la aventura, el terror y la fantasía, acompañado de tres libros que representaban esos géneros. No recuerdo título ni autor y, por mucho que lo he buscado, no está en casa de mis padres. Espero que haya vivido sus propias aventuras en manos de otro niño. Si a alguien le suena, por favor que me diga el título, no me importaría recuperarlo.

Tengo nueve años y acabo de descubrir lo que es una biblioteca. Alucinante. Es la de Bidebarrieta, en Bilbao, con ese aire tan solemne, donde los adultos te miran mal solo por estar. Hasta este momento, mi único concepto de una biblioteca era una balda con una decena de libros en clase. O en mi casa, donde tal vez llegaban a la treintena. Aquí hay cientos de obras a la vista, pero además, si escribes el nombre en una tarjeta y se la enseñas al funcionario que se esconde detrás de un mostrador muy alto, desaparece durante interminables minutos y reaparece con tu libro en las manos. Mucho mejor que cualquier truco de magia. Aquí he leído, entre otros muchos, todas las sagas de El juego de Ender. Mi familia sigue regalándome libros de Julio Verne y de Miguel Strogoff. En casa reposan, ya digeridas, toda la colección de Los tres investigadores, Los Hollister y Los cinco, heredadas de mi madre, la única voraz lectora de la familia.

A los doce visito mis primeras ferias de libros de ocasión. Me atraen más que las de novedades, creo que por el olor, porque el precio es algo que aún no valoro demasiado, se nota que no los pago yo. El papel amarillento y sobado tiene un matiz muy especial, mientras que el nuevo, con tinta recién depositada, a veces es vomitivo. Por trescientas pesetas te puedes llevar dos, tres, o hasta cuatro libros. En esta época sufro la fiebre por los clásicos: Don Quijote de la Mancha, La Celestina, El Lazarillo de Tormes y obras de Gustavo Adolfo Bécquer, entre otras. Es poco probable que los entendiera bien, pero hablé raro durante un tiempo. Mi afición me granjea ser la nueva bibliotecaria de clase. Lo sé, soy una friki.

A los quince o dieciséis años me regalan mi primer libro “adulto”: Doble esplendor, autobiografía de Constancia de la Mora. Lo miro con mucho recelo, pero me sorprende su agradable lectura. Por esta época me aficiono a la mitología clásica griega, romana o egipcia, ya sean libros históricos o historia novelada, como No digas que fue un sueño o El sueño de Alejandría de Terenci Moix, o Caballo de Troya. También recupero de la biblioteca familiar las obras completas de Agatha Christie y Sir Arthur Connan Doyle.

Llego a la universidad y el mundo se detiene. Tal vez me equivoqué escogiendo una carrera de ciencias. Libros de física, química y matemáticas, apuntes de mecánica fluidos y resistencia de materiales ocupan baldas, mesas y hasta el arcón bajo la cama. Apenas hay tiempo para nada más. Acabo la carrera y empiezo un máster. Lo combino con prácticas en empresa y con cursos de idiomas que me ofrecen versiones adulteradas, simplonas y aburridas del mismo Sherlock que me apasionaba un lustro antes. Libros ramplones con cuadernillos al final donde se hacen preguntas sobre el contenido, olvidando por completo la importancia del estilo y la belleza en la elección de las palabras adecuadas para expresar un sentimiento. Me rebelo. Empiezo a retomar el ritmo sin saber bien hacia dónde encaminarme. Me fío demasiado de los panfletos domingueros de los periódicos y revistas que son más comercio que cultura.

A los veintisiete me entra el gusanillo y, como Alicia, decido saltar al otro lado del espejo: me apunto a un curso de escritura creativa. Sin pretensiones, por gusto, por curiosidad. Y se desata la fiebre de las listas. Descubro blogs, empiezo a asistir a charlas, encuentros, tertulias, conozco gente apasionada por la lectura en las redes sociales… y de cada fuente extraigo una decena de títulos que se suman a otros que aún no han llegado a mi mesilla de noche. Se abren las puertas de un mundo de creación literaria muy cercano: Ugarte, Zaldua, Esnaola, Bilbao, Oviedo, Repila… Al tiempo descubro mi pasión por las llanuras estadounidenses: Kerouac, Ford y, sobre todo, Truman Capote.

A día de hoy sigo en esta etapa, acumulando títulos y autores, escogiéndolos según mi estado de ánimo y siendo cada día más consciente de que no puedo leerlo todo. Tal vez el final de mi biografía tiene un tinte triste.

Éste es el texto que preparé con motivo del concurso “Biografías lectoras” organizado por el blog “Un libro al día“. Os dejo el enlace a los textos de los tres ganadores:

¿Y a vosotros? ¿Qué libros os han marcado y forman parte de vuestra vida lectora?