El escritor sufría de una extraña afección que le traía por el camino de la amargura. Después de haber triunfado en el panorama nacional —eso decían al menos todos los periódicos, revistas, blogs y demás publicaciones más o menos relacionadas con el mundo de la literatura a quienes su editorial había convencido, de forma más o menos lícita, para que publicaran una reseña con tintes positivos—, todos sus lectores estaban expectantes y dispuestos a vaciar sus bolsillos con su segunda novela, destinada a su consagración.

No había otra cosa que deseara más el escritor. Pero, por una razón o por otra, le daba la impresión de que el destino estaba en su contra, de que no había forma humana posible en que esa novela llegara a editarse. Casualidad tras casualidad, todos sus intentos por acabar su obra se veían entorpecidos.

Lo primero fue la pérdida de su cuaderno de batalla, en el que apuntaba todas sus ideas, los esbozos de sus historias, la biografía de sus personajes, las descripciones de los entornos en los que tendrían lugar las escenas. Una mañana, al sentarse a su escritorio a trabajar, no la vio por ninguna parte. Y, por mucho que buscó y rebuscó, la libreta no llegó a aparecer.

Era una pérdida dolorosa, pero no irremplazable. Buena parte de las ideas más fructíferas, las que tenían visos de transformarse en relatos o en historias más o menos sólidas, estaban en un sistema de almacenamiento en la nube. Así podía trabajar desde cualquier equipo sin depender de su ordenador. Eso le venía muy bien porque a veces aborrecía sentarse siempre en la misma mesa, con la misma pared amarilla como único entretenimiento para la vista. Pero el mismo día en que perdió la libreta, un ataque a los servidores de su suministrador borró del sistema buena parte de los archivos de usuarios, resultando afectados, como no cabía ser de otra manera, los suyos.

A esto le siguió una etapa de profundo y desesperante bloqueo creativo. El escritor se paseaba, meditaba, trataba de integrar en su día a día nuevas actividades… Llegó a apuntarse a clases de cocina, de claqué y de caligrafía uncial. En su entorno todo se confabulaba para ser anodino: a nadie le sucedía nada fuera de lo normal, no había anécdotas, sucesos curiosos o accidentes —leves, eso sí— que le supusieran un soplo fresco de ideas listas para ser transformadas en frases y en capítulos.

Como suele suceder, esta fase de desesperación llegó a su fin cuando, en uno de sus habituales paseos por el parque oeste de la ciudad, vio un perro con pánico a lanzarse a un estanque de agua, mientras que el resto de perros nadaban, se zambullían e incluso buceaban con deleite. Frenó en seco y dio la vuelta sobre sus pasos con el deseo de llegar cuanto antes a su casa para ponerse a escribir. Tal era su estado de ansiedad que, al cruzar la calle frente a su portal, no vio el coche que llegaba por su derecha y que le golpeó a tanta velocidad que estuvo casi tres semanas en coma. Después tuvo que someterse a un largo proceso de rehabilitación, y durante ese tiempo no pudo escribir más que su nombre en formularios médicos, doblegado por la medicación para aliviar el dolor.

El escritor no cejó en su empeño. Cuando por fin consiguió recuperarse, empezó de nuevo a escribir, a un ritmo inusitadamente lento al principio, sí, pero poco a poco fue ganando en confianza y por fin parecía que su historia iba a tener un final feliz. Apenas un mes después contaba con un primer borrador para su editor. Su alegría duró más bien poco. Su editor, harto de esperar y a sabiendas de que ya pocos se acordarían de él, lo que le obligaría a trabajar desde cero en su promoción, decidió desvincularse del autor. Lo mismo opinaron todos y cada uno de los agentes y editores con quienes intentó ponerse en contacto.

Harto de luchar contra el destino, el escritor regresó derrotado a su casa. Dejó el borrador sobre la mesa del escritorio, fue al baño, abrió el armario de los medicamentos y tragó todas y cada una de las pastillas que encontró.Mientras se dormía por última vez, un cortocircuito en el cable del flexo soltó una chispa sobre el escritorio y la novela maldita prendió.

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Fotografía: Scott Miles Love (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)