Esteban no podía dormir. Sentía una intranquilidada que se materializaba en una larva que trepaba a través de su sistema digestivo hasta la boca. Daba vueltas y más vueltas hasta que, aburrido de adivinar formas en las sombras que las farolas de la calle proyectaban sobre el techo de su dormitorio, se decidía a levantarse, se ponía el batín de algodón que le había regalado su mujer –¡Quítate de una vez ese jersey del mercado, huele a podrido!, le había dicho ella– y, con mucho cuidado de no pisar ninguna de las tablas rechinadoras que delatasen su desvelo, se iba a leer al salón.

Leer era la nueva profesión de este mozo de carga recién jubilado. Cuando pensaba en ello no podía evitar reírse a carcajadas. Él, que desde los catorce años llevaba sobre su espalda muebles –Una vez subí un piano yo solo a un séptimo piso, le contaba a su nieto, aún en edad de asombrarse por sus proezas y no avergonzarse de las pocas supuestas miras de su profesión–, andamios el tiempo que estuvo metido en construcción y, durante los últimos años, cajas con el pescado que llegaba fresco desde el puerto y que sería subastado al mejor postor para acabar en las pescaderías de la provincia en menos de cuatro horas.

Los turnos de noche en el pabellón número uno, el del pescado, descargando los camiones que llegaban, un torrente inagotable de cajas de madera con lubinas, merluzas, cangrejos de río y, en el último lustro, mucho animal procedente de piscifactorías, se habían convertido en noches insomnes arropado por la imaginación de tantos y tantos escritores, grandes o pequeños, reconocidos o ignorados. Todos maravillosos, o eso le decían al menos en la librería de la otra punta de la ciudad, porque no se atrevía a ir a la de su barrio por vergüenza de admitir que estaba leyendo volúmenes que ahora leían los niños pequeños como parte de su programa escolar. Pero después de que más de un centenar de volúmenes hubieran enriquecido el silencio de sus vigilias, Esteban había aprendido a discernir el trigo de la paja, la chatarra bañada en falso oro de esas pequeñas joyas, auténticas aunque modestas, que las mujeres envolvían en papel de periódico para conservar mejor su brillo.

Sobre las tres de la mañana su espalda solía quejarse con un crujido cercano y amigable. Le recordaba la llegada del final de la jornada, cuando ya sólo faltaban minutos para abrir el mercado a los minoristas y su trabajo disponiendo el género había concluido. Era entonces cuando se acercaba con paso arrastrado y dolorido a la fábrica de hielo, cogía un pedazo y se lo restregaba por los riñones. Los más jóvenes se reían mientras que los veteranos le miraban con comprensión, pero lo cierto era que el efecto sedante del frío le permitía aguantar hasta el toque de salida cuando, por fin, y en compañía de algún otro veterano, iba a la cafetería más cercana y desayunaban hablando con ilusión de su jubilación, emocionados ante la perspectiva de poder disfrutar al fin de los mismos horarios que sus mujeres, hijos y nietos. Hacían planes sobre cómo emplearían el tiempo en llevar a los nietos al parque a jugar mientras leían el periódico, o en ver una película en la televisión con sus mujeres hasta bien entrada la noche antes de irse a dormir, los dos, juntos.

Muchas madrugadas, cuando su espalda siseaba ecos de un antiguo dolor, Esteban se decidía a abandonar la lectura, se enfundaba un jersey zurcido mil veces, unos viejos zapatos de cuero desgastado y cogía el coche para ir hasta la puerta del mercado, donde esperaba la salida de sus compañeros aún activos y desayunaba con ellos recordando las largas noches de trabajo –Pero Esteban, ¿otra vez por aquí? Tendrías que estar durmiendo, tú que puedes. Anda, anda, vamos a tomarnos un café, que ya va siendo hora–.

Esteban no podía acostumbrarse a disponer con libre albedrío de esas horas que la jubilación había liberado para él. Las llenaba con libros, con recuerdos, con viajes en coche al mercado. Añoraba el pitido de la maquinaria, las astillas de las cajas atravesando sus guantes, el escalofrío que le recorría la espalda.

Fotografía: Nick Saltmarsh (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)