Me decidí a recogerla porque diluviaba. Nunca antes había llevado a un autoestopista, pero ella parecía tan poca cosa, empapada, con la ropa pegada al cuerpo y su melena oscura lacia sobre la frente. Apenas dejaba ver los rasgos de su cara. Pero tuve la intuición de que estaba llorando y de que sus lágrimas se fundían con la lluvia en un torrente único que se deslizaba por sus hombros, por su cuerpo, hasta llegar al suelo y mezclarse con el charco que se formó bajo su peso.

La recogí porque, a decir verdad, sentí miedo por ella. También temía por mi. La lluvia era una cortina densa, impenetrable, que no me dejaba ver más allá de la luz proyectada por los faros del coche. De forma egoísta pensé que otro par de ojos tal vez nos sacara más rápido de aquella cornisa.

Esbozó una sonrisa que se me antojó triste cuando me sintió detener el motor junto al arcén. Inclinado sobre el asiento del copiloto y dando de sí el cinturón de seguridad todo lo posible, bajé la ventanilla. Me escrutó lo mejor que pudo bajo la oscura noche. Le pregunté dónde iba. Me dijo que no estaba segura. Pero se quitó sin titubeos una abultada mochila y la encajó con firmeza entre mis pertenencias, que ocupaban el asiento trasero. No le ofrecí meterla en el maletero. Estaba abarrotado. Miré hacia ese trozo de lona verde y en cierto modo lo reconocí, aunque nunca antes lo había visto. Atrás, a mi espalda, estaba mi vida entera, y ahora había algo que no era mío y al mismo tiempo, de una forma retorcida, se le parecía. Esa mochila era también la esencia de una vida. Un escalofrío me recorrió la espalda. Tal vez fuera el aire gélido que entraba a través de la ventanilla y campaba a sus anchas en el interior del vehículo.

Abrió la puerta y mostró cierta ansiedad al entrar, como si le preocupara mojar la tapicería. La animé con un frío intento de sonrisa amistosa. Se sentó en el asiento del copiloto, tirando de los bordes de su escueta falda con fuerza. Temblaba. No sé si de frío o de miedo. Por si acaso, buscando agradarla, elevé la temperatura del climatizador todo lo que mi viejo vehículo me permitió. Hasta entonces el ambiente había sido más bien frío, para ayudarme a estar despierto, al menos hasta atravesar el cerro. Me miró de reojo y sonrió con ternura. Volví a tener esa sensación de déjà vu. Tardé aún unos minutos en darme cuenta de que era la misma sonrisa con la que mi madre me miraba desde la ventana cuando iba al colegio.

En el interior se hizo un silencio incómodo que contrastaba con el ruido de truenos, el crujir de ramas  y el rodar de pequeños cantos agitados por el viento. Éramos dos desconocidos en un coche, en una carretera secundaria, en un país para mí todavía extraño. Era una noche sin luna. Creo que yo tampoco estaba muy seguro de mi destino.

Teníamos cosas en común, gustos parecidos. Lo sabía, aunque nada dijimos salvo obviedades como el estado del tiempo y lo avanzado de la noche. Sabía que podríamos haber conectado si nos hubiéramos encontrado en las circunstancias adecuadas, bajo un brillante sol en una nítida mañana de primavera, en los pasillos de un cine con olor a palomitas recién tostadas. En el escaso tiempo que compartimos en el coche pude ver un futuro juntos, en una casa de dos plantas, con buhardilla, sótano y el coche aparcado junto a un garaje lleno de herramientas. Pude oír a lo lejos las risas de niños de pelo castaño, ojos mestizos y acento a gárgaras. Pude ver una colcha tejida a mano que nos cubriría en el último invierno, abrazados, rememorando antes del fin.

En medio de ninguna parte me dijo que había llegado a su destino. No sé qué le aguardaba en una curva, sin más camino que el marcado por el asfalto, con márgenes sembrados de oscuros bosques. Le aseguré que no me importaba llevarla a un sitio más protegido, incluso si eso suponía desviarme de mi ruta. No quería que se fuera, pero tampoco sabía cómo retener a alguien que no conocía. Ya no había lágrimas de en sus ojos, sino esa extraña sonrisa que reflejaba al tiempo felicidad y tristeza y que dejaba entrever la esperanza de tiempos mejores.

Estuvo a punto de caer al desencajar su mochila para sacarla del coche y devolver a éste su estado de almacén de mi vida. Una vez se la puso, tiró de nuevo de los bordes de su falda, en un vano intento por protegerse de la lluvia que seguía cayendo, incansable. Poco sabía yo entonces del país y su meteorología, de sus lluvias que duraban semanas y hundían en la depresión el ánimo más sereno. Se protegió del frío con la cazadora de piel, entrecruzándola sobre el pecho. No tenía botones ni cremallera.

Se quedó mirándome, como si quisiera memorizar mi rostro, y me guiñó el ojo con una sonrisa tímida. Tras unos segundos, en los que intentó acumular fuerzas, me dijo que era una pena que no nos hubiésemos conocido en la cola de un cine, bajo un brillante sol de primavera.

Desapareció de mi vista con rapidez, oculta ya entre las líneas del bosque desdibujadas por el agua.

Fotografía: John Trainor (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)