Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando.
 Rabindranath Tagore

Me lo prometiste. Prometiste que descansaríamos juntos en un panteón solo para nosotros, tumba junto a tumba. Me lo imaginaba alejado de esos cementerios modernos que parecen enjambres de celdas rectangulares en vez de espacios de  reposo eterno. Estaría en algún lugar elevado, tal vez sobre la cima de una pequeña colina de perfil suave, salpicada de flores silvestres en primavera. Estaríamos en dos nichos contiguos, mi nombre sobre tu losa, el tuyo sobre la mía, como en nuestras alianzas. Decrépitos, arrugados, ancianos que ya han lo han compartido todo, que ya se habían dicho todas las palabras y han puesto en marcha todos los planes que cabía esperar, nos tumbaríamos por la eternidad, mi mano extendida hacia tu corazón, y dormiríamos por fin. En lugar de eso soy polvo de huesos molidos en una máquina sucia y fría, depositados en una caja que ni tan siquiera lleva un nombre para que quien me encuentre, sepa quien soy. A  saber dónde me habrás colocado: ¿en el altillo del armario ropero, donde guardaba la ropa de cama, escondida detrás de alguna funda raída de almohada? ¿Estaré tal vez en el garaje, impregnada de la esencia de gasolina y aceite? La verdad es que ya no me importa que me hayas ultrajado de esta manera.

Me lo prometiste. Me prometiste un final sin dolor. Si alguna vez te mato, dijiste, seré dulce, lo prometo. No me verás llegar, no sentirás el odio que impulsará mis actos ni temerás mirar por encima de tu hombro. Te irás tranquila, sin darte cuenta, sumergida en un plácido sueño. Los dos sabíamos que llegaría ese momento, que antes o después acabarías conmigo. Yo confié en que cumplieras tu palabra. Pero sentí mi piel desgarrarse con cada cuchillada, grité hasta que ya no quedó un ápice de fuerza en mí, hasta que me desvanecí con la vista de mis entrañas expuestas al frío de las corrientes de aire que cruzaban nuestro salón en febrero, hasta que no había suficiente sangre para rellenar mis venas y arterias. Caí a cámara lenta — así lo sentí al menos— y lo último de lo que tuve consciencia fueron tus ojos, tus pupilas dilatadas que no ofrecían atisbo alguno de vergüenza por haber faltado de una manera tan cruel a tu palabra. Si hubiera sido al revés, si yo hubiera tomado la iniciativa, como tal vez debí hacer para no acabar muerta antes de tiempo, y te hubiera dado un final justo, te juro que hubiera buscado el veneno más inocuo, menos doloroso, para que hubieras podido disfrutar de una eternidad con el rostro relajado, en lugar de la crispación que mostró el mío sobre la fría mesa del forense.

Me lo prometiste. Me prometiste fidelidad eterna. Eterno es un adjetivo que nunca debimos usar. Nada es eterno: la energía se agota, la materia se consume, la llama de lo que sentías se apagó. Me besabas en la mejilla ante los desconocidos para disimular. A tus amantes las besabas en la boca, en los pechos, en el coño. Sé que hubo más de una, más de cinco, más de diez quizás. Seguí engañándome. Porque no eras tú quien me mentías, era yo quien me decía que eran rastrojos en el camino arrastrados por un viento huidizo, mientras que nosotros éramos esas pesadas piedras a la orilla del sendero que ni un huracán movería de su sitio. ¿Qué importaba un desliz, o dos, si al final cumplirías con tu promesa? Te ibas, me engañabas hasta saciar tu deseo de culpa y volvías indignado, te cabreabas conmigo porque las miradas que yo cruzaba con el vecino, con mi jefe, con tu amigo eran mucho más rastreras y humillantes que tus incesantes reservas en hoteles y restaurantes de la ciudad. Por cada mirada, una bofetada. Por cada palabra cruzada con un desconocido, un puñetazo. Convertías tu culpa en la mía y tus promesas rotas en golpes.

Me lo prometiste. Aún recuerdo cuando nos sentábamos en aquel banco frente al río, los pies estirados sobre la hierba, la espalda separada del respaldo y las manos cogidas como si fuéramos un solo ente. Juraste por todo lo divino y lo humano que solo te importaba yo, mi esencia, mi alma. Que tu amor no tenía nada que ver con mi herencia, con el apartamento o con la casa de campo, que no era lo que el dinero hacía de mí, sino lo que yo representaba: la libertad, la pureza, al alegría de vivir. Te creí porque ocultaste con pericia el brillo egoísta de tus ojos. Era una estúpida ilusa, pero, cansada de ver la ambición en la cara de los demás, de oír susurros que tintineaban como monedas, pensé que alguien vería más allá de las cadenas doradas y las camisas de seda. El dinero es el motor más potente, más que el amor, ahora lo sé. Es la causa última de la corrupción del hombre y tuya, bastardo mentiroso.

Me lo prometiste. Me prometiste lo más difícil. Más allá de una muerte dulce y fidelidad, me dijiste que me amarías. ¿Te acuerdas? Fue en aquella fiesta tan aburrida. No recuerdo qué se celebraba, tal vez un acto benéfico o un desfile, o el aniversario de boda de algún aburrido diplomático. No me sentía cómoda entre esa gente que no dejaba de hacer ostentación de su poder mientras se lamentaban en voz alta de los pobres desfavorecidos a quienes ayudaban con las miserias que arrojaban a la basura. Viniste directo hacia mí, me cogiste de la muñeca y me arrastraste hasta el ascensor. Allí, con las palmas de tus manos sobre mis mejillas, me juraste que me amarías por siempre, antes de besarme como nunca antes me habían besado. No puedo dejar de darle vueltas a la idea de si ya entonces me mentías. Quiero pensar que no. Quiero creer que alguna vez me amaste de verdad y que luego todo se enfrió, las cosas no fueron como esperábamos o ninguno de los dos se esforzó lo suficiente por cambiar. Quiero recordarte así, sin golpes ni reproches. Recuerdo ahora los momentos buenos y todo lo demás se desdibuja. Tal vez es así como debe ser.

Me lo prometiste y ahora estoy sola y fría y muerta. Me has asesinado. Ojalá mi recuerdo te persiga.

Fotografía: Stoutcob (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)