A las seis empieza la vibración. Primero son dos golpes secos pero luego se torna continua. No es que la oiga, no. Es que la siento. La siento estando dormida. Vibra la Madre Tierra y la vibración se desliza a través de los cimientos por las vigas maestras del edificio y de ahí pasa a cualquier soporte metálico que intercepte en su camino, como por ejemplo el marco de la ventana, hasta que parece que el vidrio se va a hacer añicos. La vibración llega a la estructura de mi cama, que es de metal y bien bonita por cierto, me la compré en Francia porque allí todo tiene un no sé qué que qué sé yo que dan ganas de comprarlo todo pero luego ellos a nosotros nada de nada y ahí nos quedamos con cara de tontos. Y de la cama a mis huesos, que no son de metal aunque tengo un tornillo en la tibia de una vez que me caí de la bicicleta y me destrocé la pierna con veintidós años y, como usted supondrá, yo a los veintidós no pintaba nada subida a una bicicleta cuando hacía lo menos diez años que no montaba en una. Los huesos tiemblan, sientes cómo se desprenden esquirlas que se pierden en el torrente sanguíneo dispuestas a atravesarte alguna vena o alguna arteria en el momento en que menos te lo esperes, o a clavarse en un órgano vital y hacer una pequeña incisión que más adelante se extenderá, micra a micra, por el simple movimiento del día a día. Los huesos empiezan a castañear al ritmo de la vibración y yo me despierto con una migraña insoportable por la presión que hago sobre las mandíbulas mientras duermo para que no se roce un diente con su contrario del otro hemisferio. Y estoy irritable porque no duermo más de cuatro o cinco horas y, cuando lo hago, me levanto con ganas de gritar, enfurecida, con ganas de comerme el mundo pero no en plan bien, sino comerlo para luego vomitarlo o cagarlo o lo que sea, que se vaya el mundo a la mierda. Y mi corazón palpita al ritmo de la vibración, no al que se le supone normal, y bombea la sangre al son de la música disco de la sala más alternativa del planeta, que estará en Berlín o en Nueva York o yo qué sé dónde, pero la cuestión es que no es su ritmo habitual y creo que las paredes de mi corazón no van a resistir y se van a desgarrar y ya no sé si tengo taquicardia por la vibración o por la ansiedad que me entra de pensarlo.

En ningún momento creí que mi respuesta fuera sido exagerada; de ser así, ¿no cree que me hubiera contenido, que me hubiera dicho a mi misma “Por el amor de Dios, eso no está bien”? Si lo hice fue porque era lo más lógico, llegados a ese punto, porque ya no podía más. Póngase en situación: la misma sensación, seis días da la semana, casi doce horas al día. Dos turnos entregados a la vibración de los cojones. Si yo estoy muy a favor de la inserción laboral y todo lo que usted quiera, pero es que empiezan a las seis de la mañana, yo trabajo en el turno de tarde, los perros de todo el vecindario y los del barrio vecino si me apura ladran al son de la vibración, la acompañan como si de un coro del infierno se tratara, paran cuando para la vibración y luego retoman el ritmo. Si me lo pregunta usted, no tengo la más remota idea de por qué no están todos los perros afónicos. El petirrojo de mi vecina del quinta se murió de un infarto por el estrés. Yo no puedo más, estoy desquiciada, desesperada, noto los instintos homicidas crecer a medida que aumentan las migrañas, que se me desgasta el esmalte dental del roce.

Tengo ganas de soltar de improperios, de golpear las paredes con el mando de la televisión o de tirarle el microondas a la cabeza al puto operario que enciende el puto martillo neumático a las seis de la mañana todos los putos días. Que es, a decir verdad, lo que he hecho y por lo que me han detenido, señor juez. Pero no me negará usted que entre eso y liarme a tiros en el área de urbanismo del ayuntamiento, he escogido un mal menor.

Fotografía: Kian (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)