Hoy es uno de esos días en que la fatalidad se planta en mi camino, brazos en jarras, con las piernas bien abiertas para impedirme el paso y me dice, con sorna más que palpable en su tono de voz:

—Te voy a joder el día.

Que conste que lo de joder no lo digo yo, lo dice la fatalidad. Yo tengo un vocabulario bastante extenso que me permite huir de semejantes vocablos. A lo sumo, suelto un “mierda” en contadas ocasiones, para poner mayor énfasis en el tema objeto de mi ira.

En estos días de los que hablo es imposible esquivar todo lo malo por venir. Ya por la mañana, al levantarme de la cama, cometo el error de plantar el pie izquierdo dentro de la zapatilla derecha, pero lo dejo correr como una anécdota ocasionada por un despertar aún no completo. El agua caliente se termina con el pelo aún enjabonado, el café sabe a rayos, el autobús se retrasa o se adelanta… y acabo sintiendo una imperiosa necesidad de volver a la cama, a repetir todo desde un principio, esta vez bien, y sin sinos malévolos de por medio. Por supuesto, el resto del mundo no atiende a tales señales inequívocas del destino y me obliga a continuar con mi rutina diaria, aún a sabiendas de que algo, o quizás, todo va a salir mal.

Como iba diciendo, hoy es uno de esos días. Y aquí estoy, intentando montar unas claras de huevo. ¡Qué tontería!, dirán muchos. Teniendo en cuenta que soy pastelero desde hace más de diez años, sí, debería ser una tontería. Pero las claras no suben ni a tiros, si se me permite la expresión. Ni batiendo a mano ni con batidora eléctrica. Ni sumergiendo el cuenco en agua fría con hielos, ni añadiendo una pizca de sal o de bicarbonato. Nada, lo más que podría hacer ahora mismo con el contenido del recipiente sería una tortilla sin yemas, pero como ya he dicho, yo soy pastelero, no cocinero, y hacer tortillas no está en mi repertorio.

La tarta debería ser ya una magnífica obra de arquitectura de cuatro plantas, recubierta de una fina capa de fondant azul celeste, con un decorado a mano en glasé blanco de petirrojos en distintas poses. Pero de momento no se intuyen ni plumas ni ramas, y debo empezar a asumir que no la terminaré a tiempo. No mientras que las torvas y esquivas claras de huevo no se decidan a alcanzar el punto de nieve requerido. Mi fama de repostero por los suelos. Yo, que soy un maestro, un heredero de la alta repostería, que cocino a diario tartas de renombre internacional: selva negra, capuchina, de higos, de fresas, tiramisú…ningún postre ha sido nunca un reto para mi. Y aquí me hallo, ahora, rendido ante unas claras de huevo rebeldes.

—¡Mierda!

La señora Ferguson no me lo perdonará jamás.

Desde el principio supe que no tenía que haber aceptado el encargo. La señora Ferguson, apellido de casada, se llamaba de soltera Elvira Watermount. Elvira. Conocí una vez a una Elvira que, por circunstancias que no vienen al caso, me sumió en la mayor crisis física, emocional y económica que he tenido que superar en mi ya longeva vida. Diré simplemente que se trató de una mal llevada combinación de inexperta juventud y desaforada avaricia, y que trajo como consecuencia que a mis sesenta años, jamás haya sentido necesidad de atarme a mujer alguna.

Es bien sabido que el nombre de pila de una persona nos lleva a relacionar su carácter con el de otras del mismo nombre. Si has conocido un Jack amable y aventurero, supondrás que todos los Jack nacidos y por nacer han de serlo también. Es, por supuesto, una relación estúpida. El nombre, hasta donde yo sé, no determina la personalidad de nadie. La señora Ferguson, por ejemplo, no tiene nada que ver con mi Elvira. Sin embargo, sólo leer su nombre en la hoja de pedidos, me hizo sentir un escalofrío, que debí haber interpretado como una señal inequívoca de que algo iría mal, y que sin embargo descarté, achacándolo a las corrientes frías de octubre que anticipan el inclemente invierno. Fue sin duda un craso error por mi parte.

En el mismo momento en que acepté el encargo todo empezó a ir de mal en peor: los proveedores no cumplían, los pedidos no llegaban en plazo, o eran erróneos, o de mala calidad… Un desastre tras otro que fui solventando lo mejor que pude, gracias a años de experiencia.

Pero está claro, que la fatalidad no iba a dejar pasar la ocasión. Las zancadillas se sucedieron, hasta llegar al día de hoy. Las claras siguen sin subir. Y la tarta hay que entregarla en un plazo de cuatro horas. La señora Ferguson celebra sus bodas de diamantes. Una celebración por todo lo alto, con gente de clase adinerada que podrían llegar a ser futuros clientes. Como punto álgido del aniversario, tendrían lugar  la entrada triunfal por la puerta del salón de mi tarta, que sería llevada hasta la mesa habilitada en el centro geométrico de la habitación, para deleite de los invitados.

—¡Mierda!

Situaciones desesperadas requieren que destine mi ingenio a soluciones aún más desesperadas. No hay tiempo que perder, si deseo mantener mi nombre en tan alta consideración como hasta ahora. Iré a la mundana pastelería de la esquina y cogeré cuatro tartas, las de sabor más insípido. Las cubriré con el fondant y la sublime decoración de petirrojos, y me presentaré en el ágape de la señora Ferguson. Porque, ¿quién va a darse cuenta? Es más que probable que nadie aprecie la diferencia. Llegado el momento de la presentación, habrán corrido ríos de vino blanco, tinto y rosado, y no habrá invitado que ose distinguir entre el azúcar blanco y el glasé celeste.

Y luego a la cama, con el deber cumplido. Quién sabe si mañana pueda ser yo de nuevo quien  venza a la fatalidad.

Fotografía: Christer Edvartsen (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)