En la pantalla del televisor se retransmitía la gala de entrega de los Premios Nobel. El locutor, con voz apenas audible por el bajo volumen del aparato, comentaba todos los pormenores de los discursos de recepción sin aportar el menor criterio científico, al menos en opinión de Sergey. De todas formas, éste apenas prestaba atención a lo que se decía, centrado como estaba en revisar toda su ropa, cuidadosamente extendida sobre la cama, y en decidir cómo la colocaría en las tres maletas de piel marrón abiertas en el suelo. No estaba seguro de si tenía bolsas de plástico suficientes para guardar sus zapatos y no quería ponerlos en la misma maleta que su traje de etiqueta por riesgo a que se estropeara. A decir verdad, se sentía un poco molesto con esta situación, no le agradaba tener que prepararlo todo con tanta prisa. Sergey tenía una mente calculadora y gustaba de planificar sus acciones, y ahora se veía obligado a empaquetar toda su ropa de forma que cupiera en tres raídas maletas. La noche anterior la había pasado en vela, archivando quince años de investigaciones en carpetas y guardando éstas en cajas de detergente que había pedido en el supermercado de la esquina.

Cuando se estaba entregando el Nobel de Medicina sonó el timbre de la puerta, lo que le sobresaltó. Sin buscarlo con la mirada, de forma automática, cogió el mando de la televisión del suelo y pulsó el mute. Se puso en pie con un notable crujir de articulaciones y se dirigió a la puerta, no sin antes echar un vistazo al cuerpo inerte que yacía en el rincón y asegurarse de que estaba totalmente cubierto por la sábana, sin extremidades sobresaliendo bajo ella. Al abrir la puerta se encontró con un malhumorado repartidor, a pesar de que tan sólo había tenido que tocar el timbre una vez y, sin decirle ni una palabra, señaló las cajas apiladas en el rellano con un cierto deje de cariño que merecían tantos años de estudios. Firmó el albarán de entrega con un garabato ilegible y cuando el repartidor le pidió permiso para usar el servicio le cerró la puerta en las narices con un golpe seco, golpeando la visera de su gorra. Sergey tampoco estaba del mejor humor posible y nunca había asimilado bien los refunfuños y malas caras.

Se dirigió de nuevo al dormitorio con gesto irritado y, tras meter una toalla de felpa azul y blanca en una de las maletas para proteger su contenido, la cerró, atravesó los medallones de la cremallera con un candado y guardó la llave en el bolsillo trasero de su pantalón. Cogió la maleta y la dejó en el descansillo del que había sido su apartamento durante los diez últimos años, en el lugar que minutos antes ocuparan las cajas con el trabajo de toda una vida.

Cansado, se dejó caer en el sillón de lectura junto a la ventana de su habitación, se agachó para recoger el mando a distancia del suelo y subió de nuevo el volumen. En ese momento, el locutor estaba hablando del ganador del premio Nobel de química, galardonado por la sintetización de una nueva molécula con un sinfín de aplicaciones que, por causas desconocidas, no había podido asistir a la recogida de la medalla y el diploma correspondientes, por lo que la producción del programa había optado por poner una fotografía de archivo en la pantalla.

Sergey miró esa foto y luego desvió la mirada hacia la tercera balda de su biblioteca. Allí, entre un jarrón relleno de arena de colores que dibujaba estrafalarias formas y un volumen de química orgánica, descansaba en un marco de cuero marrón una fotografía de dos jóvenes en un laboratorio vestidos con bata blanca. Uno, el propio Sergey. El otro era el mismo rostro de la pantalla de televisión, aunque en una versión rejuvenecida, con menos canas y sin arrugas en un rostro sembrado de felicidad. Ambos jóvenes tenían sus brazos sobre los hombros del compañero y era evidente que un fuerte sentimiento de amistad les unía.

Hacía tres semanas que Sergey se había decidido a llamar por teléfono a su viejo compañero. El mismo día en que se publicó en todos los medios la lista de ganadores en las diversas categorías. Su asombro no tenía límites cuando escuchó la fría respuesta a sus recriminaciones por parte del que creía uno de sus mejores amigos.

Habían crecido juntos y juntos compartieron una pasión común por los átomos y sus enlaces. Compartían los libros de química, hacían disparatados experimentos en el garaje de Sergey, a menudo con desastrosos resultados para desesperación de los padres de ambos y de los bomberos del pueblo. Se inscribieron en la misma universidad y, a la hora de hacer el doctorado, decidieron compartir un proyecto que fue, sin duda alguna, la semilla del galardón más deseado por cualquier científico. Y sin embargo, Sergey no figuraba en el listado de premiados, su nombre no había sido escrito en ningún diploma, no había medalla para él, no había tenido necesidad de comprar un traje de gala ni un billete de avión a Suecia.

Sonó de nuevo el timbre de la puerta sacando a Sergey de sus recuerdos y ensoñaciones. Esta vez no esperaba a nadie y su pulso se aceleró mientras miraba de nuevo a la sábana en un rincón. Con nerviosismo creciente se dio cuenta de que la sangre había empapado la tela, marcando con nitidez los contornos del cadáver oculto, y había comenzado a extenderse a lo largo del entarimado, filtrándose las gotas por entre las ranuras de la madera.

Cuando fue a asir el picaporte de la puerta vio cómo temblaba su mano. No quería pensar en lo que había hecho. Era una acción impropia de él, tan poco meditada, tan impulsiva. Pero el bulto inanimado era una clara evidencia de una furia de la que no se creía capaz.

Al otro lado del vano otro repartidor le miraba con desgana,  sin gorra pero con una ridícula camisa de rayas verticales rojas y blancas. Sergey se había olvidado del pedido del supermercado. Él nunca olvidaba nada. Estaba claro que la reunión de la noche anterior le había trastornado. Le dijo al muchacho que dejara las bolsas junto a la maleta cerrada y volvió arrastrándose paso a paso, cada vez más confuso, hacia el montón de ropa sobre la cama.

Todo por no haberse asegurado años atrás de que su firma rubricara un simple registro de resultados, la copia amarilla del cuaderno de laboratorio. En eso se había escudado su ya difunto mejor amigo. En que su nombre no figuraba en ningún sitio porque Sergey había sido un iluso confiado. Y se lo dijo sin asomo de vergüenza, con una copa de vino tinto en la mano, alzándola e invitándole a compartir su gran triunfo, acusándole de haber perdido el tiempo en un viejo laboratorio universitario en vez de ingresar, con resultados falsos a todas luces, en un prestigioso centro internacional de investigación.  Sergey, cada vez más atónito, sintió una punzada de desprecio por cada palabra que escuchaba y decidió, sin apenas pensarlo, que ese hombre no merecía diplomas ni medallas y que no llegaría a su gran cita.

El locutor daba por finalizada la ceremonia y en la pantalla los invitados se levantaban de sus asientos de terciopelo para dirigirse al salón donde tendría lugar la opulenta cena. Sergey se distrajo pensando en los manjares que podría haber degustado su amigo de no estar muerto en el suelo de la que ya no sería nunca más su casa. El timbre de la puerta volvió a sonar. No esperaba ninguna otra visita. Por la ventana entraba una luz intermitente, como la de un faro, pero de color azul y roja.

Fotografía:  Bengt Nyman (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)