Hace ya algunos años me encontraba en el borde de un barranco de casi seis metros de altura, con la mirada fija en la superficie de agua inmóvil bajo mis pies, y tuve que decidir entre saltar o no hacerlo. La mayoría de la gente me dirá que no era una decisión difícil, que era cuestión de buscar, si lo hubiera, un camino secundario para sortear esos seis metros, un sendero al que aferrarme para no precipitarme al vacío. Pero elegí la alternativa difícil. Porque hay veces en que necesitamos hacer las cosas más difíciles para poder recordarlas después llenos de de orgullo. No el orgullo de vivir, que es innato, ni el de dejar tras de ti hijos o nietos que continúen tu estirpe. Ese es el Orgullo con mayúsculas. Yo me refiero al orgullo por las pequeñas cosas, por las locuras que se recuerdan siempre, por esas anécdotas que se cuentan en cada cena de navidad, en el cumpleaños de un amigo… por esas escenas intrascendentes que ocupan el vacio de los marcos de fotos de tu casa. En aquella ocasión tomé una decisión y salté.

Ahora es Pablo quien tiene que dar un pequeño gran salto que le llene de orgullo.

Miro sus ojos y veo dudas y más dudas sembradas en ellos. Hay ahí tanta indecisión… Pablo es de los que meditan todos y cada uno de sus pasos, estudian los pros y los contras, piensan, repiensan y cuando creen haber encontrado la solución, empiezan de nuevo el proceso para tener aún más confianza en su decisión. Pero ahora no estamos ante algo que haya que meditar. Él está seguro de lo que quiere hacer, no ha hablado de otra cosa en los últimos seis meses y lo único que necesita es el impulso final, sentir la determinación aflorando de cada nervio.

Sé que, además de dudas, tiene miedo. Como lo tuve yo en su momento. Miedo a esparcir mis sesos  por el suelo después de golpearme la cabeza contra una roca, en lugar de sumergirme en el seguro líquido cristalino. Tantas cosas pasaron por mi cabeza en ese momento… Me sentí como si tuviera que acertar en el centro de una diana demasiado pequeña. Pensé en tantas cosas como en las que ahora estarán pasando por la cabeza de Pablo: ¿Y si acabo en el hospital? ¿No será esto una tontería? ¿Realmente necesito quitar las ruedas pequeñas? Si con ellas también llego a los sitios…

Seguro que todos los que sabemos andar en bicicleta recordamos el pavoroso momento en que quitamos los ruedines. Porque así los llamábamos: ruedines. Eran esas pequeñas rueditas junto con una pieza metálica que se fijaban a cada lado del centro del radio de la rueda posterior con una tuerca. Había otra situación todavía peor y que nos preparaba para ese último escalón: el momento de desequilibrar los ruedines. No conozco aún a quien no se haya caído en una u otra etapa.

Pablo también tiene miedo a caerse y hacerse daño. Miedo a romperse un hueso. Pero creo, conociéndole como le conozco, que a lo que más le teme es a hacer el ridículo delante de sus amigos. Él es así. Las apariencias están por encima de todo. Él es un chico. Los chicos saben andar en bicicleta y no se caen ni se rompen huesos. O sí se los rompen, pero saltando al vacío desde un precipicio en una estúpida aventura adolescente, no circulando por un carril-bici desde un pueblo hasta el siguiente. Hasta ahí podía llegar Pablo. Y eso que le he dicho en multitud de ocasiones que no se preocupe, que yo estaré a su lado y que si lo ve muy difícil, podemos parar, descansar un poco y aprovechar para disfrutar del color rojizo que tinta la tierra durante el trayecto. No hace falta recorrer los doce kilómetros de golpe, doce kilómetros que pueden parecerle una miseria a un ciclista habitual, pero que son todo un reto para alguien que acaba de aprender a andar en bicicleta. Con ruedines, eso sí. Pero Pablo tiene un orgullo antinatural en alguien de su edad. Como si tuviese que importarle el qué dirán: que si sus amigos saben andar todos en bicicleta, que si recorren ese camino todos los fines de semana, que él también quiere hacerlo…

Han pasado dos meses y han sido dos meses muy difíciles. Desde elegir la bicicleta adecuada –No, de montaña no; ¿Para qué quieres eso?; ¿A dónde crees que vas a ir, a una cordillera montañosa?–, hasta encontrar el momento para practicar –Los fines de semana no quiero y menos en el parque del barrio. ¿Qué quieres, avergonzarme delante de todo el mundo?–. Pero paso a paso, o más bien pedalada a pedalada, Pablo cogió confianza y aprendió a andar en bicicleta. Con ruedines.

Hoy, por fin, hemos dicho adiós a las ruedas de entrenamiento. Pablo andará en bicicleta como los niños mayores, sin rueditas. Y va siendo hora. Porque mi padre hace mucho que dejó de ser un chiquillo.

Fotografía: Tyler Bolken (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)