Isabel y su recién estrenado marido han comprado una casa muy pequeña. Dispone apenas de cincuenta y seis metros cuadrados hábiles para albergar una lista de bodas tan inabarcable como transvasar el agua que llena una bañera a una tacita de té. Pero a Isabel le preocupa más aparentar que hacer cálculos, así que se las ha ingeniado para encajar todos y cada uno de sus regalos en el pequeño espacio. No en vano ha sido siempre una estupenda jugadora de Tetris.

Su dormitorio, de diez metros cuadrados, aloja dos armarios, una cama de un metro ochenta, cuatro mesillas de noche apiladas de dos en dos, una sobre la otra, una cómoda y por si todo esto fuera poco, un galán de noche y un pequeño sillón con reposapiés “para leer relajadamente junto a la ventana”. Isabel se cuida de airear que su piso es un primero interior. Esa ventana que tanta luz debería proporcionarle tiene vistas a un patio donde sobresale la salida de humos de un restaurante hindú. Además la señora de la limpieza sólo lo friega una vez cada seis meses por discrepancias con su jefe, ajustando su carga laboral a lo que ella entiende que debe de hacer por el salario que le pagan. Lo que quiere decir que la ventana está siempre cerrada y la cortina echada. Por unos días Isabel barajó la opción de colocar adhesivos con fotografías de paisajes exóticos sobre los cristales, pero hubiera supuesto un encarecimiento de la factura de la luz que no pueden asumir. Lo importante es que Isabel ni lee, ni se recuesta, ni se echa una siesta, ni nada, pero el sillón sigue ahí y tiene que pasar por encima de él cada noche para acostarse y cada mañana para salir de la habitación.

El resto de la casa ofrece una atmósfera igual de agobiante: en el pasillo se acumulan las mesitas, cajoneras, tocadores y armarios colgantes que no han encontrado hueco en ninguna de las habitaciones; en la cocina hay dos microondas porque la tía de Isabel se equivocó y escogió uno de los regalos ya reservados. A Isabel esto le supuso una enorme contrariedad. Además del microondas, la báscula, el exprimidor, el robot de cocina, la licuadora, la yogurtera y la freidora, su cocina tenía que estar equipada con una sandwichera, aunque la mitad de los aparatos hibernan ahora en el pasillo por falta de espacio.

Una de las consecuencias más importantes de que la casa esté a rebosar de muebles y electrodomésticos es que Isabel se golpea unas diez veces al día con algo: o bien se da en la frente con una estantería fijada a poco más de metro y medio sobre el suelo (porque encima de esa hay una segunda estantería que ayuda a ubicar una extensa colección de libros y revistas de decoración), o bien se cae de bruces tras tropezarse con un pequeño banco esmaltado en rosa que ocupa como puede su lugar en el baño. Y a fuerza de golpes, rasponazos y encuentros inesperados con el mobiliario, la piel de Isabel ha ido cogiendo un aspecto multicolor a medida que los hematomas aparecen y desaparecen: primero rosácea, luego cambia a un color azulón, con los días pasa a un amarillo-verdoso y finalmente la piel recupera su tono natural antes de la siguiente magulladura.

Esta mañana la Policía se ha llevado a su marido a comisaría denunciado por malos tratos conyugales. Rodeada de agentes, asistentes sociales, abogados y bajo la implorante mirada llorosa de su madre, Isabel ha confesado que sí, que su marido la pega.

Porque Isabel no está dispuesta a reconocer que no puede permitirse una casa más grande.

Foto: Net_efekt (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)