Tumbado boca abajo sobre una toalla de rayas azules, como han sido la toallas playeras desde tiempos inmemoriales, Iván decide echarse una siesta que espera sea larga, más que nada por acortar el tiempo hasta la hora de la comida. Cierra los ojos al tiempo que agradece que el sol aún no sea castigador en esa mañana de julio, y se concentra en el rugido de las olas, intentando que sus pabellones auditivos dejen de lado y su mente obvie los chillidos entusiastas de los pequeños arquitectos que se arremolinan a su alrededor, las radios sin auriculares y las conversaciones de cocina.

Sumergido en un agradable duermevela, un olor se filtra en sus fosas nasales. Es una nota disonante que destaca sobre todas las demás, que no encaja con el entorno, con lo que cabría esperar: el olor verde, si es que el verde tiene un olor, de las algas, el aroma de las tortillas de patatas y de los filetes empanados a la espera de ser devorados y el olor de las cremas solares de coco, zanahoria y demás hortalizas. Y en la mente de Iván, ese aroma se funde con sus neuronas y proyecta en su mente una forma, y esa forma cobra vida, abre los ojos y se materializa en el rostro de Ainhoa tal y como era hace diez años. El olfato dibuja con precisión sus ojos de un azul grisáceo, sus labios carnosos, demasiado grandes para su cara, abiertos siempre en un gesto que podía indicar tanto la perversión de sus ideas como el nivel de excitación que alcanzaba cuando la acariciaba, la curva del lóbulo de sus orejas, que tanto le gustaba mordisquear por la risa nerviosa que provocaba en ella, la suavidad de la curva de su mandíbula, que chocaba con su fuerte carácter. El olor inicial trae a su memoria miles de olores más, el rastro de su perfume mezclado con sudor recluído en la oquedad bajo su cuello entre las clavículas; el olor de su piel tostada al sol e impregnada en protector cuando hacían el amor en el garaje de sus padres… Es una concatenación imparable, una secuencia imperfecta, con vacíos: una gota de sudor que le recorría la espalda o se alojaba entre sus muslos, una mancha de mostaza en la comisura del labio en una cervecera pringosa con esencia de desinfectante, una rosa amarilla con un perfume manipulado por el vendedor para que durara más que su propia relación…

Ese olor trae consigo recuerdos que invitan a otros sentidos a unirse. Iván recuerda con nitidez la superficie rugosa del lunar escondido tras su rodilla izquierda, el sabor de su boca en un primer beso adornado con chicle de menta, la primera visión de su cuerpo al salir de la ducha después de un pecado poco meditado… Todos los sentidos se funden y le provocan la ansiedad de recuperar experiencias físicas, más profundas, más completas, que creía olvidadas pero que ahora se le tornan imprescindibles.

—…ván. ¡Iván! ¿Te has quedado dormido?

Abre despacio los ojos, cegado por el sol de mediodía, y Ainhoa vuelve, con su eterna sonrisa misteriosa, a un recóndito rincón de su memoria. Los enormes ojos castaños de Sandra le miran con curiosidad. Se incorpora despacio, entumecido por la siesta a deshora, algo avergonzado al darse cuenta del efecto que la siesta ha tenido en su cuerpo. Sabe que Sandra se ha dado cuenta, pero disimula con elegancia y se pone a recoger las toallas y guardarlas junto con el libro que está leyendo, las cremas solares y la sombrilla. La mira con atención y poniéndose de rodillas la rodea por la cintura con sus brazos y se inclina para besar su vientre, ahora tan hinchado y curvilíneo.

—¿Pero qué haces tonto? Seguro que has cogido una insolación. Con la de veces que te habrá dicho tu madre que no es bueno dormirse al sol. ¿Nos vamos a comer algo? Rubén no para de darme pataditas, tiene el día tontorrón. Estoy agotada. En cuanto comamos, ducha y a dormir un par de horas.

Se pone en pie de un salto y le quita a su mujer todas las cosas para cargar él con ellas. Ya sólo faltan dos meses para que dé a luz y Sandra cada día aguanta menos el calor y la playa, algo que a él, que nunca había entendido lo absurdo de permanecer horas tumbado para tintar su piel, le alegraba. Siempre se había tenido por un hombre de sombra, más que de sol, así que recogió rápidamente su toalla blanquiazul y se calzó, mientras pensaba en la reserva que tenían en el restaurante.

—Por cierto, ¿te has fijado en el perfume de la chica que estaba tumbada a nuestro lado? Era el mismo que llevaba siempre Ainhoa. ¿Te acuerdas de ella? Ya sabes, la que fue novia de Manu y que se tiró a media cuadrilla sin que él supiera nada. ¿No lo intentó también contigo? Sería porque estábamos recién casados y le daría apuro.

Fotografía: Simone Smith (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)