Está cansado. Lleva mucho tiempo andando, mientras se desplaza por una ciudad que no es la suya. Paso a paso ha reconstruido bajo sus pies su perfil. Se ve a si mismo como el comecocos que elimina los puntos a medida que los alcanza. Él también ha fijado en el plano unas localizaciones que definen la extensión de lo que quiere saber. Cuando haya recorrido todas y cada uno de ellas, entonces dará por satisfecha su curiosidad y creerá, de forma estúpida, que esa localidad no tiene nada más que ofrecerle. La selección de estos enclaves es artificiosa: no está basada en las experiencias de los habitantes locales, que le puedan dar una pista sobre la verdadera esencia de los baldosines que pisa, sino en esas guías tan bien manipuladas a fuerza de talonario.

Está cansado. Lleva mucho tiempo andando y cree que ya es hora de encontrar un lugar donde sentarse un rato y tomar un café. No durante tanto tiempo como para que los músculos de sus piernas se enfríen y resulte más complicado volver a ponerse en marcha después, pero sí el suficiente para que desaparezcan esas pequeñas punzadas que visualiza como cristales rompiéndose  dentro  de sus músculos por la vibración que se genera en cada paso. La idea del café le reconforta. Asoma una calidez en su vientre debido a la expectacion que le causa ingerir el líquido. ¿Será lo suficientemente aromático? ¿Sabrán verter la leche sobre el café de manera que se forme una capa espumosa que ofrezca resistencia a la penetración del azúcar y la cucharilla o, carente de cuerpo, el líquido asemejará más al agua que vierte un los grifos que lleva meses sin ser usado?

No le vale cualquier cafetería. El hombre no conoce la ciudad y por eso busca señales inequívocas de que el local sea el adecuado. No quiere luces demasiado brillantes ni fluorescentes de última generación que empalidezcan aun más el color de su piel. Tampoco le generan confianza los locales vacíos. Busca un lugar con asientos recogidos, ocultos de las miradas de los transeúntes en la calle, donde los periódicos y dominicales desborden una pequeña mesa en el recibidor. Quiere que el lugar tenga cierta presencia, cierto carácter, y que quede claro que su clientela son gente de la ciudad, habituales, y no turistas como él encandilados por el olor a antiguo.

Encuentra el lugar perfecto después de vagar sin rumbo por las calles, buscando el epicentro de la ciudad, fiándose de que será el aumento del número de tiendas de ropa y el precio de las prendas expuestas en sus escaparates las que dictaminen dónde se encuentra ese núcleo, el corazón, el alma de la ciudad. La ve de lejos. Es una cafetería semioculta del sol en un soportal de una plaza donde dos tiovivos compiten por el cariño de los niños. Es esa protección la que ha logrado mantener intactos los cortinones granates decorados con un grueso hilo crudo que dibuja sobre la tela espigas, tulipanes y pentagramas engarzados. Los ventanales que dan a la plaza tienen la forma de un espejo antiguo y están rodeados por un marco acabado en dorado, que se pinta cada verano para después lijarlo y someterlo a la acción del betún de Judea. La cafetería se conserva en perfecto estado sin perder sin embargo ese halo de antigüedad. Ve cómo entran, una detrás de la otra, dos parejas de cierta edad, de edad avanzada más bien, sin llegar a ser ancianos. Entran sin mirarse, sabiendo que ese es el lugar donde deben estar en ese momento. El hombre sabe que esa señal es fruto de años y años de costumbres adquiridas en pareja, hábitos que ya no se discuten, se ejecutan de forma automática sin que ninguno recuerde quién fue el primero en dar el paso y decidir que el local ya era apto para ellos, que ya no debían acudir a esas modernas cafeterías de acabados cromados y olor a desinfectante barato. El último detalle que completa la decisión es ver salir a un camarero de camisa negra y chaleco blanco con botones negros forrados en tela. Cada gesto, la forma en que deja las consumiciones sobre las mesas, la discreción con que desliza la bandeja con la cuenta y luego recoge el dinero sin que nadie entienda que, en el fondo, no es una casa lo que se ve, sino un negocio.

El hombre se dirige decidido hacia la puerta cuando pasa por delante de otro local. Al principio no se da cuenta de lo que le ofrece el escaparate, porque la distribución en él está más cercana a la exposición artística que al comercio, pero pronto se detiene y vuelve sobre sus pasos para fijarse de nuevo, esta vez con más atención. Son libros de poesía. Es una librería. ¿Qué librería dispone poesía y no best sellers en su escaparte? ¿Cuál se arriesga a perder una venta de un lector ocasional en favor de los grandes líricos de la historia de la literatura? El hombre inclina la cabeza hacia la derecha para echar un vistazo más allá del vano de entrada al establecimiento. Las librerías le infunden un respeto que no sabe explicar. Necesita inspirar profundamente varias veces, coger fuerzas antes de animarse a entrar. Experimenta un recogimiento similar al que de niño le infundían las catedrales, tan grandes, solemnes y oscuras. Finalmente se decide.

Se detiene en la antesala del espacio. Mira con atención a su alrededor. Los libreros, en número de tres, están atendiendo a otras personas y no se fijan en él. Hay algo en la disposición de los libros que le resulta peculiar, así que comienza a pasear con calma, barriendo con la mirada las columnas de libros a uno y otro lado, tratando de encontrar la pista que desentrañe la organización. A su derecha están los libros de bolsillo y las últimas novedades de las grandes editoriales. A su izquierda hay una columna repleta de libros de viajes y de todo aquello relacionado con la región donde la ciudad se circunscribe. Todo el fondo de la tienda está ocupado por libros infantiles y juveniles, clasificados a su vez por temáticas: ciencia-ficción, descubrimientos, magia, terror, fantasía… Todo está en su lugar, dispuesto con cuidado. Pero entonces, se pregunta el hombre, ¿dónde están esos libros de poesía que llenan el escaparate?

Gira sobre sí mismo, buscando tal vez una columna secreta, una puerta a otra estancia, hasta que entonces los ve: los primeros peldaños de una escalera que desaparece tras el mostrador. Camina hacia ella con cuidado, un pie delante del otro, casi de puntillas, tratando de no llamar la atención. ¿Habrá más libros en el piso de arriba? ¿O será tan sólo un almacén? Sobre las escaleras, unas pegatinas de colores con la forma de unas huellas de animal le animan a subir. Nadie se lo impide.

Cuando llega arriba y entra en el nuevo espacio, siente que se queda sin respiración. Los libros lo inundan todo: paredes, mesas y mostradores están ocupados por miles de volúmenes. Desde el suelo hasta el techo no hay nada más. Sólo unos estrechos pasillos permiten el paso de los lectores ocupados en mirar y remirar lomos y portadas.

Se desplaza de nuevo con calma y poco a poco va descubriendo el sistema que ordena los libros. No es el habitual. Le sorprende lo intuitivo que le resulta. Incluso juega en silencio a encontrar el libro perdido: piensa en uno de sus volúmenes favoritos y trata de deducir dónde se encontrará. Acierta en casi todos los casos. Novela histórica junto a ensayo. Autores soviéticos enfrentados, columna a columna, con francófonos y anglófonos. Incluso encuentra una sección de libros de gatos, libros donde los felinos son los protagonistas, flanqueados por dos láminas de persas con las poses dignas que las caracterizan. Una mesa para las editoriales independientes, otra para los formatos más innovadores.

Decidido ya a no perder la oportunidad de comprar algo, el hombre no quiere dejarse llevar por el impulso. Una librería como esa requiere un libro a su altura, que pueda releer una y otra vez y que le recuerde ese espacio cada vez que lo abra. Medita unos segundos antes de decidirse por uno y encontrarlo, de nuevo, a la primera, salvo que esta vez no se trata de un juego.

La planta superior de la librería también tiene un mostrador, donde tres libreras jóvenes se afanan entre albaranes y ordenadores. Mientras paga, el hombre no pierde la ocasión de felicitarlas por ese pequeño espacio y por el orden de los libros. La mujer que le está cobrando se sonroja ligeramente, pero por su mirada y su sonrisa ladeada se advierte que no es la primera vez que lo escucha. Levanta la mirada del ordenador, señala a una mujer a unos metros y comenta que es ella la responsable de organizarlo todo.

El hombre la mira. Es una mujer madura que pasó hace años la cincuentena. El cabello es gris, domado con una permanente que hace imposible saber cuál era su forma original. Acerca mucho cada libro a los ojos a pesar de llevar las gafas puestas. Tal vez necesite una revisión, piensa el hombre. De pronto, la mujer levanta la cabeza y dice en voz alta, pero sin hablar con nadie: este volumen debería ir en aventura juvenil, mejor que en infantil. Aparta el libro a un lado y coge un nuevo ejemplar. El hombre la mira extasiado. Es un espectáculo de magia que esconde detrás años de experiencia lectora. No es una vendedora. Trata cada libro con el respeto que se merece, lo acuna entre sus manos antes de decidir cuál será la estantería adecuada, dónde tendrá mayores oportunidades de encontrar al lector que se enamorará de él.

El hombre retrocede de espaldas, sin dejar de mirarla, hasta llegar a la parte alta de las escaleras. Es una presencia magnética y se da cuenta de que lo que sea que emana de ella, inunda cada rincón de esa librería, cada rendija entre balda y balda, cada mota de polvo depositada sobre los libros. Embargado de una absurda felicidad como si hubiera descubierto un gran tesoro, abandona el local.

El hombre está cansado y va a tomar, por fin, ese ansiado café. Pero el peso de un nuevo libro en su mochila es lo que ocupa ahora su atención, y no el dolor de sus agarrotados músculos.

Fotografía: Books at SSHEL (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)