Curry con verduras, guisado de crema, guisado de ternera, berenjenas con salsa de carne, huevos con salsa de sukiyaki, ramen con setas… Una torre de envases vacíos amenaza con caer sobre mi cabeza. Hace mucho que olvidé el sabor de la comida recién preparada y que subsisto a base de platos precocinados. Esta noche probaré los fideos de arroz con verduras. He leído en un blog que son deliciosos.

El suelo está cubierto de bolsas de plástico, desperdigadas sin orden ni propósito. La mayoría  contienen envases vacíos, algunas ropa limpia y otras ropa usada que, cuando me acuerdo, dejo en el pasillo. Es casi el único momento en que asomo la cabeza fuera de mi habitación. Mi madre se la lleva, la lava y la vuelve a dejar junto a mi puerta, cuidadosamente doblada. A veces, cuando la recojo, siento que me espía desde la puerta de su habitación. Al principio intentaba hablar conmigo, pero hace mucho que desistió. La verdad es que debería sacar las bolsas con basura y la ropa para lavar, porque me queda poca limpia, pero esta noche dan un maratón de cine de terror de la época de la Universal en la tele. Tal vez mañana tenga más tiempo.

Apenas me quedan películas por ver. Suzuki me ha recomendado esta mañana algunas, tendré que buscarlas y confiar en que las pueda descargar. Suzuki siempre me apoya, es la persona que más admiro, es mi inspiración. Lleva encerrada mucho más tiempo que yo, creo que ni siquiera ella recuerda desde cuándo. Suspendió el examen estatal de psicología y decidió que ya era suficiente, que no podía seguir dedicando su vida a nada que no fuera ella misma. Sabe en qué páginas web comprar todo lo que necesita. Algunas veces jugamos: yo le digo cosas al azar y ella responde dónde comprarlo, sin dudas, sin titubeos. Una vez me dijo cómo conseguir un tiburón blanco.

Me gusta hablar con ella. Con Naomi no. Naomi sólo quiere saber cómo me siento, si soy feliz, cuándo tengo pensado salir de esta habitación. Mi madre se lo consiente, le deja entrar en casa, le deja permanecer horas al otro lado de la puerta, insistiendo una y otra vez. No quiere darse cuenta de que no hay nada que me impida salir, que me retenga entre estas cuatro paredes. Pero tampoco hay nada fuera que tire de mi, que me ofrezca una esperanza. Me cansé de la presión de mis padres, de mis profesores, de mis jefes… Me arrastraba con pasos cada vez más pequeños hacia mi trabajo, hasta que un día sólo llegué hasta el portal, me di la vuelta y regresé a mi habitación.

Pienso en salir otra vez, en retomar mi vida. Aún no estoy seguro. Me siento cómodo, seguro. Disfruto de lo que hago con mi tiempo. Pero me gustaría saber de qué color es el pelo de Suzuki.

Llevo dos años sin salir de casa.

Fotografía:  Hiroh Satoh (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)