Estaba harto, aburrido, hastiado. De todo y de todos. Sólo quería llegar a casa. Me detuve con el llavero en la mano, la llave ya dentro de la cerradura. Un pequeño giro de muñeca y estaría por fin en el calor de mi hogar, al margen de un mundo que se me hacía cada vez más y más pegajoso, como si no pudiera sacarme su esencia de la piel, del mismo modo que un pescadero jamás podrá quitarse de encima el aroma a escamas y entrañas, por mucho limón que se frote en el pelo.

Me detuve. Los gritos llegaban fuertes, contundentes, a través del hueco de las escaleras de la comunidad. Dos voces de mujer y dos de hombre: soprano, mezzo, barítono y tenor. Esto último tal vez me lo he inventado, pero eran en todo caso voces estridentes, desagradables, enzarzadas en una lucha a muerte por llegar una octava más alta que las demás. Estaba harto, cansado. No quería gritos en mi vida.

Desde siempre he odiado inmiscuirme en conversaciones ajenas. No sólo porque lo considero de mal gusto —es de mal gusto—; tiene más que ver más con que no me interesan una mierda los problemas de los demás. No soy empático, no sé poner cara de “te entiendo”. Es un talante egoísta. Nunca me ha supuesto un problema: bastante tengo con mis asuntos como para perder tiempo en conocer los de los desconocidos. A veces siento que no me importan ni los de mi familia, ni los de mis amigos. Pero aquel día las voces me atrajeron como cantos de sirena y, dejando el llavero colgado de la cerradura, me acerqué casi de puntillas al vano de la escalera para conocer de primera mano —de primer oído, más bien— a qué venía tanta discusión.

No me costó descubrirlo. “¡Yo he pasado más tiempo con él que ningún de vosotros en los últimos diez años!” “¡Tú nunca tenías tiempo, no tienes derecho a nada!” “¡Ni siquiera le llegaste a presentar a sus nietos!”

Las herencias. Una herencia es un regalo envenenado, envuelto en papel de seda y adornado con un lazo de celofán. Mi vecino del segundo había muerto hacía un par de días. Muerte natural, dijeron. Todo lo natural que puede ser sufrir durante un año la etapa terminal de un cáncer de colon. No creo que fuera muy placentero. No le había visto en los dos últimos meses. Es probable que hubiera fallecido ingresado en un hospital. No sé qué ven de natural en morirse fuera de tu cama.

Como no podía ser de otra forma, cuando la tierra aún no había terminado de asentarse sobre su cadáver, esos buitres que tenía por hijos ya estaban disputándose las migajas que habían quedado tras él. Esto es la familia hoy: gente que no se conoce, que no se aprecia, que tiende a mantener las distancias, obligada a compartir los días festivos y a aparentar un amor que no existe y que, llegado el momento, decide sacar todo el provecho de sus lazos sanguíneos. No me perturba demasiado. Las cosas son así. Yo mismo había sufrido una herencia —sí, sufrir era el término adecuado cuando ni siquiera quería recordar al finado, que espero no descanse jamás en paz—.

Lo que me molestaba de tanto griterío era la necesidad de la familia de confirmar lo mal que se llevaban en público, de airear sus trapos sucios, como quien dice. ¿No podían entrar en la que había sido la casa de sus padres durante más de cincuenta años y discutirlo allí? ¿Había alguna norma que dijera que el primero en entrar se quedaba el inmueble, y por eso tenían que discutirlo en el rellano? Tal vez les asustaba la posibilidad de terminar arrojándose objetos los unos a los otros, objetos que, de seguro, querrían vender intactos para sacar el mayor beneficio posible. Sí, toda la situación me causaba asco y repulsa pero no conseguía separarme del murete desde donde, inclinado hacia atrás para evitar que ninguno de ellos pudiera verme por casualidad, me sentía testigo no invitado a una celebración familiar, aunque fuera la celebración de la muerte. Y mientras escuchaba cómo se repartían hasta el último tenedor, hasta el último rollo de papel higiénico o la última planta del balcón del finado, no podía dejar de preguntarme si, en realidad, ese hombre había sido un buen padre. ¿Tendría él la culpa de que esta panda de energúmenos estuviera ahora a grito pelado repartiéndose sus pertenencias? Traté de recordar si en alguna ocasión les había visto juntos. Sí, tal vez hace cuatro o cinco meses coincidí con uno de sus hijos y su esposa en el ascensor, la mañana de Navidad. Ella no dejaba de atusarse el pelo, ahuecándolo con los dedos mientras se miraba en el espejo. Él parecía más bien ausente, con la vista centrada de forma obsesiva en el cuadro de botones. Yo también odio entablar conversaciones absurdas en el ascensor, y suelo mirar el móvil como si esa pantalla me fuese a salvar la vida. No estaban felices, no exudaban alegría, es cierto, pero eso no significa mucho. Un par de meses antes había conocido a su nieto en el portal. “Hemos ido al parque a jugar”, me dijo mi vecino. Parecía feliz y ansioso por hacerme partícipe de ello. Sabía tratar a la gente; sabía cuándo yo aceptaba que me hablaran y cuándo un ligero levantamiento de la cabeza me bastaba como saludo.

No, para mí estaba claro que no había sido un mal padre. Tal vez no el mejor, pero desde luego no uno malo. Era, sin duda, culpa de esos descerebrados que, absorbidos por la vida, no habían hecho ningún esfuerzo por mantener la unión familiar. Tendemos a pensar que eso es obligación exclusiva de los padres. Pero cuando mueren las familias se disuelven como pastillas efervescentes en un vaso de agua: nadie sabe dónde paran los demás y se limitan a enviarse algún mensaje de texto en cumpleaños y fiestas o, como mucho, a realizar una breve llamada telefónica . No, los hijos también tienen una gran responsabilidad en eso de salvaguardar el núcleo familiar.

Oigo abrirse la puerta del ascensor y cesan los gritos: La policía ha llegado, alertada por algún vecino que, además de cotillear, como lo estaba haciendo yo, también había decidido participar de la acción, quién sabe si llevado por cierto ánimo cívico de evitar una pelea o por aumentar la tensión con la presencia policial. Los gritos se apagan para luego volver a elevarse cuando los cuatro tratan de explicar sus razones a un agente que debe de estar, como yo, harto de escuchar todo de todos. Les anima a entrar en el domicilio y les acompaña. La puerta se cierra tras ellos. Los gritos se transforman en murmullos y yo vuelvo a ser el que era y me dirijo de nuevo a mi casa, termino de abrir la puerta y me aíslo de esa pegajosa sociedad que no me da más que dolores de cabeza y preocupaciones.

Fotografía: Martin Pettitt (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)