Las tierras altas están hechas de agua. Agua que brota de las entrañas de las rocas, las horada, las rompe a su paso y se desborda por las laderas de las montañas, volviendo a sumergirse en las desconocidas profundidades en el momento menos pensado. Torrentes que nos obligaban a parar al borde de cada carretera, embelesados por sus retorcidas intenciones.

Las tierras altas están hechas de agua. Partículas que nos envolvían, una niebla que nos aislaba del tiempo y del espacio, gotas de lluvia que penetraban en cada uno de los poros de nuestra piel, y nos hacían olvidar por qué estábamos ahí.

Las tierras altas están hechas de agua. Lagos de origen desconocido surgidos en lo profundo de valles, tal vez habitados por fabulosas criaturas, aguas que escrutábamos con la ilusión de un niño que descubre su primer tesoro bajo una hoja caída en otoño.

Las tierras altas están hechas de agua. Océanos negros, turbulentos, que envuelven como manto la tierra castigada por guerras medievales, cuyas antiguas crónicas escuchábamos a través de modernos instrumentos.

El agua de Escocia fue para nosotros un fin y un principio. El comienzo de una nueva vida que era en realidad la misma, pero reforzada por un cordel invisible que nos sujetaba a distancias infinitas. En Escocia pudimos por fin olvidar rasos blancos, hortensias y orquídeas, mesas discordes de invitados, empachos de marisco, loas olvidables y vómitos inoportunos.

Este microrrelato apareció en la antología El espíritu de la alhóndiga publicada por la editorial Libros de Pizarra en 2012. 

Fotografía: John Mcsporran (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)