Estaba segura de que me iba a caer, mientras avanzaba a trompicones, como perseguida por perros rabiosos. El bolso oscilaba peligrosamente en mi hombro derecho, el maletín con el portátil en el izquierdo. Una mano sujetaba abrigo, fular, guantes y gorro; la otra arrastraba la maleta que, con conocimiento y alevosía, había colado en el avión como equipaje de mano. En los dientes sostenía el billete del enlace. Nunca se me dio bien viajar ligera de equipaje.

Era el peor aeropuerto donde hacer escala. De la terminal A a la E, calculaba unos veinte minutos, siempre que consiguiera mantener el ritmo cargada con mis bártulos. El vuelo despegaba en un cuarto de hora, pero aún tenía esperanzas: tampoco era el aeropuerto más famoso por su puntualidad en las salidas.

¿Por qué la responsable de reservar los viajes en mi empresa tenía que coger siempre el último enlace de la noche?

¿Y por qué yo no comprobaba el billete hasta el mismo día del vuelo?

En el camino empujé al menos a una decena de personas. No me volví a disculparme ni a ver si se habían caído. Si eran viajeros habituales como lo era yo, entenderían sin necesidad de explicaciones: habrían hecho lo mismo en mi situación.

Llegué por fin a la puerta 35 de la terminal E, miré a la pantalla  y me sumergí en el sumiso pesar del viajero solitario. Otra noche atrapada en un aeropuerto.

Fotografía: Neil Rickards (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)