Ana ha llegado a ese punto indefinido, carente de forma, que resbala sobre el tiempo y el lugar sin llegar a posarse en unas circunstancias concretas. Es ese momento en el que se debate entre el hastío y la desesperación, un límite en el que el que no sabe si caer de un lado y seguir con la rutina o   dejar que el filo del cuchillo desgarre sus entrañas. En un sopor sin chispa aparente que la despierte a la belleza de lo cotidiano, el tiempo para ella se no significa más que la distancia entre una y otra mancha sobre una pared. Son los instantes que pierde mientras intenta descifrar su significado: ¿Sería esa vaga sombra un insecto aplastado bajo la presión de una toalla o una revista olvidadas a los pies de la cama? ¿O a lo mejor esa oscura erosión en el color cetrino de la pintura se debió a un intento de recuperar su equilibrio mientras, subida en una silla con ruedas en las patas, trataba de encajar un pantalón dos tallas más grande de la suya en una pila de ropa condenada al olvido? ¿Sería el resultado de la salpicadura de una bebida carbohidratada de dudoso sabor o una gota escapista de salsa de aquel sandwich que encargó la noche en que su mente no fue capaz ni de preparar la cena? Ana cavila y medita, procesa las probabilidades para acabar dando por vencedor a la salpicadura de un zumo, tal vez de grosella, tal vez de uva, sin que ese entretenimiento momentáneo le ayude a despertar al día que se avecina. Su subconsciente no siente ninguna atracción por esa duda, sólo quiere encontrar la forma de diluirse en esa mancha para luego desvanecerse con ella cuando sea arrastrada por un paño empapado en algún líquido de limpieza. ¿Tendrán las manchas consciencia del tiempo que les queda antes de ser arrancadas de la existencia?

Su gato se levanta sobre las cuatro patas del sillón que descansa junto a la ventana, estirándolas hasta límites que superan la elasticidad natural de la piel, para luego girar sobre si mismo y volver a tumbarse, esta vez dejando caer con pereza la zarpa derecha sobre los ojos, como si la luz que se intuye a través de las gruesas cortinas le molestara. Ana da por sentado que, para él, los minutos se desplazan a otro ritmo. No le agobian los tiempos muertos, a los que entretiene lamiendo cada mechón multicolor de su pelo. No muestra jamás sensación de ansiedad o de agobio y sólo se permite el lujo de manifestar interés por algo cuando el hambre hace mella en su estómago.

Inspirada por su pasividad, Ana se pierde en las distantes profundidades de la bañera. Sumergida en su totalidad, solo la nariz asoma como aleta de tiburón en la superficie, y el aire al ser exhalado forma unas olas minúsculas que se desplazan hasta romper en las paredes de porcelana. Dentro del líquido elemento los sonidos le llegan como un eco lejano, mezclados con voces que serían inaudibles fuera, como si el agua actuara de amplificador atrayendo conversaciones llegadas tal vez de una dimensión distinta de la suya. Entre las voces distingue el llanto de un niño pequeño, tal vez el hijo de los vecinos del cuarto, que está pasando por una enfermedad tras otra; también puede discernir la monótona voz del presentador de la emisora local de radio quien, a fuerza de querer parecer interesante, baja el tono  hasta convertirlo en un susurro perpetuo de vocalización dudosa. En algún lugar un taladro perfora una superficie rebelde, ya que el sonido se alarga durante varios minutos. Dos bocinazos de dos vehículos diferentes sin un estruendo posterior le advierten de lo que pudo ser y no fue. Pero cada ruido, cada sonido, cada voz, le llegan amortiguados, reprimidos, y Ana se deja llevar por el vacío de su mente.

Un segundo, una hora, tal vez un eón más tarde, oye el golpe seco de la puerta de la casa que la devuelve a un estado de semi vitalidad. Él se asoma por la puerta del baño y le sonríe. Se agacha sobre la bañera para besarla, cuidando de sujetar contra el cuerpo la punta de la corbata para que no se sumerja en el agua ya templada, casi fría. Le oye comentar las historias del día mientras trata de llenar su cabeza con fantasías de actividad. Sale de la bañera con desgana, se seca de manera precipitada dejando que la camiseta llena de agujeros absorba la humedad que resta en su espalda y se arrastra hasta la puerta del dormitorio, desde cuyo dintel le observa mientras cambia el traje por un atuendo más casero. Le mira cuando él formula por fin la temida pregunta: ¿Qué has hecho hoy?

Ana no sabe cómo explicarle que ha sido absorbida por el tiempo.

Fotografía: Mislav Marohnic (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)