¡Cómo no vas a saber lo que es el grijo!—, me dijo mi abuela al tiempo que me servía un cuarto de tortilla con cebolla y me miraba con expresión de suficiencia. He buscado grijo en el diccionario de la RAE. Y en la Wikipedia. Y en Google. Y no he conseguido descubrir qué significa. Por el contexto creo que es gravilla, pero no estoy muy segura. El pueblo tiene su propio vocabulario, palabras incomprensibles a oídos de un urbanita, del estilo de fris-fris o disco. Y eso sin entrar en términos agropecuarios.

Sí, he vuelto al pueblo.

Y mientras estaba allí, deleitándome con la vuelta (mi casa, teléfono…), he observado, he reflexionado y he llegado a la conclusión de que en el pueblo no todo permanece inamovible en el tiempo, como yo creía. Hay sutiles cambios, variaciones que se aprecian cuando sólo vas una vez cada tres años.

En mi pueblo ha cambiado la fuente de ingresos: ya no hay ganado, apenas queda una docena de cabras y ovejas despistadas que pasean por la vega colindante a nuestra casa a última hora de la tarde. Ahora la economía se sustenta en esos aerogeneradores que destrozan la línea del horizonte con su perfil de molino de viento ultramoderno y que perturban el sueño con su voz de ultratumba filtrada a través de las miles de oquedades de las montañas calizas.

Para contrastar con la alta tecnología, en el pueblo ahora se siembran girasoles. Decenas, cientos, miles de girasoles. El alcalde del pueblo (Ia pirámide administrativa también existe en los pueblos minúsculos) me ha comentado que su cultivo está subvencionado para fabricar combustible de maquinaria agraria. Así que el paisaje se ha remodelado para propiciar la reencarnación de Van Gogh. Me gustan más los girasoles que el trigo o el centeno, pero me he dado cuenta de dos cosas: los capítulos de los girasoles no se orientan al sol, como yo pensaba, sino que miran en la dirección opuesta, y siempre hay un girasol rebelde que mira hacia donde le da la gana en lugar de hacia donde se dirige el resto. Da mucho que pensar esto del girasol que reniega del compás.

También ha crecido el número de bares en el pueblo. Ahora hay dos. Dos bares y una decena de habitantes en invierno. Es una proporción bíblica. Uno de los locales es una cooperativa, lo que significa que te sirves tú mismo y pagas lo que corresponde depositando el dinero en una caja de puros. Es todo un ejercicio de honradez. Probablemente yo haya echado dinero de más, porque los precios en el pueblo son ridículos, pero me comentan que lo recaudado es para las fiestas del próximo año, así que me siento benefactora de una buena causa.

—¡Dios mío! Jamás se ha visto tanta circulación en esta carretera—. Eso dijo mi abuelo después de cruzarnos con dos coches en la vía comarcal que lleva a mi pueblo. Sí, con dos coches. Al parecer la densidad del tráfico también ha variado y está a punto de producirse una congestión que ni Brooklyn en hora punta.

Otras cosas no cambian por mucho tiempo que pase. No entraré de nuevo en el tema insectos, que siguen ahí. Yo diría que las arañas han mutado, pero con bastante seguridad se trata de una apreciación personal totalmente errónea.

Mi pueblo no tiene cobertura. Ni telefónica, ni 4G, ni 2G ni 0G. Nada. Un vacío comunicativo. Sin embargo hay internet a la altura del primer campo de girasoles yendo hacia la ermita; hay cobertura a unos tres kilómetros en el desfiladero, junto al pilón de agua para vacas repleto de renacuajos esperando su oportunidad para salir del charco; hay cobertura junto al puente derruido donde me bañaba de pequeña y que ahora me hace pensar que mi abuela era negligente.

Todo es incomprensible en el pueblo.

Tampoco han cambiado las puertas sin cerrar y los gritos vecinales que te sacan de la privacidad de tu casa a golpe de sugerencias, interrupciones y groserías. Señora, no salgo a la piedra a leer un rato porque me comen las moscas.

Al menos han asfaltado las calles.

—A mí no me suena haber visto este helecho antes—, dijo mi marido cuando llevábamos media hora perdidos en el monte. A mí no me suena que mi marido haya cursado estudios de botánica, pero eso es lo bueno del pueblo: no deja de sorprenderte.

Para mal, se entiende.

El pilón de agua del desfiladero

El pilón de agua del desfiladero

Si quieres saber más de mi pueblo, puedes leer este otro relato: «De mi no-familia, bichos y demás sentimientos«.

Fotos: G.Isusquiza  Licencia Creative Commons