Cuando era pequeña, mi madre no dejaba de asegurarme que el futuro sería lo que yo hiciera de él. Sentada cada noche en la pequeña silla de mimbre rosa junto al cabecero de mi cama, me hablaba de una tierra próspera y fértil, de un avenir donde nadie sería infeliz porque no habría motivos para ello; donde la gente conseguiría los propósitos perseguidos sin esfuerzo porque todo estaría al alcance de todos y cada uno de los habitantes del planeta. El futuro sería el paraíso soñado, que  vislumbraba como una tierra pintada en colores pastel.

Yo, con mi vacua experiencia por bandera, creía con firmeza todo lo que me decía porque la fe que los niños tienen en sus padres es ciega, al menos hasta que llegan a la triste edad del desengaño y del violento choque con la realidad. Me sumergía entonces, arrullada por sus palabras, en sueños dichosos, relajados, donde la historia se concebía a la medida de una niña de cinco años.

En ellos Concha, la vecina de arriba, recibía con alegría y jolgorio la llegada de su sereno marido cada noche y entre bailes y cantos hablaban y charlaban sobre la fortuna que el día les había deparado; Javier veía como, jornada tras jornada, una nueva pierna crecía donde antes estaba el muñón que le había acompañado, indeleble, desde su nacimiento y preparaba con ilusión una lista de las sendas que recorrería cuando su nueva extremidad se lo permitiera; mi familia comprobaba con sorpresa cada mañana cómo la alacena aparecía rebosante de alimentos de todo tipo, desde vulgares patatas a exóticas frutas cultivadas en tierras lejanas. Mi madre descubría nuevas recetas, probaba combinaciones de sabores e invitaba cada día a vecinos, amigos y desconocidos que pasaban por la calle y que compartían con nosotros esas pequeñas guindas de saciedad.

Pero por la mañana, olvidadas las promesas nocturnas y retornada a la mísera realidad, comprobaba con desilusión que Concha seguía llorando y gritando de dolor a expensas de su marido alcohólico y malhumorado; que Javier se arrastraba, huraño, apoyado en una muleta y que nuestra alacena era un expositor de alimentos invisibles donde ni siquiera los insectos tenían a bien aparecer.

Y así fui perdiendo la fe en mi futuro, en mi tierra multicolor llena de gente feliz, en mi madre. Sus mentiras dejaron de poblar mis sueños y su presencia en mi cabecero provocaba odio más que impelía a las sombras.

Crecí y olvidé a Concha y a Javier, e incluso a mi madre, que quedó atrás, un desecho en el camino de la vida, sin tener la oportunidad de llegar a ver la tierra convertida en un paraíso. Y un día, mientras esperaba mi turno en la cola del supermercado, comprendí que no era a mi a quien quería insuflar ánimos, sino a sí misma, y que, en realidad, mis sueños prometidos eran los suyos, que sus historias ahogaban el llanto mejor que las sábanas amarillas y raídas en las que se refugiaba cuando yo me quedaba dormida.

Hoy soy yo la madre, y herida de muerte por mis propios fracasos, le cuento a mi hija las mismas mentiras, las mismas promesas de felicidad.

Ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste pero, año tras año, madre, aún acudo a tu tumba y susurro en silencio: La tierra sigue sin ser un paraíso.

Fotografía: Mark Freeth (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)