Había dejado unos guantes de terciopelo morado en la cómoda de la entrada, unos guantes que no podían ser más que de Ilda, la hija del Duque de Thorshire. Aristócrata de cuna, engreída, soberbia, rubia de bote, lánguida como sólo ella podía llegar a serlo. No hay ninguna duda de que está indignada por descubrir que se queda fuera del reparto de la herencia, aunque su recién estrenado matrimonio con el conde francés y, sobre todo, el acuerdo prematrimonial que han firmado, mitigan en buena parte el impacto sobre su situación económica. Pero claro,  no ha podido ser ella. Ilda salió de escena en el momento en que se confirmó su estancia en París esa noche. ¿Por qué mandé a Ilda a París? En aquel momento me pareció una idea brillante, pero no logro recordar dónde estaba la genialidad de la cuestión.

Luka, el hijo pequeño, es, en teoría, demasiado joven y débil para poder empujar la gárgola por la balconada. Sus huellas estaban impresas en ella pero eso tiene fácil explicación: la terraza es uno de sus lugares favoritos de juego. No sólo porque es el punto más alto de la mansión, sino que además se construyó ahí una pequeña habitación de paredes acrisoladas para que pudiera jugar y leer. Una especie de refugio de lujo. De todas formas, dejé todo preparado para que fuera un sospechoso viable. Me tomé la molestia de advertir de la presencia de un hongo que había dañado gravemente la estabilidad de la estatua. Los accidentes lamentables a veces tienen lugar a pesar de las circunstancias adversas. Es entonces cuando decidí que el crío se pusiera enfermo. Mientras tuvo lugar el suceso, él guardaba cama con 39 grados de fiebre. Se había enfermado ese día cuando, yendo al lago a remar, se cayó al agua helada y cogió una neumonía. No podía salir de la cama. ¡Mucho menos subir a la terraza a empujar un pedrusco de casi noventa kilos!

El jardinero está de vacaciones (algo que me encargué de confirmar en el capítulo seis). Y la doncella, siendo su mujer, se ha ido con él. La cocinera no era capaz ni de levantarse para ir al baño, teniendo en cuenta la sobredosis de pastillas para dormir que tomaba todas las noches. A la mañana siguiente el inspector tuvo serios problemas para despertarla, así que es imposible que ella sea la asesina.

Pero, ¿y entonces? No. No puede ser. Se supone que esto no tendría que acabar así, pero no hay otro final posible, no puedo encajar las piezas de ninguna otra forma. Es perfecto. Es brillante. Todo tiene su razón de ser y todo confluye en el único y lógico final. Tengo en mis manos la llave de la sagrada trinidad: motivo, medio y oportunidad.

Pero es que es tan ridículo. Es un final previsible y aburrido. ¿Quién con un mínimo de cordura querría comprar este libro? Ya veo las críticas demoledoras hablando de mi falta de originalidad, inspirando un artículo en alguna revista literaria sobre los topicazos de la literatura negra.

¿Cómo he llegado a esta situación? Si todo iba bien, la intriga era máxima, el texto estaba bien estructurado, no dejaba entrever la solución final, engañando al lector a cada paso.

Parece que no lo haya escrito yo. Es como si la historia se hubiera apoderado de mi y me hubiera indicado por dónde debía seguir, como si conociera su propio final antes que yo. Pero eso es absurdo, ni siquiera yo estaba seguro de quién sería el responsable de tan truculento suceso. Había dejado en la trama pistas que apuntaban a distintos sospechosos. Tenía varias opciones viables en mis cuadernos de notas, pero…

Pero no hay salida posible. El asesino es el mayordomo.

Fotografía: Olibac (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)