El escritor se sienta en la mesa de conglomerado de la cocina rodeado de un frutero y un juego de cuchillos. El escritor se sienta en un escritorio de madera noble labrada del siglo XVI con una mancha imborrable de un viejo tintero derramado. El escritor se sienta en una tumbona playera al sol del atardecer en su jardín. En realidad, no importa dónde esté. Él se sienta, y tiene ante si una hoja rayada de un cuaderno de supermercado unos cuantos folios grabados por el extremo superior derecho, una pantalla deslumbrante de un ordenador de última generación. Tal vez el escritor no tiene nada, sólo los ojos cerrados y el lienzo en blanco está en su mente. El escritor deja que las palabras fluyan a través del laberinto de sus pensamientos y las transfiere al soporte elegido. Cede a la tentación, las lee y comprueba si expresan lo que realmente quería decir. Se deja caer con suavidad sobre el respaldo de la silla, o del sillón, inclina la cabeza hacia atrás y exhala. Mueve con delicadeza los hombros, los eleva hacia las orejas, los empuja hacia atrás intentando que sus omoplatos se unan, como si calentara sus músculos antes de sumergirse en una piscina. El escritor sabe que a veces relajar el cuerpo ayuda a liberar la mente. Se le ocurre la idea de salir a correr un poco, pero la descarta con rapidez: el escritor no siempre tiene algo que se asemeje a unas zapatillas de deporte.

El tiempo pasa, los segundos, los minutos y las horas se deslizan, y el texto se doblega a sus deseos. De vez en cuando, el escritor se levanta, va hasta el baño o se da un paseo por la nevera. Da una vuelta por su reducido cuartucho, por su espacioso despacho, por su jardín poco cuidado donde los hierbajos comienzan a sumergir sus pies en la penumbra de lo desconocido. Habla consigo mismo. Es un orador nato. Mantiene discusiones, encendidos debates, diálogos fantasmas. Se ríe con inusitado entusiasmo cuando encuentra la palabra precisa. Se frustra cuando no. Coge libros de las estanterías, y los ojea con vertiginosa rapidez. Pasa las páginas en un suspiro esperando encontrar el término preciso que se ajuste a lo que quiere expresar, que se acople a una frase y le dé el sentido que busca. A veces se pierde en búsquedas estériles por los confines de la red. No encuentra lo que busca y pierde la esencia del tiempo en el proceso.

En sus incursiones a la cocina, picotea. Onzas de chocolate, un trozo de pan con chorizo, o con leche condensada. Si hay suerte, y se ha pasado esa semana por el supermercado, come pipas, patatas fritas o cortezas de cerdo. Se decanta por una bebida u otra en función de la hora del día. Después de comer, siempre café. A las tres de la madrugada, prefiere un té. Para no perder el sueño. Eso dice el escritor.

El escritor sale de casa a regañadientes cuando está inmerso en su obra. Se ducha sólo si es estrictamente necesario, si ve que la gente deja un espacio vacío a su alrededor y le mira frunciendo la nariz. Él no entiende por qué debe prestar atención a lo que no sea su obra. El escritor sufre continuas interrupciones: de su mujer, del cartero, de la compañía telefónica… El escritor tiene que ir al banco y al supermercado. Tiene que pasarse por el zapatero, comer con sus padres el domingo y pasear al perro cada mañana y cada noche. Se frustra, se enfurruña, no le dejan liberar la maraña oculta en su cabeza.

A pesar de las interrupciones, su relato progresa. Las horas se suceden y completan días, semanas y meses. La obra va tomando forma. A veces, el escritor tiene la sensación de que es el relato quien le moldea a él, pero no le importa, con tal de que siga avanzando. Las letras se unen en palabras, en frases, en párrafos y en capítulos. Aparecen tramas, escenarios y personajes, que reflejan el sentir del escritor. El desenlace está próximo. El escritor está cansado.

Las estaciones han pasado. La nieve sobre los dejados se ha derretido y las yemas en los árboles dejan asomar las primeras flores. La obra está terminada. El escritor pulsa por última vez la tecla “guardar”, o coge el taco de folios ya desgastados por tanta revisión y los golpea contra la mesa en un esfuerzo por alinear las hojas, antes de guardarlos en una carpeta.

La obra ya ha dejado de pertenecerle. Ahora correrá un destino que no dependerá de los deseos del escritor. Tal vez acabe en un cajón, o en las estanterías de cientos de miles de personas. Tal vez se traduzca a otros idiomas, y pierda en esencia lo que gane en difusión. Tal vez sea una obra tratada con mimo, que se deje en herencia a otra generación, o acabe sirviendo de calce a una mesa que cojea. La obra ha dejado de acompañar al del escritor, de formar parte de su vida, y sigue su propio camino.

El escritor deja que nuevas ideas, oprimidas durante meses, inunden su subconsciente. El escritor se sienta en la mesa de conglomerado de la cocina rodeado de un frutero y un juego de cuchillos. El escritor se sienta en un escritorio de madera noble labrada del siglo XVI con una mancha imborrable de un viejo tintero derramado. El escritor se sienta en una tumbona playera al sol del atardecer en su jardín. En realidad, no importa dónde esté. Hay nuevas historias que contar.

Fotografía: Ritesh Nayak (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)