Es que el número de opciones es asquerosamente grande: cuchillos de filo liso o de filo ranurado. Cuchillos que tienen la punta rematada de una y mil formas: plana, de tipo sable, escandinava, cóncava, convexa o con borde en forma de cincel; puntas que acaban en ángulo de quince grados, como los cuchillos japoneses de dos filos, de veinticinco, como los cuchillos occidentales o de cuarenta y cinco, como los japoneses de un solo filo. Y eso sólo si nos paramos a pensar en cuchillos de cocina, porque si queremos generalizar al extenso mundo de las armas blancas también pueden entrar en juego hachas, machetes, navajas, lanzas, jabalinas, dagas, puñales, rodelas, virotes, picas, montantes, estoques, espadas, alabardas, partesanas, ballestas… Les aseguro que tuve que buscar información de todas y cada una de ellas antes de decidirme por el cuchillo de cocina, sin duda lo más sencillo.

Entonces es cuando empecé a leer informes policiales, forenses, médicos… y me encontré con que las heridas que provocan los cuchillos no son heridas sin más, sino que pueden ser punzantes, cortantes, punzocortantes, cortocontundentes o punzocontundentes en función de la longitud del filo, su poder de penetración, su peso relativo y mil y un factores más. Bueno, en realidad las contundentes quedarían fuera del alcance de los cuchillos de cocina, pero ya que estaba en ello, pues también recopilé información y datos varios sobre ese tipo de heridas. Nunca se sabe cuándo vas a acabar defenestrando a alguien con un hacha de seis kilos.

Además de todo esto que les he expuesto, las heridas pueden ser a su vez defensivas o de vacilación,  en función del carácter de víctima y asesino, o directamente un overkill, que es como podríamos describir la escena de la ducha de Psicosis, para que me entiendan. Pueden ser también pre o postmortem, con las diferencias respecto al flujo de sangre que ello entraña. Un caos, sin ninguna duda.

Ahí estaba yo, sin poder decidirme. Porque el lector no es estúpido, entiéndanme. Puedo escribir que el asesino apuñaló a tal o cual personaje, pero el lector quiere más, quiere mucho más. Créanme. Quiere detalles y si son escabrosos mucho mejor. Quiere saber que el filo rozó  tal o cual arteria, razón que justifica que tenga dos, o tres o yo qué sé cuantos manuales de anatomía en casa; quieren saber cuánto tardó en desangrarse, si era una herida fatal de necesidad o si había pie a que la víctima, dada por muerta y abandonada, se arrastrase con jadeos ahogados hasta alcanzar el teléfono móvil y marcase el 112 sin llegar a contestar por un desvanecimiento provocado por un fallo multiorgánico o por pérdida masiva de sangre. El lector quiere saber: eso es así y no hay por qué darle más vueltas. Necesita conocer muchas cosas y eso significa que el escritor necesita saber todas esas cosas y alguna más que no se le ocurra al lector, para cogerle con sorpresa con algún detalle crucial que no hubiera considerado y que dé sentido a la superioridad y control del redactor de la novela frente a su sufrido y siempre expectante recogeletras. Es absolutamente necesario que el escritor lleve siempre la delantera.

Así que ahí me tienen, cuchillo en mano, dando vueltas alrededor de la mesa de la cocina. Escogí un cuchillo japonés llamado usuba: ni muy grande ni muy pequeño, se usa normalmente para cortar vegetales. Las razones por las que me decanté por esta y no por otra arma blanca son varias y no creo que les apetezca escucharlas. Diré que tenía que ver con los orígenes orientales de uno de los amigos de la infancia del asesino con el que, por circunstancias de la vida, había vuelto a coincidir después de más de treinta años. A ver, la novela está en su primera fase de borrador. Aún faltan por pulir bastantes detalles.

La elección del arma estaba clara, sabía a quién iba a matar, bajo qué circunstancias, en qué momento… pero me faltaba lo básico: una escena perfecta en la que describiera con todo detalle lo referente al ángulo de penetración de la hoja, el sonido de la tela de la ropa desgarrándose, la resistencia que ofrecería la carne bajo ella, el golpe seco con el hueso antes de que este se resquebrajase o bien obligara al cuchillo a torcer su trayectoria, el taponamiento de la sangre hasta que la hoja fuera extraída con ira antes de clavarse en otro punto del cuerpo… como ve, faltaban mil puntos para hacer de la historia algo verídico.

En la cocina, cuchillo en mano, sopesando su tamaño, pensando en todo esto, me sentía como Jessica Fletcher en Se ha escrito un crimen. La visualizaba dando vueltas ella también con un cuchillo en mano, metiéndolo al cajón de los cubiertos, sacando otro, haciendo el gesto de acuchillar a alguien para al final ver la respuesta en su mente y ponerse a teclear como una histérica. Pero yo no soy natural de Cabot Cove y claro, no he tenido la oportunidad de ver un crimen en vivo y en directo, como parece que le sucedía a ella día si y día también. Lo más que me ha sucedido, hace tres años, es que el vecino del quinto se suicidó saltando desde la ventana del balcón porque su mujer le había engañado con su hermano. Pero eso no es lo mismo que un asesinato con arma blanca, las motivaciones son diferentes  y la tipología de los daños en el cuerpo no tienen nada que ver salvo que hubiera atravesado alguna cubierta de vidrio en la caída, cosa que no sucedió. Así que me encontraba rodeado de armas, de libros con descripciones medicas pero falto de la experiencia personal necesaria para describir un clímax como ese.

Entonces encontré yo también la solución. Ni corto ni perezoso, llamé a la puerta de la vecina de al lado y, según se asomó por un pequeño resquicio, empujé la puerta con fuerza, arrinconándola contra la pared del descansillo y le apuñalé, una vez tras otra, hasta completar las treinta heridas que tenía en mente para mi novela. Fue entonces cuando pude volver a mi apartamento, me senté delante de mi ordenador y, en apenas un par de días, acabé la historia que tantos quebraderos de cabeza me había dado.

¿Que por qué escogí a mi vecina de al lado y no a otra persona? Bueno, porque ella era muy aficionada a la repostería y se pasaba el día con el robot de cocina encendido. Entenderán que eso no ayuda a concentrarse a cualquiera que quiera escribir una novela.

Fotografía: John Thompson (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)