Mi abuela materna, como la suya antes que ella, y como todas las demás abuelas que he conocido, tenía un remedio infalible que solucionaba la gran mayoría de los problemas de salud que los miembros de la familia al alcance de sus pociones podíamos tener: la manzanilla. La manzanilla lo cura todo. Que nadie abra los ojos con desmesurado asombro, ni los cierre con perspicaz duda. Lo cura absolutamente todo. La manzanilla cura los vómitos, las diarreas, el dolor de estómago, los nervios, las infecciones en ojos y oídos… Toda enfermedad que pase por la mente del hipocondríaco diagnosticado, la madre primeriza, la enfermera de colegio o el entrenador de alevines, la cura la manzanilla. Y si no la cura, al menos ejerce sobre ella un efecto paliativo.

La manzanilla es el Supermán de los remedios caseros.

Hace ya unos cuantos años (no me detendré en pensar en lo rápido que pasa el tiempo), tuve un accidente en bicicleta. Quien dice accidente quiere decir que me asusté, derrapé en seco y me fui directo al suelo de la forma más estrepitosa posible. Nunca he sido muy hábil pedaleando. Bueno, ni andando en bicicleta ni en ningún otro deporte. En realidad, he manifestado en no pocas ocasiones notorios problemas para mantenerme en pie con un poco de dignidad. Me gustaría creer que lo que me falta en aptitudes físicas lo suplo con mi inteligencia, pero tampoco es algo de lo que esté seguro. La cuestión es que me rompí un brazo y me dolía muchísimo, porque a los niños cualquier rasguño les duele muchísimo, y si no les duele, disimulan para que parezca lo contrario. Pero a mí sí que me dolía muchísimo. Y mi abuela tuvo a bien decirme que no me quejara y me metió el brazo en una palangana rebosante de caldo de manzanilla. Que tal y como supondrá cualquier adulto avispado, no me soldó el hueso roto. No recuerdo si al menos bajó la inflamación, pero apostaría a que tampoco. Al día siguiente solucionamos el problema con la pertinente visita al traumatólogo, radiografías y una escayola de las que pican mucho por dentro decorada con grandes dosis de mal gusto por mis compañeros de clase.

Nunca me he agobiado mucho con este tema de las infusiones. Beber manzanilla no hace daño. Aunque es cierto que siempre me ha provocado vómitos cuando tengo dolor de estómago. Peor hubiera sido si a mi abuela alguien le hubiera inculcado la pasión por el aceite de ricino o el aceite de hígado de bacalao. Aceites que, por otra parte, no he probado, pero de los que no tengo referencias satisfactorias.

A mí me gusta más la química. Pastillitas de todas las formas y colores: blancas y redondas para el dolor de cabeza, naranjas para la tos, alargadas y rojas para la tensión, planas y azules para la coagulación y gordas y verdes como anticoagulantes; sobres con polvos mágicos que prometen inimaginables efectos beneficiosos; botellitas con líquidos que saben a caramelo y curan catarros, gripes y hasta pneumonías. La alquimia moderna es lo que me hace sentirme mejor aunque, como la manzanilla, tenga su origen en la misma fuente y tal vez esconda mucho de placebo y poco de remedio.

Mi abuela no se encontraba bien. Lo que para mí es química, para ella era algo de lo que desconfiar, algo que no entendía ni quería, por mucho que su médico, al que trataba de usted, se empecinara en recordarle que tenía que tomar la pequeña verde todos los días o la roja grande cada doce horas. Ella seguía con su manzanilla, y almacenaba las cajitas de medicamentos en el armario del baño hasta que caducaban y las tiraba a la basura. Manzanilla arriba y manzanilla abajo. Manzanilla para desayunar y manzanilla para cenar. Y mi abuelo, que sabía que coger flores de manzanilla en el campo es ilegal, las recolectaba cada domingo en su escapada al último rincón verde de una gris ciudad. Porque tomaba litros y litros de manzanilla sí, pero natural. Nada de esos sobrecitos edulcorados de papel de filtro con cordel y etiqueta amarilla colgando al final. Las manzanillas se hervían en agua, se filtraban con el colador pequeño del cajón de los cubiertos y se les añadían tres o cuatro cucharadas de azúcar. Como bien sabe quien haya tenido una abuela como la mía y haya padecido el placer de beber manzanilla natural, es amarga. Muy amarga. Desagradable al paladar y rasposa en la lengua. Nunca quise plantearle a mi abuela la duda de si tanto azúcar no sería más bien perjudicial y contrarrestaría el beneficioso efecto de la bebida. Mi abuela era una experta despachando preguntas incómodas.

Como si formara parte de esta mágica pócima, el envoltorio era también fundamental. La manzanilla había que tomarla en taza baja nacarada, con esmalte de flores y reborde dorado que imposibilitaba preparar la bebida en el microondas. Con platito a juego, que tenía una doble función: cubrir la infusión hasta su punto exacto de preparación y dejarla después en la mesilla de noche antes de ir a dormir. No servían ni las tacitas pequeñas de café ni las grandes de consomé con dos asas. Por supuesto era imposible plantear la posibilidad de los mugs o las tazas promocionales.

Yo no veía que la manzanilla le estuviera haciendo ningún bien. Cada día estaba más demacrada, más cansada. Ya casi no salía de casa. La convencí para que contratase a alguien que la ayudara en las tareas del hogar. Más bien la obligué. Un domingo fui a visitarla. Estaba pasando la aspiradora. O tal vez fuera más acertado decir que era la aspiradora la que la pasaba a ella: cada vez que la máquina se enganchaba en una puerta o un mueble, tiraba de ella hacia atrás. Como siempre, mi abuela tenía razones para justificarlo todo: que si la chica esa no sabía cómo pasar la aspiradora, ni limpiar el polvo, que había que ir detrás de ella repasándolo todo, que no planchaba las camisas bien y a Andrés no le gustaba cómo quedaban… Y ahí me ponía yo a limpiar las ventanas mientras ella se tomaba una taza de manzanilla, sentada en el sofá y viendo el programa de cotilleos de turno.

Con el transcurso del tiempo, ya no pudo oponer resistencia. Ni a que otra persona limpiara la casa, ni a nada. Pasó de ser una anciana a ser de nuevo un niño pequeño, al que hay que ayudarle para todo. Para vestirse y para ir al baño. Para recordar y tomar esas pastillitas de todos los colores, acompañadas de un sorbo de manzanilla caliente.

La taza está sobre la balda en la que almaceno diccionarios y guías de consulta. De vez en cuando la miro, la cojo, voy a la cocina y la limpio con agua para quitarle el polvo, le añado agua caliente y un sobre de manzanilla. Además de no andar bien en bici, tampoco es que me guste mucho ir al campo.

Fotografía: Matthew Hadley (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)