Ella había estado buscándolo durante meses. El lápiz mágico, lo llamaba. No era un lápiz para escribir, lo que cabía imaginar. El lápiz mágico era un pintalabios, un lápiz de labios, un labial. Hay mil maneras de llamarlo. Pero no se parecía en nada a esos labiales que venden en las tiendas de cosmética o en las grandes superficies. Para empezar, era de color verde. Sí, verde. No un tono apagado más próximo al amarillo que al verde. Tampoco un color oscuro, como el musgo o un bosque noruego con esa mezcolanza de tonos más bien próximos al gris que se funden con las rocas. Era un verde intenso, poderoso. El que usaría un niño para pintar la hierba, el que primero se terminaría en su caja de lápices de colores. Eso ya me provocaba cierto resquemor, la existencia de un labial verde. Hay cosas que no deben ser verdes. Me imaginaba alguien con los labios ese color. ¿Acaso no es síntoma de tener que ir al médico? Cuando le expuse mi preocupación me miró como si yo fuera un extraterrestre. “El pintalabios es verde, pero en los labios no queda de ese color, estúpido”. Lo de estúpido me lo decía mucho pero yo creía, o quería creer, que lo decía con cariño, como cuando le dices a tu amada “pero mira que eres tontita” si se muestra precoupada porque te has cortado con la chuchilla de afeitar. Hay quien prefiere cuchicuchi, hay quien dice polluela, hay quien dice tontita. Sin maldad alguna, sin menosprecio.

El poder mágico del lápiz radicaba, como bien me dijo ella, en que, al contacto con la piel, cambiaba su color y tintaba los labios de un tono que iba del rosa intenso al rojo apagado en función, al parecer, del pH de la piel de quien lo usara, de la temperatura externa o, incluso, del estado de ánimo. Vamos, que al parecer el labial ese era como un milagro: si la mujer estaba animada y hacía calor, el color de sus labios sería rosa como chicle o como una frambuesa madura recién cogida del arbusto; mientras que, si estaba triste y llovía, el rosa sería pálido, apagado, un tono pastel diluido en tinta blanca hasta hacerse casi imperceptible. Desde luego tenía algo de mágico, es cierto, no cabía explicárselo de otra forma por aquel entonces.

Ella estaba loca por conseguir el lápiz original. Había comprado decenas en tiendas de la capital, a través de internet, en páginas de segunda mano de dudosa procedencia… pero nada. Ninguno de los pintalabios cumplía sus expectativas. Tal vez sus deseos eran demasiado inalcanzables, le dejaba caer yo de vez en cuando. Lo hacía de la forma más sutil posible, pero nunca terminaba de evitar esa mirada de odio que ella me dedicaba desde el fondo de su alma.

Cuando llegó la primavera y empezamos a pensar en planear las vacaciones, me dijo que quería ir a Marruecos. Al principio no lo entendí, porque a ella le gustan las grandes urbes occidentales, llenas de tiendas de lujo y museos, pero pronto caí en la cuenta: quería ir a Marruecos porque de allí era originario el dichoso pintalabios. Por supuesto se salió con la suya. Pasamos diez días de pueblo desértico en pueblo desértico, hasta que dio con la barra de labios que quería en una tienda que tenía más de ocultismo que de cosmética. Compró diez cajas de veinte unidades cada una. Las guardó en el congelador, pensando que así se conservarían mejor. Apuntó los datos de la vendedora para poder encargarle más si hiciera falta.

Los ha venido usando desde hace diez años. Dos, tres y hasta cuatro veces al día. Siempre me ha parecido que tenían algo de adictivo porque sentía la necesidad de retocarse los labios cada pocos minutos. Pero se la veía feliz, encantada con el color, más segura incluso de sí misma.

No ha sido hasta hace un año que hemos sabido que el ingrediente mágico era un compuesto químico carcinógeno y un disruptor endocrino. Por eso nunca pudimos tener hijos, a pesar de que, en apariencia, nuestros análisis eran normales. El cáncer ha llegado más tarde, lo hemos descubierto hace tres semanas, pero está en un estado tan avanzado que, aparte de aliviar los síntomas, poco más podemos hacer.

Pero lo más terrible es que se niega a dejar de usarlo. No puede renunciar a su lápiz mágico.

Fotografía: Degrees of fashion.