Según despierta desde su posición fetal, Maya abre los ojos y lo primero que ve es un cuaderno de tapa dura de piel burdeos sobre la mesilla de noche. Tiene el extraño presentimiento de que ese cuaderno ya lo ha visto antes. Es la misma sensación que tuvo ayer, antes de ayer  y el día anterior. Grabada en la portada en color oro está la palabra Diario. La palabra se desgrana en letras escritas con una fuente manuscrita, con un curvatura y diseño que le hacen sospechar que han sido talladas a mano. Se incorpora sobre la almohada, coge el cuaderno y lo hojea, pasando las hojas con curiosidad al principio y con ansiedad después, dejando resbalar la mirada sobre párrafos concretos que elige al azar, sobre palabras donde la tinta se ha acumulado demostrando un carácter más rebelde hasta formar algún que otro mancharon, sobre líneas subrayadas una y otra vez hasta casi rasgar el papel, hasta llegar al punto que le interesa.

Maya trabaja como administrativa en una empresa de seguros: atiende llamadas, gestiona la agenda de sus jefes, prepara facturas, archiva documentación y paga a proveedores. A mediodía come un sándwich de pechuga de pollo cocida, aderezada con lechuga, un par de rodajas de tomate y salsa mahonesa para hacer digerible el engrudo, acompañado de una Coca-Cola light. Apenas veinte son los minutos que emplea para ello en la minúscula sala de descanso de la oficina, donde las paredes están forradas de carteles que pretenden fomentar el ánimo y la productividad, ilustrados con fotografías de gente feliz ante mesas desbordantes de papeles. Es casi la única persona que hace uso de esa sala, que tiene por todo mobiliario una barra con dos taburetes, un pequeño frigorífico y un microondas lleno de manchas que da bastante asco usar, razón por la que Maya opta por los sándwiches. Antes de volver a su cubículo por la tarde, Maya va con un par de compañeras a única cafetería del polígono donde está su oficina y se toma un cortado largo de leche. Conversa con ellas, les escucha hablar de sus parejas, de sus hijos y de los pequeños problemas que desbordan su día a día. Maya no tiene problema en relacionarse aunque su vida diste mucho de parecerse a la de ellas: no tiene hijos, no tiene pareja y su rutina es tan simple y bien definida que apenas sí necesita pensar en qué hará a continuación. Es una de esas personas que cae bien: todo el mundo opina es empática, que sabe escuchar y que da buenos consejos siempre que se los pidan, sin llegar a inmiscuirse sin recibir una invitación a ello. El día de su cumpleaños la oficina es un desfile constante de paquetes, cajas de dulces, flores y tarjetas de felicitación hasta tal punto que la puerta suele permanecer abierta para que la recepcionista no tenga que estar atendiendo al timbre cada pocos minutos.

Después de comer, como todos los días, asiste a una reunión de equipo para revisar la planificación de las próximas semanas. A pesar de que su cargo no es transcendente para las actividades de la empresa, las opiniones de Maya se respetan, porque es eficiente, responsable, gestiona con la sabiduría que dan años y años en el mismo puesto y siempre cumple con lo que se compromete. A pesar de eso, nunca ha querido destacar, ni ascender a algún puesto más interesante, por mucho que se lo han pedido. Da la impresión de querer mantenerse en un puesto medio, en una neutralidad que podría considerarse preocupante si fuera analizada por un experto. Aún así, disfruta de algunas prerrogativas, como ser la primera en escoger las fechas de vacaciones y permisos aunque, como no tiene familia, suele ceder su privilegio a padres agobiados por cuadrar los festivos con las vacaciones de sus hijos.

Por las tardes Maya reparte su tiempo entre clases de alemán, visitas esporádicas al gimnasio y lecciones de patchwork ante el ordenador de su casa. Un par de veces a la semana queda con sus amigas de la universidad para recordar viejas correrías alrededor de una cerveza o de una taza de café, o se va al cine con algún chico, en una primera cita que nunca será sucedida por una segunda.

Maya suele llegar tarde a casa, muchos días pasadas las diez de la noche. Le gusta cenar purés o caldos. Cocina bastante bien, de vez en cuando prepara tartas, bizcochos y pasteles que lleva al trabajo los viernes, para que sus compañeros disfruten durante el descanso de media mañana, provocando ciertas envidias en aquellos que son menos habilidosos con los moldes de repostería. Pero para cenar prefiere algo más ligero. Le encanta la crema de zanahorias, la de calabacín y la de guisantes, porque en la frutería a dos manzanas de su casa le reservan las piezas de fruta y verdura más frescas y menos maltratadas, que Maya recibe con una enorme sonrisa de agradecimiento y una propina de vez en cuando, algunas veces pecuniaria y otras en forma de dulce postre.

Después de cenar Maya le echa un vistazo rápido a su correo personal, responde a algún amigo al que hace tiempo que no ve o se da de baja de uno u otro boletín de tiendas en las que ya no compra,  lee diez o quince páginas de la última novela negra que ha comprado o se deja caer frente al televisor y dormita con alguna serie que no sigue con regularidad.

Sobre las doce Maya va al dormitorio, coge el cuaderno de la mesilla y un bolígrafo que está siempre guardado en primer cajón de arriba y escribe en la primera página en blanco que encuentra la fecha del día siguiente, seguida de una lista de cosas que tendrá que hacer, los nombres de la gente con la que ha quedado, la ropa que se pondrá, el número de su plaza de aparcamiento… todo lo que le pasa por la mente. Se acuesta y en poco más de cinco minutos duerme profundamente.

A las doce y media, como cada noche, Maya se pone su ropa de correr de elastán negro, coge un  cuchillo deshuesador del cuchillero de madera que está en la cocina y sale a la calle. Cuando llega al parque, el primer hombre con el que se cruza es un ejecutivo trajeado que parece volver de una cena de empresa. Se le nota achispado, algo perfecto para sus intenciones. Cuando ambos se cruzan, Maya, sin decir palabra, le rebana el cuello de lado a lado con el cuchillo y le mira mientras se desploma en el suelo con los ojos desorbitados por la sorpresa. Su rostro está impertérrito, sus ojos parecen vacíos. Maya sigue dormida. Retrocede un par de pasos para evitar mancharse las deportivas con la sangre que se difunde, sorteando las piedras del suelo, hundiéndose en las grietas del pavimento.

Cuando por fin el hombre deja de moverse, vuelve a casa, limpia el cuchillo con una mezcla de lejía y jabón que prepara ella misma y almacena en botellas de detergente para la ropa, se da una ducha rápida y, antes de meterse de nuevo en la cama, toma una pastilla que le hará olvidar cualquier sospecha sobre lo que ha sucedido en la última hora y le hará sentirse fresca y descansada al levantarse a primera hora.

Maya revisa por última vez el cuaderno sobre la mesilla de noche antes de cerrar los ojos. En la última página, la última anotación está escrita con una letra que no es la suya:

12.30. Coge la pistola y el silenciador que están guardados en la repisa del armario, dentro de una caja de zapatos de color amarillo. Vete en coche hasta un barrio alejado. Mata al primer hombre que encuentres. Vuelve a casa. Dúchate y toma una pastilla del bote en el primer cajón de la mesilla. Si en el bote quedan menos de diez pastillas, deja un post-it sobre el felpudo de la entrada antes de irte a trabajar.

Fotografía: Be.Futureproof (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)

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