Laura necesitaba olvidar y se apuntó a un curso para aprender a tricotar bufandas, gorros y guantes. En pocos meses lo que aprendió superaba con mucho sus expectativas iniciales: punto inglés, punto de nido de abeja, punto de arroz, punto de ocho y punto de fantasía. Sabía tanto sobre el uso de la agujas que empezó a vomitar sus conocimientos a través de chaquetas que tejía para los bebés de sus amigas. Al ver el resultado de su trabajo en forma de suave cachemira azul, rosa y blanca, protegiendo sus rechonchos brazos, recordó que ella nunca podría tener hijos. Y dejó de tricotar.

Laura necesitaba olvidar y se apuntó a un curso de cocina. Aprendió a cocinar deliciosos caldos, arroces, potajes, muchísimas recetas de carnes y pescados y postres deliciosos. A fuerza de constancia dominó con soltura la cocina peruana, china y tailandesa. No había italiano que preparara la pasta mejor que ella ni marroquí que pudiera ofrecer un tabulé más sabroso. Pero las cantidades recomendadas en las recetas eran siempre para cuatro comensales y ella no tenía con quién compartir sus manjares. Así que decidió dejar de cocinar y empezó a comer en el bar de la esquina, donde el barullo amortiguaba sus ganas de llorar.

Laura necesitaba olvidar y volcó su tiempo en escribir cuentos, relatos y fábulas que la distrajeran. Leía artículos y libros para intentar aprender las técnicas de los grandes escritores y se aprendió el diccionario comenzando por la h, su letra favorita. Compró cuadernos de alto gramaje con filigrana de oro y hermosos bolígrafos bañados en plata. Pero sus historias escupían palabras de dolor, de desengaño, de desapego y de tristeza. Así que cogió todo lo que había escrito y lo guardó en una caja en el fondo de su guardarropa, de donde nunca más volvería a salir.

Laura tardó demasiado en darse cuenta de que, por muchas cosas que llenasen su existencia, ninguna le permitiría olvidar los sucesos del pasado.

Fotografía: StoreBukkeBruse (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)