El primer hombre discurre por la calle principal. Arrastra los pies bajo el férreo peso de un maletín de cuero con sus iniciales grabadas. Camina a sabiendas desde la zona bursátil hacia los barrios más alejados, más desolados y más olvidados por una ciudad que palpita allí con menos vigor que en el rico y henchido de orgullo centro. El primer hombre va tras algo que solo se encuentra si se sabe dónde buscar. El camino está sembrado de bruscas interrupciones; el hombre para sin cesar delante de cada escaparate para ver su reflejo que se confunde entre rostros de poliuretano blanco de inexpresivos ojos vacíos. Para cualquier transeúnte que se cruce con él resulta evidente que está retrasando a propósito la llegada a su destino, que remolonea y duda como si hubiera dejado atrás algo importante que tal vez ya no esté si regresa a buscarlo. Con cada parada el hombre mira repetidas veces, como sin verlo, el caro reloj regalo de su empresa, un instrumento de precisión de caja de titanio y mecanismo perpetuo. Sin embargo, hay algo que le anima a continuar; cada vez que el hombre despega su cara del cristal se ve en su rostro una nueva determinación que le arrastra.

El primer hombre se deja acompañar por el ocaso de un día que termina. A cada paso que da el paisaje se diluye, se difuminan y oscurecen las calles donde no abundan las farolas y las que hay tienen bombillas rotas a pedradas, donde las sombras que proyecta cada portal se extienden hacia las aceras. Poco a poco desaparecen las tiendas de celofán y raso brillantes y son sustituidas por pequeños locales con mostradores de hormigón, regentados por hombres y mujeres que se consuelan pensando en el programa de televisión que les espera cuando acabe su jornada. En este barrio el primer hombre es esa pieza de puzle que todo el mundo ha intentado encajar en el hueco equivocado alguna vez. Debería parecer desubicado, pero cuanto mayor es el contraste entre su aspecto pulcro y los desconchones y pintadas obscenas en las paredes que deja atrás, más seguro es el paso que le dirige hasta el rincón bajo un puente que ya no salva río alguno ni lleva de ninguna parte a ningún sitio, donde una promesa de aspecto siniestro le espera.

El segundo hombre es feliz. Aparece de la nada desde el fondo de un callejón olvidado. Se guía por el olor que emana de bares donde las paredes se han cubierto de láminas de contrachapado teñido de colores metálicos y que parecen viejos buques oxidados de carga. El hombre camina descalzo pero, si alguien le pregunta, no sabrá decir dónde ha perdido sus zapatos. Es probable que ni siquiera recuerde si los calzó alguna vez. Tampoco lleva ya ni reloj perpétuo ni cartera grabada, ni chaqueta de lana azul con sutil rayado blanco. Camina sin rumbo; no llaman su atención ni las luces de las farolas ni los brillantes escaparates. Su mente está perdida en un mundo al que nadie más tiene acceso y que le proporciona, de una forma que no puede explicar, todo aquello que necesita su alma para superar otro día de desidio y hastío.

En algún plano, el primer hombre abatido y el segundo hombre feliz han llegado a cruzarse. Cada uno de ellos siente la presencia del otro como si un fantasma le atravesara y se llevara algo suyo a su paso. El hombre feliz ignora ese absurdo contacto con la realidad, seguro como está de dominar el mundo. Para el primer hombre ese escalofrío repentino puede ser su última oportunidad de dar media vuelta y enfrentarse a un mundo solitario.

Fotografía: Marc Falardeau (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)